"Mi padre me ofreció un billete de 50 euros por votar a Ciudadanos"

Dos jóvenes cuentan la horrible experiencia de que sus familias les manipularan en las últimas elecciones

Imagínate vivir en una casa en la que la libertad ideológica se la pasan por el forro. En la que tus progenitores te machacan cada día con sus ideas políticas aunque no tengan nada que ver contigo o, incluso, vayan en tu contra. El pasado mes de abril, justo antes de las anteriores elecciones, ya escribí sobre el fin de semana en casa de mi padre en Valencia. Fueron 48 horas de mitin de VOX en el que mi querido progenitor empezaba cada frase con un “vivimos en una sociedad…”. 

Pero no he vuelto por aquí para contarte mis dramas de mierda. Al final, habiendo estudiado Historia y habiendo militado en Izquierda Unida, en plena época del PP neoliberal de Aznar, lo de discutir con mis padres de política estaba superadísimo. No, vengo a contarte la historia de dos conocidos a los que sus padres les han aplicado las técnicas más avanzadas y retorcidas de manipulación para que votasen a sus partidos predilectos. Desde el chantaje emocional al sobrecito con dinero al más puro estilo de la calle Génova.

El chantaje emocional, el clásico de muchos padres

Empecemos el relato con Carlos, un chaval de 25 años de Barcelona. Su historia comenzó apenas tuvo la edad legal para poder votar y en el contexto en el que Cataluña empezaba a sumergirse en las profundas aguas del procés. “Recuerdo que fue para las elecciones autonómicas de 2012, las primeras en las que podía votar. Comenté a mi madre que no lo tenía muy claro y que estaba indeciso. Ella me dijo que votara a Ciudadanos, que era un partido que podía salir y que a ella le daba muy buenas vibraciones”, recuerda.

Al principio parecía el típico consejo de una madre que se preocupa por el desarrollo de la conciencia democrática en su querido vástago, pero la cosa era mucho más marronera de lo que parecía. “Le dije que me iba a informar. Leí los programas electorales y cuando volvimos a hablar del tema le dije que creía que no era el más indicado ni para mí ni para ella. Ella comenzó a decir que iban a subir las pensiones, quitar el senado… que prometían mil cosas. Sin embargo, lo que más me chocó fue que dijera que ellos apostaban a que el trabajo fuera primero para los españoles”, cuenta Carlos con bastante mosqueo.

Pero la cosa no acababa aquí, porque más allá del tufillo xenófobo (evidentemente él le afeó esa aseveración) estaba la cuestión de los derechos homosexuales, especialmente porque Carlos es gay y estaba fuerísima del armario. “Le comenté que esos argumentos no me parecían bien sobre todo porque, además, el partido tenía una base bastante homófoba. Es decir, en cuanto al no reconocimiento de las parejas gays, el tema de adoptar, etc. Le dije que ella no debería votarles teniendo un hijo gay”. Justo en ese punto empezó la tormenta perfecta. Ahora su enfoque ha cambiado y, aunque pactan con partidos homófobos, recurren a la comunidad LGTBI para plantear leyes como la del vientre de alquiler.

“Se empezó a enfadar con mis observaciones y tuve que irme a dormir a casa de mi mejor amiga para evitar discusiones. Pero, al día siguiente, me estaba esperando en la puerta de casa de mi amiga y me llevó directo al colegio electoral. Al llegar metió una papeleta de Ciudadanos en un sobre y me lo dio. Le dije que no y que el voto era cosa mía, entonces me chantajeó con no dejarme ir a una fiesta a la que tenía planeado asistir”, se lamenta indignado aunque con cierto tono de resignación. Al final, oponerse a un padre o una madre no siempre es fácil. 

El caciquismo sigue vivo en muchos hogares

Para Carlos, el episodio es una cosa del pasado, pero una muestra triste de lo que se vive silenciosamente en muchos hogares. “Representa muy bien el caciquismo que siempre se ha vivido en mi casa”, concluye. Aunque su historia acabó con él haciendo lo que le dio la gana y sin más consecuencias, hay padres que tienen un punto extra de manipulación y utilizan técnicas más crueles todavía: el dinero. Todo el mundo sabe que el 99,9% de los mileniales vamos justitos de pasta y los padres de Álvaro, un barcelonés de 23 años, de esto saben un rato. Su historia era la típica de una familia tirando a fachilla en la que el adoctrinamiento a los hijos era una constante, pero que no funcionaba nada.

“Mi padre ha sido del Partido Popular de toda la vida y mi madre votaba muy emocionalmente. Pasó de votar a la izquierda en su juventud a irse cada vez más hacia la derecha. Ahora se ha pasado Ciudadanos y nos acaba de dejar en la entrada las papeletas de Vox. El problema es que yo no suelo votar y que mi hermano es muy del PSOE y siempre han habido discusiones por el tema”, explica. El caso es que más allá de las conversaciones políticas de sobremesa, los padre de Álvaro decidieron pasar a la acción atacando a su debilidad: su bolsillo. “Un día me vinieron, me sentaron y me dijeron: Álvaro te compramos el voto por 20 euros. Yo les dije, ¿qué dices? Les comenté que no me gustaba votar y que pasaba. Normalmente o no voto, o voto en blanco, o voto a un partido minoritario”, señala.

Un billete de 50 y una dosis de pasivo-agresividad

Hasta ese momento, el tema de sobornar había sido una broma. Pero aquel día, la bromita pasó a ser una realidad. Y la cosa no quedó ahí: “Insistieron con el tema del dinero y me intentaron hacer negociar para que votase Ciudadanos. Les dije, en plan broma, 50 euros y aceptaron. La condición de mi padre era acompañarme a votar y certificar que pusiera el sobre con la papeleta de Ciudadanos en la urna. Al final pasé de todo y hubo un buen pollo en casa”. La negativa de Álvaro no hizo desaparecer la cuestión, sino que en cierta medida empeoró la presión sutil de sus padres. “No hubo represalias, pero sí que noté cierta pasivo-agresividad. Me hicieron sentir que no tenía ni idea de política y que les había decepcionado”.

Finalmente tanto Carlos como Álvaro votaron en libertad a la opción que más les convencía, pero sus historias no son una excepción sino algo que se da de una forma habitual en muchísimas familias y que se toma a la ligera, cuando es algo muy serio. Desde sutiles consejos a manipulaciones dignas de Maquiavelo, muchos padres intentan (con más o menos dosis de maldad/inocencia) orientar el voto de sus hijos desde la adolescencia. Normalmente el acoso cesa cuando el retoño tiene edad suficiente para hacer valor sus criterios, pero no todos los jóvenes consiguen emanciparse mentalmente de sus padres. 

Llegar a la conciencia de que tú y solo tú tienes potestad para decidir tu voto puede parecer una obviedad, pero no siempre lo es. La gracia de votar es ejercer como ciudadano libre y soberano, y para ello hay que saber hacer valer nuestros propios valores e ideas.