La Asamblea General de la ONU aprobó por amplia mayoría el pasado 25 de marzo una declaración histórica: considerar la trata transatlántica de seres humanos y la esclavitud sufrida por el continente africano entre los siglos XV y XIX como “los mayores crímenes cometidos contra la humanidad”. Una decisión que va mucho más allá de la reparación moral: proporciona el marco político necesario para que las organizaciones internacionales, los gobiernos africanos o la propia población africana reclamen jurídicamente una reparación económica. Y es que según esta resolución de la ONU, la cual fue impulsada por Ghana, estos delitos no pueden prescribir jamás. Son demasiado graves.
En concreto, y como reza la resolución, las conversaciones entre las víctimas y los estados responsables deberán incluir “una disculpa plena y formal, medidas de restitución, indemnización, rehabilitación, garantías de no repetición y modificaciones de leyes, programas y servicios para combatir el racismo y la discriminación sistemática”. Esto supondrá muestras de arrepentimiento histórico, devolución de los bienes materiales robados durante las colonizaciones y abono de cantidades de dinero enormes. Al fin y al cabo, buena parte de la riqueza actual de los países occidentales procede de la expoliación de las tierras africanas y de la explotación esclavista de sus ciudadanos.
Según cuenta la periodista Ana Puentes, basándose en datos de la consultora Brattle Group de 2023, “las reparaciones ascenderían a una cifra entre los 86,6 y 112 billones de euros por los daños causados durante la época colonial y también posteriormente”. Un dinero que deberá salir de las arcas de los estados que perpetraron aquellos delitos cuya sombra sigue sobrevolando todavía hoy el continente africano. En muchos sentidos, la situación financiera, política, social y cultural de los países africanos viene significativamente afectada por aquellos acontecimientos. Así, África está finalmente levantando la cabeza para exigir responsabilidades. Tiene todo el derecho posible.
En palabras de Mamadou Diuouf, profesor de Estudios Africanos en la Universidad de Columbia e integrante del Instituto de África, recoge esta periodista “Occidente ya no es dueño de la narrativa”, ya no puede continuar con su imposición de un relato que dice que aquello ya pasó y no hay que traerlo de nuevo al presente. Un proceso que está dándose también en otros contextos colonizadores: recordemos al rey Felipe VI admitiendo que en la colonización de la América latina “hubo mucho abuso”. Parece que el mundo avanza hacia la memoria histórica. Contra el olvido ventajista. Contra la falta de responsabilidad. Contra el silencio de lo que nunca debe ser silenciado: la atrocidad.
