El sacrificio de Billy Elliot para atacar la normalización de la ultraderecha

El actor británico Jamie Bell interpreta al exneonazi Bryon Widner en la polémica película Skin

Al pequeño Billy Elliot se le ha ido la olla. Aquel niño del lumpenproletariado que se enfrentó a todo y a todos por dedicarse al ballet en medio de las huelgas del carbón del Reino Unido de los ochenta, se ha pasado al lado oscuro. Dos décadas después de protagonizar una de las pelis más conmovedoras del 2000, el actor Jamie Bell se ha transformado en un neonazi de 80 kilos de músculo repleto de tatuajes talegueros y, lo que es peor, de inspiración nazi. Como ya lo hiciera antes el norteamericano Edward Norton en American History X, el británico de 33 años se mete en la piel de un neonazi estadounidense para su nueva película, Skin.

Bryon “Pitbull” Widner, el oscuro personaje que inspira el film, miembro de uno de los principales movimientos de supremacía blanca de los Estados Unidos hasta que conoció el amor de su vida, se casó y decidió dejar su ideología de odio. Su historia, que ya había inspirado el reconocido documental Erasing Hate (Borrando el odio), es la de un hombre que intenta desesperadamente deshacerse de su pasado a medida que elimina sus molestos y ofensivos tatuajes de la piel. Una catarsis lenta y dolorosa que Widner inició en 2011 y que lo ocupó durante varios años. Para encarnar esta historia de redención, Bell tuvo que llevar su cuerpo al límite. A base de mantequilla de cacahuete, helados y horas interminables en el gimnasio, el actor consiguió aumentar su masa muscular en 20 kilos lo que, unido a sesiones de maquillaje de tres horas para recrear sus intimidantes tatuajes, lo convirtieron en un tío que daba miedito solo con verlo.

Pero la cosa no acabó ahí. Con el objetivo de entender mejor la vida de un tipo que se situaba en las antípodas de su pensamiento, Bell decidió pasar días enteros en la casa del propio Bryon Widner donde estudió sus hábitos diarios y pudo conversar con él largo y tendido sobre esa etapa de su vida. Junto a ellos estaba el director de la cinta: el israelí Guy Nattiv. No obstante, la opinión del actor sobre Widner no cambió en exceso a juzgar por las declaraciones ofrecidas a la revista Variety: “este personaje está muy lejos de lo que soy, su desapego de la compasión, de la empatía, de la bondad, de la humanidad”. 

Fue precisamente este rechazo a la ideología de Widner y el ascenso de la ultraderecha en Europa y Estados Unidos el que impulsó a Bell a aceptar estudiar el polémico papel. “Teníamos mucho miedo de hacer la película y realmente estaba preocupado. Esta gente son alguien con quien realmente no quieres tener problemas, de verdad. Están organizados y armados. Han demostrado que no les importa mostrarse tal y como son en su día a día. No les importa que sus caras estén visible mientras llevan sus antorchas (en referencia al Ku Klux Klan), no les importa decir las cosas que dicen ni los eslóganes que usan. Así que desde el punto de vista de mi propia seguridad, estaba muy asustado”, confesó. 

Incluso Widner llegó a amenazarlo de muerte mientras grababan: “Podía llegar a fumarse 60 cigarrillos en una hora. Un día le pregunté si podía abrir la puerta del garaje porque realmente me estaba muriendo con el humo. El me miró y me dijo ‘también podrías morir si abres esa puerta”. A pesar de la desagradable experiencia, el conocer al exneonazi y su hartazgo con los discursos del presidente Donald Trump que este tipo de gente aplaude sin disimulos, fue el último empujón que Bell, quien reside en Nuva York junto a su esposa y dos hijos, necesitaba para realizar el papel: “Realmente tenía que hacer algo (…) no quiero otros cuatro años así. Es demasiado deprimente”. Esperemos que su sacrificio sirva de algo.