Estoy muy sola

El 22% de los millenials no tienen ni un solo amigo y uno de cada 4 no tienen con quién hacer planes

El domingo acaba de empezar. Por lo menos para mí. No sé qué hora es, pero se atisban algunos rayos de luz a través de los huecos de la persiana. Parece que esté describiendo una escena idílica en la que de repente entra un pajarillo con el único fin de posarse en la esquina de tu mesita de noche para entonar una canción agradable. La realidad es que lo único que hay en mi mesita son unos calzoncillos de Primark cuyo dueño está invadiendo la mitad y un cuarto de mi cama. Nos conocimos anoche y lo único que sé de él es que ronca muy fuerte, tanto que no me deja dormir. El ruido es insoportable, pero en vez de echarle de mi casa, he decidido abrir las notas del móvil y ponerme a teclear esto. No es que sea hospitalaria, sino que, simplemente, existe la posibilidad de que cuando se despierte caiga otro polvo, así que me parece bien que se quede un poco más. 

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He decidido empezar a escribir este artículo sobre la soledad. La verdad es que no era mi intención ponerme con este texto en este escenario protagonizado por un tío medio desnudo en mi cama, pero he de reconocer que me parece el idóneo para tratar el tema. Ahora mismo, noto una sensación un tanto extraña en mi interior. Puede que se deba a dos causas: la primera es que me agobia un poco tener compañía; y la segunda, y más simple, es que anoche bebí demasiadas cervezas y llevo muchas horas reteniendo gases en mis entrañas. Creo que ambas razones tienen que ver con mi estado actual.

Desde pequeña siempre he sido una niña bastante solitaria. Me gustaba tanto estar sola que ni siquiera tuve la necesidad de inventarme un amigo imaginario. Por eso y porque conseguir reales quedaba completamente descartado. Luego crecí y todo cambió porque mi visión de ese estilo de vida de forever alone que tanto disfrutaba pasó a resultarme un poco molesto. Está mal visto ser una persona que no necesita compañía durante todas las horas de todos los días. Tan solo hay que echar un vistazo a los precios de los alquileres compartidos frente a los individuales o a las ofertas de las agencias de viajes, restaurantes o supermercados. Todo es más barato si lo compras en packs que están pensados para que sean del disfrute de más de una persona

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Hace unos meses, la empresa You Gov realizó un estudio para descubrir si los millenials estamos solos o no. El resultado fue el que esperabas. Lo estamos. El 22% de los encuestados (que eran estadounidenses) aseguraban no tener ni un solo amigo. Y eso no es todo, uno de cada cuatro de los millenials confesaron que no tenían con quién hacer planes. Somos la generación más estresada, infeliz y con la autoestima por los suelos. La única etiqueta que nos faltaba era la de fans de la soledad. Como siempre, las investigaciones apuntan a las redes sociales como principal detonante de este fenómeno. Dicen que nos enganchan de tal forma que preferimos permanecer en la vida virtual más tiempo que en la real. Sinceramente, no creo que sean tan malas ni que tengamos tanta culpa. Cada vez lanzan más filtros que te hacen parecer más guapo/a, sin ser tú nada de eso, y así, es normal que tengamos tanto enganche. Al final, nos acaba dando pereza tener que esforzarnos en hablar con gente que no nos aporta nada y con la que ni siquiera tenemos amigos en comunes en Facebook. Y, en muchas ocasiones, acabamos cediendo para que no nos tilden de raros solitarios.

Reconozco que es importante tener amigos, relacionarse y salir de casa. (Quiero aclarar que con “amigos” me estoy refiriendo a personas de carne y hueso. Tus peluches con relleno de China y olor raro no cuentan por mucho que les cuentes tus movidas). Exacto, es positivo hacer planes con tu gente, pero no hasta el punto que nos están inculcando. Aprender a estar solo es tan importante como ser capaz de hacerte esa onda en el pelo tal y como dicta ese tutorial de Youtube sin quemarte o sin acabar pareciendo Luis XIV. Es un proceso largo y costoso porque supone aprender a aguantarte a ti mismo/a. Y, claro, no es fácil.

Vaya, parece que los ronquidos de mi compañero han cesado. Se está despertando. No sé muy bien qué decirle. Las conversaciones postcoitales suelen ser muy incómodas y más cuando no recuerdas su nombre. Se ha girado y me está mirando. Parece que quiere decirme algo.

—Buah, tía, me muero de hambre. —me dice con una voz ronca.

—Tengo la nevera vacía, ¿pedimos comida? Hay un plan 2x1 en pizzas hoy.

—Venga. Oye, ¿has visto mis calzoncillos?

Mientras él se enfunda su ropa interior del Primark, yo me dispongo a hacer el pedido de comida. Puede que me guste la soledad, pero también me encanta la pizza y hoy es el único día que puedo aprovechar la oferta. A veces, la compañía no es tan mala, pero solo a veces.