Thomas Quick, el mayor asesino en serie de Europa en realidad se lo había inventado todo

Entre 1991 y 2003, el sueco Sture Ragnar Bergwall, más conocido como Thomas Quick, fue juzgado por el asesinato de todas estas personas resultando condenado por ocho de estos crímenes y recibiendo una cadena de varias décadas de cárcel

Asesinatos en frío y sin sentido aparente, mutilaciones, violaciones y episodios de canibalismo. Hombres, mujeres y niños, que perdieron la vida de la manera más cruel e inhumana. 39 personas que habían desaparecido sin dejar rastro y cuyos cuerpos nunca fueron recuperados. Y por detrás de tanto horror un solo hombre. O mejor dicho: un solo monstruo. Entre 1991 y 2003, el sueco Sture Ragnar Bergwall, más conocido como Thomas Quick, fue juzgado por el asesinato de todas estas personas resultando condenado por ocho de estos crímenes y recibiendo una cadena de varias décadas de cárcel.

La prensa nórdica lo pintaba como un psicópata y caníbal al nivel de Anibal Lecter y cada una de las confesiones de sus crímenes movilizaba a la policía de Noruega y Suecia. Quick, el ejemplo de un hombre vulgar y rechazado por la comunidad cristiana en la que se crió por su homosexualidad y el abuso de drogas, ofrecía descripciones precisas sobre sus víctimas, sus métodos para acabar con sus vidas y los lugares elegidos para esconder sus cadáveres mutilados. El problema es que tras más de una década de juicios y ocho condenas, se demostró que todo era falso. El sueco no era el mayor asesino en serie de Europa, sino el mayor mentiroso que jamás encontró la justicia nórdica.

El próximo 20 de noviembre, los cines de Noruega y Suecia estrenarán la película Quick en la que el cineasta Mikael Hafström desvela cómo una persona rechazada, que se odiaba por no aceptar su homosexualidad y machacada por las drogas aprovechó el dolor de decenas de familias para ganar la popularidad que no tenía pero siempre había ansiado y crear un personaje que inspiraba pánico e interés en dosis industriales. Todo había comenzado en 1991 cuando después de intentar robar un banco disfrazado de Papá Noel, Quick acabó en una prisión psiquiátrica. La psiquiatra que lo trató, Margit Norell, quería entender qué ocurría en la mente de un individuo tan perturbado.

La terapeuta, una afamada especialista en Suecia, optó por emplear las enseñanzas de Sigmund Freud con el recluso. Estaba convencida de que la represión de sus memorias habían causado una enfermedad nerviosa en Quick. Sin embargo, él solo estaba interesado en recibir atención y en las dosis de benzodiazepinas que acompañaban cada sesión. Rápidamente entendió que debía mantener alta la atención de los especialistas para recibir sus dosis y ganar popularidad. Obsesionado con las noticias de asesinatos en la prensa y ávido lector de novela negra, Quick no tuvo problema alguno en inventar confesiones enteras sobre los mismos crímenes sin resolver que había leído en la prensa de ambos países. 

Los psiquiatras, excitados por las confesiones, pensaron que habían logrado desbloquear el recuerdo de un asesino en serie y que la terapia ayudaría a resolver decenas de crímenes sin resolver que, en base a sus convincentes relatos, habrían sido cometidos por este demente. Para empeorar las cosas, los psiquiatras pasaban libros sobre asesinos en serie como American Psycho y permitían la salida de Quick de la clínica para consultar libros en las bibliotecas públicas de Estocolmo. Cuanto más leía, más convincente resultaba Quick. Finalmente, sus confesiones cayeron en manos de la policía sueca que rápidamente se coordinó con la noruega para iniciar las investigaciones.

Trágicamente, tras varios años de confesiones, resultó que una de las confesiones de Quick encontró una evidencia física que la sustentaba. Se trataba del caso de Therese Johannesen, una niña de 9 años desaparecida en Drammen, Noruega, a la que supuestamente había asesinado Quick rompiendo su cráneo con una piedra. Al parecer, basándose en la versión de Quick, la policía había iniciado una serie de rastreos en una zona boscosa de Drammen en la que apareció un pequeño fragmento de cráneo que, supuestamente, pertenecía a una menor de 14 años. Pero aunque todos le creían y la justicia, incluso, llegó a condenarle sin ninguna prueba más allá de su confesión en ocho crímenes, hubo un periodista que no mordió el anzuelo de Quick.

Hannes Rastam y su colaboradora, Jenny Küttim, fueron los encargados de desvelar el mayor error judicial de la historia de Suecia y demostrar que Quick no era solamente un mentiroso compulsivo, sino que se trataba de una víctima de su propia adicción y de la voluntad del sistema por encontrar culpables a una importante e inquietante cantidad de crímenes por resolver. Una vez cayó la primera sentencia en contra de Quick, el corporativismo de los jueces llevó a que otros siete se lanzasen a dictaminar condenas similares a pesar de la total y completa falta de evidencias físicas. Aún así, todavía había muchas personas que no acababan de creerse la cantidad de crímenes perfectos que el ego de Quick se atribuía.

“Revisamos todo, todo, incluido su historial médico completo que, según la investigación policial, dejaba absolutamente clara su culpabilidad. Pero, obviamente, no era así”, declaró recientemente Küttim en una entrevista con la BBC. En tan solo seis meses de trabajo junto a Quick, Rastam consiguió señalar y poner en tela de juicio todos los detalles que la inventiva del sueco no había podido cuadrar en sus relatos. Su discurso tenía fracturas y Rastam lo hizo volar por los aires. "¿Qué puedo hacer si yo no he cometido esos asesinatos? ¿Estoy atrapado?”, llegó a confesarle un aterrorizado Quick al entender que su farsa había llegado a su fin.

Rasta, un periodista de garra y meticuloso al extremo, no tardó en airear el arrepentimiento de Quick sobre sus fábulas y dar un golpe demoledor al sistema judicial de Suecia. El revuelo fue mayúsculo y una parte importante de la población se resistía a pensar que todo el sistema, desde policías a jueces, había fallado estrepitosamente. Sin embargo, fue la confirmación de que el supuesto fragmento de cráneo encontrado en Noruega , y que había sido atribuido a Therese Johannesen, era en realidad un trozo de plástico, el que desplomó todo el relato de Quick. Dos países enteros y una parte enorme de sus sociedades habían caído en su engaño. La indignación de las familias de los 39 desaparecidos montaron en cólera y se creó una comisión para depurar responsabilidades.

Una a una, las condenas contra Quick fueron canceladas y, en julio de 2013, abandonó el centro psiquiátrico donde permanecía recluido. Hace 16 años que no ha consumido drogas y se considera completamente rehabilitado. De hecho, se considera a sí mismo como una víctima que sucumbió a las presiones para admitir una culpa que no era suya. Una especie de autoflagelo con el que redimirse por sus pecados de juventud. Aunque, obviamente también es el principal responsable del terror que inventó: sus confesiones hicieron muchísimo daño porque paralizaron otras líneas de investigación y, de hecho, ninguno de los asesinatos por los que fue condenado ha sido resuelto. En la actualidad, Quick tiene casi 70 años y reside en un lugar desconocido lejos de su Suecia natal. No habla con nadie y no concede más entrevistas.