Viví cuatro años con un novio adicto a los porros

Llegaba un punto en el que si no superaba los cinco al día, no había manera de que se colocara

Lo conocí en un barco. Se encendió un cigarro en el pequeño balcón del buque de línea que unía las islas. Pensé “qué guapo”. Y a partir de ahí, en aquel espacio al aire libre empezamos a conocernos. Me reía todo el rato. Y él tenía una forma natural de seducción. Nuestros encuentros comenzaron a ser más frecuentes y teníamos “citas” sin denominarlas como tal donde solamente nos besábamos. A los 19 años nos sentíamos adultos, fumando tabaco industrial después de tomarnos un helado en alguna terraza de la ciudad. Charlábamos durante horas, paseábamos en bici, nos conocimos de una forma sana. Sabía que fumaba porros, lo había visto alguna vez, lo que no sabía era que fumaba tantos. No podíamos compartir esa adicción porque una experiencia personal me había llevado a temer consumir cualquier tipo de drogas. Así que él fumaba de vez en cuando mientras yo lo acompañaba.

Cuando comenzamos a intimar y a tener más confianza, disfrutábamos de mucho más tiempo juntos. Venía a mi casa y yo iba a la suya, pasábamos las noches cerca, luego íbamos a clase. Las rutinas eran nuestras. Y en ese vaivén de los días, en esa convivencia orgánica, empecé a enamorarme. Casi ciegamente. Mi compromiso personal con la relación fue creciendo, no había ninguna otra persona que me importara ni con quien deseara pasar más tiempo. Para él este proceso fue más progresivo pero llegó el día en el que estábamos en el mismo punto. Nos daba igual todo mientras nuestra burbuja permaneciera flotando.

Ondas distintas

Siempre he sido una persona bastante enérgica, encantada con la vida y con los planes nuevos. Me levanto con ganas de hacer cosas e intento que los problemas no se coman el día a día. Se trata de una forma positiva y, considero, sana de vivir. Él tenía sus días. A veces también compartía mi energía y otras estaba aletargado. Pero encontrábamos el punto medio. Algunas tardes salíamos a hacer deporte. Volvíamos a casa, hacíamos el amor, cocinábamos, veíamos una película. De verdad que todo era maravilloso. Hasta que llegaba la marihuana. Tampoco era terrible verlo fumado, simplemente dejábamos de estar en la misma onda.

Guillermina Torresi

“Eres una exagerada, no fumo tanto y, además, los cigarros normales son peores”, me decía cuando le soltaba alguna vez que creía que se pasaba fumando tanto. He llegado a verlo después de haberse fumado 10 porros, lo cual consideraba que era realmente un problema. Aprendí a dejar de decir esas frases, no era su madre ni pretendía serlo, solamente quería que lo teníamos no se quebrara. Y eso estaba ocurriendo: no le apetecía salir, se quedaba dormido o se despertaba y se encendía algún porro que se había dejado la anterior noche (sí, en ayunas). Era adicto y punto. Y no era mi responsabilidad sacarlo de ahí. Eso lo sé ahora, que ha pasado el tiempo. Por aquel entonces quería que dejara de hacerlo y que estuviéramos en el mismo punto. Mientras él era adicto a los porros, yo era adicta a nuestra relación o, más bien, a la imagen que tenía de ella.

Habitual pesimismo

El consumo de marihuana es relativamente habitual. Seguramente conoces a alguien que fuma, que vende o que cultiva. Conseguir marihuana es sencillo y también bastante barato. Es más, sus efectos tal y como los conocemos no tienen nada de negativos. Sabes que te reirás, que desconectarás o que podrás fluir tranquilamente sin preocuparte por nada. Ahora bien, ¿qué sucede cuando la persona comienza a estar anulada? ¿O excesivamente abstraída? ¿Se trata de una señal de alarma? A él le pasaba esto de vez en cuando pero lo que más a menudo le sucedía era que se convertía en una persona muy pésima. Los problemas le parecían dramas y todo era terrible cuando pasaba muchos días bajo los efectos de la marihuana. Se trató de una actitud que, finalmente, se le instaló dentro.

En esta misma línea Rafael Gautier, coordinador de la Clínica Privada Médica y Psicológica de Alta Especialización en Adicciones y Salud Mental, explica que cuando trata a pacientes adictos a la marihuana o que presentan síntomas de serlo les pregunta “si son capaces de recordar momentos en los que hayan sido plenamente felices sin haber fumado”. Esto hace que tanto la persona como el experto sepan hasta qué punto la sustancia ha calado en la consciencia. Los hábitos cambian. Eso fue algo que percibí también en él. A pesar de que, a veces, no compartíamos deseos, casi siempre me quedaba a su lado. La vida comenzó a ser eso: faltábamos a clase, nos quedábamos en la cama, bajábamos a comprar algo para desayunar, volvíamos a la cama, follábamos, volvíamos a dormir… Y así sucesivamente. Ahora que lo recuerdo pienso que también esa forma suya de vivir, comenzó también a ser la mía. Solamente que el único que consumía esa droga, era él.

Las capacidades

Estuvimos cuatro años juntos y nunca, en ese tiempo, dejó los porros (a veces marihuana, a veces polen o hachís). Me acostumbré, evidentemente, a ello. No era el único. En el grupo de amigos todxs, excepto yo, fumaban. Cuando fue desapareciendo la chispa que explotó en el primer año de relación me había habituado a sus 'torpezas', ya que estar bajo los efectos de estas drogas le hacía, también, anular ciertas capacidades. Había instantes graciosos, como una vez en la que se bebió el aceite de una lata de atún porque pensó que era almíbar de la clásica lata de melocotones o piña. Estaba en otro plano. A veces, se ponía también muy cachondo y eso era positivo. Otros días tenía grandes ideas, el mundo era un sitio para conquistar y debíamos hacerlo juntos. Estaba motivado. Y así pululaba: del pesimismo a la alegría y a la motivación.

De alguna manera ahora, que ha pasado el tiempo, pienso que en aquel entonces sí que me afectó. En la actualidad tengo un grupo enorme de amigos con los que paso mucho tiempo juntos y que fuman mucha marihuana. Quizás no es lo mismo que convivir con alguien que es adictx. Solamente hay una cosa clara en toda esta experiencia: si la adicción de esta persona afecta en tu vida personal, en tus emociones o en tu forma de ser, debes alejarte de ello. No debes caer si es algo que no quieres y tampoco es tu deber hacer que esa persona se aleje, sobre todo si se trata de una pareja. Puedes ayudarla, aconsejarla y acompañarla pero no enseñarle ni decirle lo que tiene o no que hacer.