Por qué siento que mis compañeros de piso son mi familia

Nos juntamos con estas personas con las que convivimos para confesarnos verdades, reírnos, apoyarnos o, simplemente, hacernos la vida más fácil, y de eso va compartir piso

Esa tapa del inodoro sin bajar, esas plantitas a punto de morir abrasadas porque deberían regarse más o ese rincón del pasillo que parece que no exista porque nunca se limpia, son algunas de las cosillas molestas que puede implicar compartir piso. Pero más allá de pequeños problemas de convivencia que todo el mundo tiene, el gran valor de los compañeros de piso es que, muchos, pueden llegar convertirse en una gran familia que, o bien hemos escogido, o hemos encontrado entre casualidades de la vida, como en un after improvisado al que llegamos con ganas de fiesta y nos marchamos con habitación nueva.

Lo de hacer de unos compañerxs una familia algo desestructurada no es nuevo, ya lo vimos en míticas series, como FriendsHow I meet your mother o Girls; aspirando vivir, algún día, las mismas locas y bonitas aventuras en nuestra propia casa. Y ahora que nos ha tocado a nosotrxs (según Fotocasa, el 73% de las personas de España en esta situación tienen entre 18 y 34 años), podemos decir que, en los mejores casos, ha valido la pena vivir en una pequeña habitación que ni de lejos cuesta unos, por ejemplo, 400 euros.

Personas que nos conocen bien

Primero de todo, vernos cada día al despertarnos, almorzando o por la noche; hace que se desate una confianza que rara vez se encuentra. Esa con la que alguien es capaz de decirnos que la obsesión con nuestro último crush empieza a ser algo preocupante o que esos vaqueros que nos encantan están muy petados y es mejor que los tiremos. Y lo más interesante es que, casi siempre, se lo agradecemos y les creemos: sabemos que conocen perfectamente nuestros preocupaciones, miedos o idas de olla y, por tanto, si ellxs lo dicen será por algo (aunque, obviamente, siempre manteniendo nuestro criterio, que por algo lo tenemos).

En segundo lugar, están las risas. Aquello que le da sentido al día a día y que, cuando compartes techo las 24 horas del día (literal en tiempos de confinamiento), pueden desatarse por cualquier tontería. ¿Qué hay del compañerx que suele entrar a casa con un “¿Hola?” lleno de interrogantes y miedo porque quiere comprobar si, finalmente, ha irrumpido en el piso un asesino en serie que no existe? ¿O de los cantos a grito pelado de canciones que hablan de olvidar a malos amores en las que, regularmente, se cuela un espontáneo “¡Sinvergüenza!” que no consta en la letra?

El apoyo de los compis de piso

Sí, podríamos seguir infinitamente con ejemplos de este tipo. Pero ahora toca hablar más de humor a partir de un anuncio de dos jóvenes que buscaban, hace unos años, a una tercera persona para su piso del barrio madrileño de Lavapiés: "Nos disgusta profundamente Paulo Coelho, los refranes bien conjugados, pensar que se puede aspirar a trabajar de lo que te gusta y Mafalda mal entendida" (lo tiene todo). Aunque, además de las bromas, hay otro tema igual de importante que también se da en la convivencia: la solidaridad. ¿La razón? En algunos casos, cuando ya ha pasado un tiempo puede surgir un bonito apoyo mutuo, que va desde compartir macarrones al pesto, pasando a partirse la última cerveza en un viernes de toque de queda o hasta dejarse dinero cuando unx pierde el trabajo.

Un fuerte sentimiento que, por ejemplo, se palpó en 2020 cuando la enfermera Elena Cañizares contó en Twitter que sus compañeras querían echarla del piso por haber pillado el covid, aunque pretendía aislarse y no podía ir a casa de sus padres, que eran de riesgo. Está claro que estas estaban a años luz de ser solidarias pero, por suerte, en las redes la cosa fue muy diferente. Incontables personas respondieron con un aluvión de mensajes a favor de Elena y recordaron una verdad que debería estar más presente: nos juntamos para hacernos la vida más fácil, no al contrario, y de eso va compartir piso.