Somos una generación condenada a compartir piso el resto de nuestras vidas

Un día estás haciendo maletas por enésima vez, resoplando —porque normalmente hace calor y las mudanzas de los millenials suceden en los meses de verano— cuando se te ocurre contar en cuántas casas has vivido a lo largo de tu vida. Eso me pasó justo hace un año: ¡11 veces! Y, contando la actual, 12. Te quedas mirando las maletas, brazos en jarras, y no das crédito. El número de compañeros de piso, directamente, ya no quieres ni repasarlo.

Cualquiera que se haya tenido que ir de su pueblo/ciudad natal para estudiar, haya hecho un Erasmus o cambiado alguna vez más de ciudad (o país) para irse de au pair, de prácticas, o a trabajar, sabe de lo que estoy hablando. Incluso si tu vida te ha llevado por un camino menos sinuoso, probablemente también lo hayas sufrido: buscar piso, y lo que es peor, compartirlo.


1. La búsqueda

El sueldo (o la beca), si se le puede llamar sueldo a tus ingresos mensuales, no da para irte a vivir solo, ni siquiera en pareja. Cuántos planes de vida frustrados por la pobreza de nuestros bolsillos. O quizá no. Quizá te encante compartir piso y ya tengas tu grupito montado, dispuesto a hincarle el diente al Idealista o Fotocasa de turno o a hacerse la ruta de las inmobiliarias. También puede ser que, en lugar de eso, busques una habitación libre en un piso y conocer gente nueva.

Sea cual sea la opción, obligado o por libre elección, prepárate para lo que está por venir: el mareo de precios, zonas de preferencia, metros cuadrados, el "¿tiene luz natural?, ¿y parqué?", los clásicos "yo más de un tercero sin ascensor, ni de coña" y "¿no está amueblado? Bueno mira, en el Ikea hay barras de esas para colgar la ropa"; o puede que sufras un "hostia que es Holanda eh, hay calefacción supongo", o un rotundo "¿cómo? ¿que tenemos que comprar la nevera nosotros?". Y así, podría seguir hasta que me cambie de piso otra vez.

"Yo dormí seis meses con el colchón en el suelo, y la verdad que no se estaba tan mal" opina Paula, de 28 años, recordando su Erasmus. "Buscar piso a menos 15 grados en febrero y yendo en bici de un lado para otro, te cagas". Marta, 29 años. En la variante 'buscarte una habitación en un piso con desconocidos' existe un último paso antes de alcanzar la gloria. Como si del casting de Operación Triunfo se tratara, te enfrentarás a un jurado que evaluará a ojo de buen cubero tus capacidades como compañero de piso potencial, te preguntará hasta tu marca de papel de water favorita y, a lo mejor, hasta te hace cantar.

Después, si tú consideras que esa gente parece normal y suficientemente maja, tendrás que esperar el veredicto, saber si eres el elegido para entrar en la casa. Mientras, deberás manejar como buen estratega las otras dos opciones que tienes en cola. Y rezar. Finalmente, después de todo el baile, es posible que acabes en una habitación más bien pequeña, pasándote 150 euros del presupuesto que te planteaste como inamovible, con la iluminación natural del patio luces y viviendo al fondo a la derecha de la ciudad. Da igual, lo importante es que tienes piso. Ya no eres homeless.


2. La convivencia

He aquí cuando empieza lo duro de verdad, porque con más o menos conocimiento de causa, estás jugando a la ruleta rusa. Irte con amigos puede ser un seguro de vida, pero también puede ser una catástrofe más grande que el hundimiento del Titanic. Quizá compartas piso con una buena amiga, y que, más allá de peleíllas tipo "tía, no me esperaste para ver el último capítulo de Gossip Girl", ésta se acabe convirtiendo en tu hermana. Pero también puede ser que descubras que tu amigo es un desconsiderado que te roba el champú, el atún y hasta el aire que respiras, y luego se hace el despistado si se lo comentas. Pocas cosas tienen más poder creador y destructor de amistades que la convivencia.

Por otro lado, están los valientes, los que se lanzan al abismo sin paracaídas, al agua sin saber nadar, a un piso nuevo sin conocer a nadie. El todo o nada. Es posible que encuentres personas de edades muy diferentes y de galaxias muy, muy lejanas como Colombia o Zamora, con las que entables una bonita amistad. Entran a tu mundo para apoyarte en un momento determinado de tu vida y luego partir, tal y como llegaron. Esa gente queda, aunque esté lejos. Pero, ¡ay si te encuentras con 'lo otro'! El espécimen, el loco.

Ese alguien por quien es posible que abandones un piso en el que depositaste todas tu ilusiones. Personas que te van a gritar como hasta ese momento solo lo había hecho tu madre, que van a blasfemar histéricas enfrente tuyo mientras las miras con desconcierto escoba en mano; personas que viviendo en un bajo y a dos grados en la calle te apagan la calefacción a las ocho de la mañana mientras duermes. Esa gente existe. Buscar piso y compartirlo es una bonita odisea de los tiempos modernos, capaz de lo peor y de lo mejor. Una experiencia que todos deberíamos probar alguna vez en la vida. Un aprendizaje de carácter intensivo.

De todas formas, si la idea te produce urticaria y ya no puedes más, este último testimonio te ofrecerá una brizna de esperanza. Carola, de 24 años, es diseñadora de moda y residente en Barcelona. Está a punto de mudarse ella sola después de compartir piso durante años: "Empecé diseñando tops como hobby hace dos años y he terminado ganándome la vida con ello. Ahora, he encontrado un piso exactamente en la calle que lo buscaba y por el precio que buscaba. Y con un local comercial debajo para mi marca. Todavía no me lo creo. Pensaba que era imposible". Ahí lo tenéis. Todo llega.