Corrían los años ochenta en la ciudad estadounidense de Kansas City. Allí, como en casi cualquier otro punto del país en aquellos tiempos, el sistema heteropatriarcal asfixiaba las libertades de decenas de miles de mujeres. Tanto era así que, cuenta la autora británica Faefyx Collington, “era muy poco probable que obtuvieran un préstamo bancario sin la aprobación de su esposo o de sus padres”, además de que la brecha salarial hacía que las viviendas estuvieran fuera del alcance de la inmensa mayoría de las mujeres. Esta realidad era aún más dura para las mujeres lesbianas: vivir una vida auténtica, sin la mirada crítica de una sociedad homófoba, era prácticamente imposible.
Es ahí donde entran en escena Mary Ann Hopper y Andrea Nedelsky, una pareja lesbiana cansada de ser discriminadas por partida doble: por ser mujeres y por ser homosexuales. Así que decidieron crear una comunidad lésbica allí mismo y llamarla Womontown. En palabras de la propia Hopper, “empezamos a imaginar qué pasaría si pudiéramos caminar de la mano libremente por la calle, un grupo de lesbianas en este barrio”. El siguiente paso fue comprar una casa asequible en el barrio de Longfellow. Y, tras esto, la parte más importante: reclutar a otras lesbianas para que se mudaran a la zona y, entre todas, construir un ambiente seguro en el que no tuvieran que sufrir acoso de nadie.
“Contactaron con conocidos y publicaron un anuncio en Lesbian Connection. Con el tiempo, la gente se mudó allí no solo desde la zona cercana, sino también desde Hawái, California y Nueva York”, explica Collington en su reportaje. La utopía había nacido y estaba creciendo sanamente. La comunidad empezó a remodelar viviendas para atraer a más gente con perfiles similares. E implementaron medidas para protegerse del acoso homofóbico del resto de vecinos de la zona. Tal y como apunta la periodista, “paseaban a sus perros por la noche para asegurarse de que siempre hubiera vigilancia en el vecindario”. En su apogeo, Womontown contaba con 12 manzanas, 14 edificios y 28 casas.
Pero la presión social seguía presionándoles. No tan de cerca. No sin cierta burbuja de seguridad. Pero sí con intensidad. “Tuvieron problemas con los vecinos, quienes expresaban temores infundados de que las lesbianas convirtieran a sus hijos en homosexuales”. Además, y como han explicado algunas de quienes formaron parte de aquella comunidad única y valiente, el mismo avance en los derechos de las mujeres y en los derechos de las personas homosexuales hicieron que muchas de las lesbianas que vivían allí sintieran que ya sí podían vivir en otros lugares. La utopía decayó hasta, dice Collington, casi desaparecer en el año 1995. Pero el ejemplo de aquellas mujeres perdura.
