Me violó otro hombre y descubrí lo invisibles que son las agresiones sexuales entre gais

Hay muy pocos homosexuales que denuncien por miedo a los prejuicios y las instituciones tampoco ayudan

Empecé 2018 con una agresión sexual. Un amigo con el que estaba tonteando me insistió para tener sexo, aunque yo no quería. Estábamos en el baño de un bar, donde entró tras de mí, y le repetí que no me apetecía. Aun así, me puso contra la pared y me penetró, pese a haberle repetido explícitamente que parase. No usó condón. Fue una noche de viernes y me fui a casa, sin saber qué hacer.

Pasaron muchas cosas por mi cabeza. En ese momento no consideré que fuera una violación. Pensaba que el hecho de haber tenido relaciones anteriormente y que hubiera estado tonteando con él me quitaban derecho a decir que no. Por eso mismo no acudí a la policía. No creí que tuviera que pasar por ningún reconocimiento forense porque no tenía intención de denunciar. Pero, en caso de que hubiera querido, tampoco habría sabido cómo. ¿Voy al hospital? ¿A una comisaría? Estaba perdido. No acababa de entender qué había pasado, así que me puse a investigar y descubrí que no era el único.

Cuando víctima y agresor son hombres

Aunque las agresiones sexuales más recurrentes y denunciadas son de un hombre a una mujer, también existen otros tipos de violencia sexual. Como mi caso, por ejemplo, de un hombre contra otro hombre. “El abuso sexual es altamente frecuente en las relaciones homosexuales, teniendo tanto consecuencias físicas, psicológicas así como de salud”, explica Antonio Ortega López, psicólogo y terapeuta sexual y de pareja, en su tesis doctoral. Sin embargo, esta violencia está invisibilizada y bastamente ignorada, por muchos factores, la gran mayoría de ellos por la base heteropatriarcal sobre la que se sustenta la sociedad. “Estamos en una sociedad heterosexual que se plantea problemas heterosexuales”, comenta Ortega.

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El gran causante de la invisibilidad es “la ausencia de conocimiento” sobre violencias, como señala Ortega. A nivel social, el relato sobre la violación tiende a proyectarse como una fuerza agresiva que es impuesta por un desconocido sobre una víctima. Casos como el de la Manada refuerzan esta visión. Sin embargo, la violencia sexual se da principalmente por la pareja o conocidos. Como no se suele hablar de este abuso, muchísimas personas creen que su encontronazo no es una violación. Como en mi caso, que creí que simplemente fue un malentendido sexual, sin tener en cuenta que yo no quería y que así lo dije.

En el caso de los hombres homosexuales, esto se acentúa porque existe la ilusión de que la violencia solo se da hacia la mujer. “La propia víctima no sabe que lo que le sucede es maltrato, porque es entre dos hombres, en los que hay una mayor tolerancia social a las disputas”, apunta Ortega. Socialmente se nos inculca la imagen de un hombre fuerte y resistente, que no puede ser maltratado y sufrir como sí podría una mujer. “Las agresiones a hombres se minimizan porque se considera a la mujer más débil, más víctima”, añade. La percepción patriarcal del género, por lo tanto, altera el reconocimiento del delito.

Denunciar una violación como hombre homosexual

Cuando, por fin, te das cuenta de lo que has sufrido es una violación, entran muchos factores en juego. Yo no asumí que habían abusado sexualmente de mí hasta que me vi en un hospital, pidiendo la PEP –un tratamiento para prevenir la transmisión de VIH tras una práctica de riesgo–. Después de una ronda inquisitiva de preguntas, me lo reconocí a mí mismo: no había querido practicar sexo, me habían forzado a ello. Fue devastador. Y, aun así, no quise denunciar. No me sentía con fuerzas.

Algunos de los factores que impiden que una víctima denuncie se reproducen siempre pese al género de la víctima. Pensar que no la creerán, que la pondrán en duda o no querer enfrascarse en un proceso largo en el que cuestionarán públicamente sus hábitos sexuales son algunos de los principales problemas. Un miedo que no es infundado, puesto que son muchos los casos de violación en los que, durante un juicio público, la mujer es vilipendiada por los sectores más rancios y machistas de la sociedad.

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Este temor a ser juzgado por sus prácticas sexuales es fruto del sistema, en el que todas las víctimas son susceptibles de ser cuestionadas durante el proceso, con las típicas preguntas como “¿qué llevabas puesto?” o “¿qué hacías a solas con él?”. “Las instituciones son heterosexistas y realmente no ayudan a las víctimas, sino que provocan una victimización secundaria. […] La mayoría no busca ayuda y cuando lo hacen la respuesta está desafortunadamente muy lejos de ser satisfactoria”, comenta Ortega.

El psicólogo Sergi Roca Balagué me explica que en las víctimas homosexuales, en caso de querer denunciar, se suman otras barreras psicológicas. Por ejemplo, aún hay estigma en hacer de pasivo en las relaciones sexuales (es decir, recibir la penetración) por culpa del machismo social, que asimila algunas prácticas a la feminidad, la cual considera no deseable e, incluso, inferior.  Así pues, en medio de un proceso psicológicamente agresivo, la víctima tiene miedo a exponerse explicando haber tomado un rol sexual cargado de prejuicios.

Otro de los problemas es la represión emocional que se les inculca a los hombres homosexuales. “La socialización de un homosexual está basada en una socialización privada, la mayor parte de sus emociones son guardadas en secreto desde su infancia y, de hecho, aprenden a esconder sus sentimientos de miedo, dolor y enfado”, cuenta Ortega. Todos estos factores contribuyen a que la víctima tenga tendencia a callarse y mantenerlo en secreto, entrando al círculo vicioso de la invisibilidad.

Una realidad que no se visibiliza

Para ayudar a combatir la invisibilidad que envuelve las violaciones homosexuales hace falta que, en primer lugar, las propias instituciones las tengan en cuenta. Aunque los protocolos de la mayoría de comunidades y hospitales están adaptados a todo el mundo –contemplan la víctima independientemente de su género–, las estadísticas oficiales ministeriales son insuficientes.

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Los informes incluyen el género de las víctimas y de los agresores. Pero no se hace una relación entre ellos. Es decir, en ningún lado te dice qué porcentaje ocurrió en el marco de una relación homosexual. Así pues, requiere un ejercicio de interpretación de datos saber qué agresiones sexuales son lésbicas, trans o homosexuales. “Si la estadística no refleja el problema, no existe”, afirma Ortega.

Hace falta que se diga explícitamente que existen agresiones sexuales en el colectivo gay,  que el monopolio de la violencia no lo tienen los heterosexuales. Es hora de demostrar a los hombres gais violados que no están solos, y que el Estado se preocupa de su bienestar. Yo no lo denuncié por desconocimiento y por miedo al rechazo, pero si hubiera leído esto probablemente lo habría hecho. Todavía estamos a tiempo de evitar que más personas pasen por esta situación sin saber qué hacer.