Esta es la razón por la que no me interesa estar buena

A mí, estar buena nunca me ha traído nada bueno. Más bien todo lo contrario. Los orígenes se remontan allá por la temprana adolescencia cuando empecé a tomar conciencia de mi cuerpo, empecé a ver que la gente me miraba por la calle, que llamaba la atención. En el instituto me miraban el culo, las tetas, incluso me tocaban, si les daba la gana.

Los chicos se interesaban por mí, las chicas que estaban interesadas en esos chicos me odiaban y mi reputación en ese microuniverso de la enseñanza secundaria iba dando bandazos entre la tía buena, la zorra de turno y demás cosas que se quisieran contar sobre mí y que a nadie le importaba si eran verdad o no. Tampoco necesitamos entrar en detalles sobre lo brutal que puede ser la sexualización en el instituto porque ya se han encargado de mostrarlo con toda su crudeza en la serie Thirteen reasons why con la que tantos millones de personas nos hemos sentido identificadas.

En mi caso, ante todos esos ataques, mi subconsciente buscó un mecanismo de defensa y fue el de alejar mi cuerpo lo máximo posible del estereotipo de belleza tradicional. Lo primero que hice fue cortarme el pelo a lo chico y ponerme ropa ancha para que nadie pudiera verme. También dejé de sacarme partido, de maquillarme, de embellecerme y, con el tiempo, encontré que cierto exceso de peso me daba la protección que necesitaba contra la atención excesiva que había tenido hasta entonces. "Ya no soy una amenaza para nadie, así que ya podéis dejarme en paz", podía haber dicho de haber sido consciente de lo que estaba pasando. Racionalmente yo quería estar delgada, hacía dietas e intentaba hacer deporte para recuperar la línea, pero en el fondo estaba bien, por fin me sentía cómoda y arropada.

Además, descubrí otra ventaja. En mis años de explosividad física gustaba a muchos chicos que se acercaban a mí, me utilizaban como un trapo del que alardear un rato y luego me tiraban a la basura con el corazón roto. No digo que yo solo buscase el 'true love', pero a pocas personas les interesaba algo más allá de mi físico y, probablemente, yo tampoco veía más allá del de ellos, con lo que me llevé bastantes bofetadas en el ámbito de pareja. Pero al tener un físico menos llamativo y ver descender proporcionalmente el interés del sexo opuesto, me di cuenta de que lo que llegaba era de mucha más calidad y que quien se quedaba era porque había visto en mí algo más que una cara bonita y un culo respingón. Así que dije: "Para qué quiero gustarle a todo el mundo cuando me sale más a cuenta gustar a menos personas por mejores razones".

Con los años todos estos cuentos adolescentes quedaron atrás y en la escena ha quedado simplemente una treintañera que quiere perder peso y no puede. Cualquier psicólogo se frotaría las manos con este caso aparentemente trivial que esconde un subconsciente que ha asociado un físico saludable con el sufrimiento y por ello huye de él. Pero al mirarme en el espejo, en lugar de despreciarlo, debería darle las gracias a mi cuerpo, porque en realidad lo único que intenta hacer desde entonces es protegerme y por eso me anima a comer más de lo que debería para no volver a ese peligro.

Claro que la situación ha cambiado, que ya no soy la misma persona indefensa de antaño, que ahora tengo muchas más herramientas para defenderme y conocimientos para entender lo que pasa a mi alrededor. Sin embargo, hoy en día ser mujer y bonita sigue exponiéndote a muchas miserias. Estando buena tienes más posibilidades de que te busquen por tu cuerpo y nada más, de que te critiquen a paso que das (como les pasa a todas las actrices, artistas y demás caras conocidas), o incluso de que te acosen por la calle.

Ojalá llegue el día en el que podamos estar sanas en nuestro cuerpo y no tengamos nada de lo que defendernos. Tal vez ese día yo también pueda bucear por mi subconsciente, apagar este mecanismo y volver a estar buena.