La realidad de vivir lejos de los que quieres y que solo una pantalla te los acerque

"¿Comemos juntas?", le dices a tu madre mientras pones en la mesa tu plato, tus cubiertos y el portátil en el que ella aparece sentada a miles de kilómetros, en otra mesa con otro plato y otros cubiertos. Ya ni sabes cuánto tiempo hace que empezasteis la conversación. Habéis hablado de lo divino y de lo humano, de cómo ha ido la semana, de los últimos acontecimientos de actualidad, de los planes para el finde, de la búsqueda de trabajo, de cómo está la abuela... Y así van pasando los días y parece que con una pantalla de por medio la distancia no es tan distante, aunque sí que lo es.

Es la realidad de tantísimas personas que por voluntad propia o por circunstancias de la vida han tenido que poner kilómetros entre sus seres queridos y su día a día. Y aunque te hayas ido a perseguir tus sueños o ya los estés viviendo, siempre echas de menos la familiaridad que dejaste atrás, así que la suples con Skype, Hangouts, Facetime, o lo que se inventen.

Ahora tienes una nueva vida y poco a poco también vas construyendo otra vida social, pero son relaciones incipientes, los lazos no son los mismos, te estás conociendo y te falta esa confianza con la que hablas con quien lo sabe todo de ti. De dónde vienes, a dónde vas, a qué aspiras y hasta las estúpidas anécdotas de tu infancia o las gamberradas de la adolescencia.

Entonces tu auténtica vida social -la profunda, la de verdad, queda en manos de la conexión a internet, porque mientras estás intentando comentar un tema existencial con tu amigo de la infancia, la imagen se pixela, el sonido se descuadra o directamente se va, y te acabas pasando el 20% de la conversación hablando sobre la propia calidad de la conversación: "¿hola? ¿me oyes? sí, yo a ti sí, ¿y tú a mí? ¿hola? no, no sé qué ha pasado, se ha cortado".

Pero no te atreves a quejarte, porque solo de imaginarte qué sería de tu vida sin las videollamadas o cómo era la vida de tus ancestros que se tenían que comunicar por teléfono fijo y se te cae el alma al suelo. Porque al menos con la pantalla puedes enseñar tu nueva casa paseándote con el portátil por cada habitación, preguntar qué tal te sienta el nuevo corte de pelo o ver a ese nuevo sobrino que ha nacido y que tú hasta las vacaciones de verano no podrás conocer.

Así hay abuelas que ven a sus nietos crecer y familias que reservan en la mesa de Navidad un hueco para el iPad con ese hermano que está demasiado lejos como para volver, pero no se quiere perder los chistes del cuñado de turno ni las discusiones de sobremesa. Con los amigos también, el típico "a ver cuándo tomamos un café" se convierte en "a ver cuándo hacemos un Skype" en el que estás en pijama, tirado en la cama, te pones al día de los últimos meses y respondes con evasivas a las preguntas de cuándo vuelves a pasar por casa, porque no tienes ni idea de cuándo te podrás escapar.

Aunque ver a tus seres queridos a través del ordenador, en cierto modo, alivia, las pantallas todavía no pueden darte contacto físico. Un abrazo amigo o un simple brazo que agarrar, un beso de buenas noches o uno de "encantado de conocerte", porque según de dónde seas, a dónde y con quién hayas ido, puedes darte cuenta que llevas meses sin tocar a nadie y caes en una profunda tristeza.

Así que intentas apagar con una videollamada la nostalgia de estar fuera de casa, de tener a miles de kilómetros a las personas que te quieren de forma incondicional porque has querido o tenido que perseguir lejos algo que ahora mismo ni recuerdas. Y le dices a tu madre: "¿comemos juntas?", mientras pones en la mesa el plato, los cubiertos, el portátil...