Yates, champán y glamour en Francia: la vida secreta de mi padre

No hubiese sospechado nada de ese paquete de tela salvo por su peso, ya que no cuadraba con el que puedes esperar de un puñado de tapetes de crochet. Y efectivamente allí había un tesoro escondido

Hace un par de años estaba en mi habitación estudiando el trabajo de la fotógrafa Claude Cahun mientras tenía la tele encendida y, así de pasada, pude ver un anuncio de las playas de Cannes, Niza, y otros míticos lugares de la Costa Azul, en el sureste francés. De primeras no sentí nada especial al ver las imágenes en mi pantalla, un anuncio bonito sobre un lugar donde nunca he estado y poco más.

Gómez Selva

Pero a los cinco minutos, comenzó a abordarme la extraña sensación de que algunos de los edificios y playas que aparecían en el comercial ya los conocía. Ya me había pasado alguna vez que viendo el premio de Fórmula1 de Mónaco: reconocía los alrededores del circuito (que es, básicamente, un recorrido por las calles de la ciudad) e incluso tengo un recuerdo súper claro del túnel donde siempre se la pega algún coche en la primera vuelta. Pero insisto en que nunca he estado por esa parte de la costa mediterránea.

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El caso es que un día random de verano en casa de mis padres me puse a reordenar unos armarios del salón que estaban llenos de cables del DVD, juegos de la Gameboy, cajas de zapatos con adornos de navidad, cuadernos del colegio, y muchas otras cosas con las que siempre tengo el mismo dilema: no sé si son recuerdos, o basura. Una vez había vaciado cuatro armarios más grandes que el sofá y apenas veía la pared tras semejantes torres de cacharros que estaba construyendo, encontré en el fondo de un cajón una especie de bulto blanco, como un fardo de droga pero hecho con manteles de ganchillo.

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No hubiese sospechado nada de ese paquete de tela salvo por su peso, ya que no cuadraba con el que puedes esperar de un puñado de tapetes de crochet. Y efectivamente allí había un tesoro escondido: cuando retiré las primeras capas de tela encontré un puñado de álbumes hasta arriba de fotografías de yates enormes, gente tomando el sol con ropa de baño dorada, cubiteras con champán, coches bonitos, banquetes hasta arriba, y... mi padre salía en todas. Claro, si mi familia fuera de alta alcurnia y viviese en un ático en Recoletos pues no me chirriaría encontrar estas imágenes, pero siendo de un pueblo de Murcia y teniendo un Focus del 2000 con cinta aislante en el retrovisor no me cuadra tanto.

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Así que nada, enganché a mi padre por el pescuezo, abrí dos latas de cerveza y nos encendimos un cigarrito en la terraza antes de comenzar el interrogatorio. Resulta que mi anciano padre (nacido en un pequeño pueblo de la costa del Mar Menor) se fue a Francia en el 79 con veintipocos a trabajar de marinero en yates de recreo, lo cual suena a amarrar cuatro cabos y cocinar para los currelas de la embarcación. Y aunque parte de su trabajo consistiese en eso, él tampoco fue tonto y disfrutó casi más que los adinerados clientes. Me contó que la cámara Nikomat del 65 que me regaló hace años se la había dado el capitán de uno de los yates donde más trabajaba, quien se la había robado a nosequien en una fiesta en Niza.

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Durante los diez años que estuvo trabajando en Francia inmortalizó incontables momentos propios de una colección de Gucci, además de salir él en muchas de las fotos, ya que la cámara iba rulando por las manos de toda la tripulación. Cenas con bogavante, tangas de oro, hidroaviones amerizando en aguas griegas a pocos metros del yate, y mucha gente desconocida para mí. Al parecer Estefanía de Mónaco estuvo en el yate unos días con sus amigos y odiaba el café frío.

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Le pregunté acerca de una chica rubia de piel muy pálida que aparecía con él en muchas de las fotografías; estaban muy acaramelados en la mayoría así que sospeché una posible relación. Hay una foto en la que aparece ella en un Mercedes descapotable que me hizo sentir extraño, como si al mirar esas imágenes estuviera viendo de alguna manera a través de los ojos de mi padre, en un lugar tan distinto a nuestro contexto actual, con gente que desconozco totalmente que son parte de toda una década de su vida, y que decidió esconder en el fondo de un armario junto a adornos de navidad y manteles viejos.

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Esta chica de la que os hablo se llamaba Diana (no sabemos si sigue viva, pero espero que sí por Dios), una mujer polaca que trabajaba también en el yate y con la que mi padre tuvo una relación durante su último año en Francia. De hecho, en una foto aparece Diana en el jardín de la que ahora es mi casa; mi padre se la acababa de comprar con intención de volver a instalarse en el pueblo y ella se vino a conocer la zona, aunque no debió gustarle mucho porque lo dejaron poco después jajaja, perdón. 

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Resulta que mi madre ya conocía todo este spin-off de la vida de mi padre y yo he sido el último en enterarse, aunque es muy probable que en algún momento de mi niñez encontrase esos álbumes y los ojease un poco, ya que siempre he tenido esa extraña familiaridad con la Costa Azul como os contaba antes. Y no hay nada de malo en que lo hayan medio ocultado, entiendo que son recuerdos y movidas pasadas y quizás nunca encontraron el momento adecuado para sacar esos álbumes y contarme anécdotas sobre mi padre meando por la popa de un yate de treinta metros de eslora.

Gómez Selva

Merece la pena destacar lo realmente bello de estas imágenes, ya no solo por su valor emocional o por su carácter exótico, sino por estar hechas por la tripulación del barco de forma espontánea, sin ser profesionales de la fotografía, y sin embargo poder pertenecer muchas de ellas a cualquier editorial de moda de grandes marcas de la actualidad (quizás exagero un poco, pero compáralas con las típicas fotos del insta de tu primo Paco en su último verano en Peñíscola y me cuentas). Después de encontrar este capítulo perdido de la vida de mi viejo, me he propuesto ampliar horizontes e investigar sobre la juventud de mi madre, quien al parecer estuvo en Londres con su novio hace treinta años y robó un fósil del Museo de Historia Natural; delito que espero que haya prescrito, porque si no, quizá estén deteniendo a mi madre mientras lees esto.

Gómez Selva
CN