Viví tres años en Londres y fui el ser más miserable del mundo

La noche que llegué a Londres nevó. Era la primera vez en 18 años. Fue tan insólito que hasta hay una entrada en Wikipedia sobre esa nevada. Yo me alojaba en un albergue juvenil en Lambeth North, no muy lejos de la estación de Waterloo, y dormía en la cama de arriba de una litera, en una habitación con siete personas más.

Me pasé la primera semana llorando. Iba por la calle y de pronto se me saltaban las lágrimas. También buscaba piso. Bueno, habitación. Después de elegir operador y comprar una tarjeta sim inglesa empecé a llamar para concertar visitas. Y ahí es cuando maldije a todos y cada uno de los profesores de inglés que había tenido en mis colegios públicos en España. Porque a veces no entendía ni una sola palabra. Había momentos en los que me frustraba tanto que colgaba el teléfono para tomar aire y tragarme en seco las ganas de llorar. Pero como necesitaba imperantemente encontrar un techo, volvía a llamar fingiendo algún corte de la línea.

Londres es al ser humano el equivalente a la jungla en el reino animal. O comes, o te comen. En todos los aspectos, excepto si tienes dinero. Claro que si puedes pagarte un alquiler en Angel, ir al cine por 12 libras, costearte el abono anual para la Tate Modern, y hacer las compras en Harrods seguro que tienes muy buenos recuerdos. Pero no fue mi caso, ni probablemente el de los miles de jóvenes españoles que se han ido allí a buscarse la vida.

Seguro que muchos han acabado vistiendo uniforme, sirviendo cafés y fregando retretes con sus diplomas universitarios. Yo lo hice en uno de los locales de la cadena Pret a Manger, que no le pueden haber pasado desapercibidos a nadie que haya estado en Londres. Era lo máximo a lo que podía aspirar con mi nivel de inglés porque solo te pedían que fueras obediente, rápido con la escoba y que sonrieras a los clientes al preguntarles "to eat in or take away?".

Aunque consigas prosperar en el terreno profesional, sigue siendo una ciudad dura de cojones. Por el clima, por los precios, por las distancias, por la gente... Todo suma para que al final no te dediques a vivir, sino meramente a sobrevivir empujando los días hacinado en el metro y el fin de semana te lo pases en el sofá viendo la repetición de X Factor o algún capítulo de Downton Abbey en el ordenador, porque para todo lo demás, la ciudad es completamente inhóspita.

Los precios de los alquileres son prohibitivos y cuando ya estás totalmente ahogado, te llama tu landlord y te dice que te lo sube todavía más y, si no, ya te puedes estar mudando todavía más lejos. Eso implica más horas de metro, que aunque vaya raudo y veloz como un trueno, te cuesta un ojo de la cara (sí, el que te queda después de haber donado el otro para pagar el alquiler).

Eso también dificulta la vida social, porque si quieres tomar algo, es muy probable que tu amigo viva en la otra punta de la ciudad, a unas dos horas de puerta a puerta de tu casa, así que quedaréis por el centro. Pero no vayas a perder el último metro porque entonces te toca coger un autobús nocturno y esa será tu perdición. No solo te congelarás esperando entre 45 minutos y hora y media a que llegue el siguiente, sino que dentro te puedes encontrar desde sintecho que se instalan ahí para pasar la noche dificultando la respiración de los demás pasajeros, hasta peleas entre bandas de jóvenes que se lían a navajazos en el autobús. Yo personalmente fui testigo de dos de estas en mis tres años en Londres.

Y todo esto por una maldita pinta a 7 libras y unos nachos con guacamole que te tomaste en el pub de turno con ese maravilloso amigo inglés que has conseguido hacer. Pero más vale que lo cuides, porque será el único. Al principio llegas con el mantra de "no voy a juntarme con españoles", así que te buscas compañeros de piso anglófonos. Los primeros días todo son sonrisas, te preguntan por tu día, te ayudan con el inglés, te llevan a sus clases de yoga, pero con el tiempo descubres que para ellos la hipocresía es un estilo de vida, así que acabas cayendo en las redes de españoles que te hacen sentir un poco menos lejos de casa.

Pero lo que vas a echar de menos por encima de todas las cosas será el sol. Es algo que no valoras hasta que lo pierdes, y en Londres puedes pasar tanto tiempo sin verlo que sentirás que lo has perdido para siempre. Te faltará la energía, las ganas de salir y de vivir, te sentirás decaído, te preguntarás por qué estás tan sumamente agotado y así irán pasando los días. Por supuesto que habrá momentos buenos, que vendrán a visitarte, que irás a alguna fiesta, harás algún amigo, aprenderás inglés, pero todo ello arrastrando los pies y dopándote con vitamina D para no marchitarte como una planta que no puede hacer la fotosíntesis.

Hasta que un día digas: "Se acabó, no puedo más" y te vuelvas a casa con una mano delante y otra detrás, porque lo que hayas ganado de más lo habrás gastado en esa ciudad del demonio que habrá estado a punto de absorberte el alma y de tragarse toda tu felicidad. Yo al volver comprobé que mi alto nivel de inglés me lo podía meter por el mismo sitio que todos mis títulos universitarios, porque en España el panorama seguía igual de nefasto, pero por lo menos recuperé las ganas de vivir y la sonrisa, aunque nunca más haya vuelto a ser la misma persona que llegó a Londres bajo una nevada épica.