Todo comenzó el pasado 12 de mayo. Millones de jóvenes indios acababan de realizar el examen oficial del país para el acceso a las universidades de medicina y se encontraron con una noticia nefasta: había sido anulado posteriormente a causa de una supuesta filtración de las respuestas. La tristeza fue tremenda. Veinte estudiantes se suicidaron por culpa de la desesperación. Otros miles se echaron a las calles. “El 15 de mayo, Surya Kant, jefe del tribunal supremo de la India, criticó estas protestas llamando a sus protagonistas cucarachas”, escribe la periodista Sarah Babiker. Fue la gota que colmó el vaso para la generación Z del país. Había llegado el momento de forzar un cambio.
Así nació en redes el Cockroach Kanta Party. Sus simpatizantes se instalaron en la plaza Jantar Mantar y marcharon en los días siguientes hacia el Parlamento. Su demanda era clara: exigían la dimisión inmediata del Ministro de Educación, Dharmendra Pradhan, responsable según ellos de que meses de esfuerzo titánico para prepararse aquel examen fueran en vano. Algo que finalmente han conseguido. El Gobierno, pese a defenderse de las protestas ciudadanas con represión policial, se ha visto obligado a ceder en esto. El problema es que su dura oposición a la indignación juvenil ha ampliado el radio de cabreo. Ya no solo rechazan a Pradhan. Ahora rechazan todo el sistema. Están hartos.
Y tienen razones para ello. “Según Oxfam, India es uno de los países más desiguales del mundo, con un 1% de ciudadanos que posee el 40% de la riqueza total y un 50% que accede apenas al 3%”, apunta la propia Babiker. Algo que los jóvenes, cada vez más formados, no están dispuestos a tolerar: hay un desempleo del 40% y muchos de los trabajos padecen de una precariedad alarmante. Lo peor de todo este asunto es que, “en India, los jóvenes componen el 80% del desempleo, considerándose una generación que vive en espera de una oportunidad”. Sí, aguantaron más que sus hermanos en Nepal o en Bangladesh, que lucharon hace ya tiempo contra sus gobiernos corruptos, pero aquí están.
No será fácil. Ningún gobierno cae sin dejar víctimas en el camino. De momento, y tal y como escribe esta periodista, “las imágenes de policías apaleando a activistas, incluyendo mujeres o niños, han llenado las redes sociales del país, pese a los intentos de censura por parte del gobierno de Modi, empujando a personas ajenas al conflicto inicial a sumarse a las protestas”. Salen cada vez más “cucarachas” de sus escondites. Y esto es lo más irónico y hermoso de la revolución: que los poderosos etiquetaron a estos jóvenes descontentos de cucarachas y ahora, una vez estas han salido a la calle, el miedo ha cambiado de bando. Estaremos atentos para ver cómo evoluciona próximamente.
