¿Qué es la lotocracia? Así funciona elegir a los gobernantes de manera aleatoria

Es un sistema que protege del clientelismo, de la corrupción y del electoralismo, pero también presenta sus desafíos

Imagínate una sociedad en la que sus gobernantes fueran elegidos de manera aleatoria. En el que no hubiera campañas políticas ni mítines. En el que no hubiera gente dedicándose exclusivamente a la política y viviendo una vida totalmente paralela y diferente a la que vive la gente a la que sirve. Imagínate una lotocracia. Pues no es ninguna locura. O sí. Eso ya depende de cómo veas tú las cosas. Pero te aseguro que no es nada revolucionario. De hecho, ya ha habido ejemplos de implantación de este sistema en el pasado: en la Antigua Atenas, en las Venecia y la Florencia del Renacimiento o en las asambleas ciudadanas actuales de países como Irlanda o Francia.

Lógicamente, la manera en la que se ejecuta una lotocracia puede variar de un lugar a otro, pero la premisa elemental es la misma: es un proceso random el que determina quién acaba en el poder. Solo tienes que darle unas instrucciones básicas al algoritmo. Como que haya mismo porcentaje representativo de hombres y mujeres que en la población. Como que haya una representación fiel de las diferentes regiones. O como que estén bien representadas todas las edades, los niveles educativos, las profesiones o cosas así. La idea es que los concejales o los diputados sean un espejo de lo que puede encontrarse en las calles. A partir de ahí manda el azar.

¿Ventajas de este sistema? Pues como bien apunta el periodista Carlos Prego, y con la ayuda del politólogo Pablo Simón, la lotocracia es profundamente democrática. Da igual de donde vengas. Da igual cómo seas. Da igual los amiguitos que tengas aquí o allá. Da igual las mentiras que puedas soltar. Tu elección no va a depender de eso. Depende únicamente de una lotería. En este sentido, dice el propio Simón, “es un sistema contrario al clientelismo y la corrupción”. Porque no habrá empresas o personas poderosas financiando a nadie para que llegue al poder. A menos que quieran financiar a TODA la población de un país. Es un sistema mucho más clean.

Además, los representantes no tienen que preocuparse por ser reelegidos en cuatro años, lo que les empuja a tomar las decisiones de una manera más desinteresada y mirando más al largo plazo. Por supuesto, este no tener que pensar en ganar votos para las siguientes elecciones también invita a la cooperación entre los diferentes representantes y aleja la maldita polarización del ejercicio público. ¿Desventajas? La falta de experiencia, la dependencia de los expertos para la toma de decisiones y el síndrome del impostor, que puede hacer que mucha gente se paralice. Un sistema así requeriría invertir más en la educación de la población. Pero eso sería bueno, ¿no?