Varias oenegés protestan contra la nueva ley de Violencia Vicaria por no distinguir entre hombres y mujeres

No contempla la violencia vicaria como un mal recurrente propio de una sociedad todavía no igualitaria, sino como un fenómeno aislado y marginal

Instrumentalizar a tus propios hijos para hacerle daño a tu pareja es una de las cosas más terribles que puede hacer una persona. Pero desgraciadamente ocurre: algunos maltratadores recurren a estrategias de maltrato emocional como la de no informar sobre el paradero de los hijos o la de amenazar con hacerles daño y otros incluso llevan a cabo esas amenazas. Es lo que se conoce como violencia vicaria. Una violencia derivada de la violencia de género que, según los datos del Gobierno, se ha cobrado la vida de 65 niños desde el año 2013. De ahí que haya decidido poner en marcha una ley de Violencia Vicaria. Aunque varias oenegés no están muy satisfechas con el anteproyecto.

El motivo es claro: parece ser que el anteproyecto de ley describe la violencia vicaria como un delito neutro que no tiene mucho que ver con la violencia de género. O dicho de otra manera: bajo esta nueva normativa, la violencia vicaria, que se ha venido considerando una forma aún más perversa de violencia de género, es una violencia ajena a esa violencia tan estructural que los hombres han ejercido sobre las mujeres durante milenios y que, desgraciadamente, aún no ha sido erradicada del todo. No distingue entre el padre y la madre. No contempla la violencia vicaria como un mal recurrente propio de una sociedad todavía no igualitaria, sino como “un fenómeno aislado y marginal”.

Pero no es la única reclamación que las organizaciones integrantes de la Coordinadora Estatal para la Erradicación de la Violencia Vicaria y la Violencia de Género Institucional han trasladado al Gobierno mediante una carta. Otra es la de que, pese a que nuestro marco jurídico reconoce a los hijos de las mujeres víctimas de violencia de género como víctimas de esa misma violencia, “en la práctica se sigue priorizando el mantenimiento del contacto con el agresor en nombre de un supuesto interés superior del menor”. En este sentido, lo que las oenegés piden es mayor contundencia a la hora de separar a los hijos del padre maltratador para protegerlos tanto a ellos como a su madre.

Lo hacen porque, escriben, no creen en esos “patrones culturales profundamente arraigados que sostienen que un hombre violento puede ser al mismo tiempo un buen padre. Esta idea, ampliamente desacreditada por la evidencia científica y por la experiencia profesional, continúa influyendo en muchas resoluciones judiciales, obligando a niños y niñas a convivir o relacionarse con quien les provoca miedo, ansiedad y sufrimiento”. Por todo ello, la Coordinadora ve insuficiente el contenido del anteproyecto de ley y pide a los ministerios implicados ir más allá para que niños, niñas y madres no sigan quedando “en una alarmante situación de desamparo”.