Así fueron mis cuatro horas en una orgía nudista gay en Barcelona

Hasta las dos de la madrugada rodeado de olor a lubricante, pollas erectas y machirulos homófobos que solo querían ensartar su sable en un ano

Un amigo me invitó a una orgía gay nudista. Me pasó el flyer: Private sex party, de 22 a 2 de la mañana. Aunque no soy virgen en el terreno del cruising, ya que más de una vez había ido a locales de gloryholes o a saunas, nunca había asistido a un evento de estas características. Ni tan siquiera había participado en un trío o una orgía. Era una fantasía recurrente, algo que me llamaba desde hacía mucho. Así que no me lo pensé mucho más.

La fiesta se hacía un local del centro de Barcelona, la sauna Bruc. El día de la orgía me vestí con ropa bastante cutre. Unos tejanos viejos, unas bambas de concierto manchadas y una camiseta de los colores del logo del Aldi comprada en alguna tienda de Inditex que no recuerdo. Pero qué más daba, si solo me iban a ver desnudo.

La ropa en cuestión

Lo que sí me cuidé un poco fue la ropa interior: me puse un jockstrap, esos calzoncillos con el culo al aire. Aunque no los iba a poder llevar dentro de la fiesta, quería empezar a calentar un poco el ambiente en los vestuarios. La invitación, además, afirmaba que era una fiesta de sexo seguro, “tendremos condones y lubricantes”. Aun así, me preparé un pequeño estuche con condones, por si acaso. Nunca se sabe.

Llegué un poco más tarde de las 22 y me quedé parado en la acera de en frente, viendo qué tipología de personas entraban. Algunos grupos de osos (hombres con barba, fortotes o rellenitos), algunos ancianos y, en general, poca gente joven. Yo, que tengo 24 años, no vi a nadie con quien me llevase menos de 15 años. 

La sauna Bruc

Una vez dentro, me recibió un grupo de hombres que estaban esperando, repasando de arriba abajo los que iban entrando. Mientras compraba la entrada, escuché comentarios dirigidos hacia mí. “Me lo pido”, “míralo que tímido se le ve”, “a ver si me lo encuentro cuando le suban los calores de la sauna”, fueron algunas de las perlas que me soltaron. Cumplidos incómodos, agresivos, explícitos y demasiado sexuales. Claro que puede sonar incongruente que me queje de insinuaciones de este tipo llevando un jockstrap mientras me dirijo a una orgía nudista, pero aun así, no creí que fuera para nada respetuoso que una manada de hombres veinte años mayores me soltasen una retahíla de piropos mientras yo estaba solo y en una clara situación de inferioridad. Y más aun, sabiendo que nuestro colectivo tiene un problema endémico muy silenciado con la violencia sexual.

Tras comprar la entrada, uno de los empleados me dio unas chanclas, unas toallas y me preguntó mi rol sexual. “Si eres activo, la pulsera a la derecha, si eres pasivo, a la izquierda, si eres versátil, una en cada muñeca”. Este último era mi caso. Tras recordarme que “es una fiesta de sexo, todos los espacios son nudistas”, me dirigí a las taquillas, un espacio bastante amplio y limpio, donde guardé la ropa antes de salir a las salas de juegos.

Lo primero que me encontré dentro de la sauna fue un largo pasillo sin luz del cual salían algunas puertas de cabinas y cuartos oscuros. No sé cuánta gente había, porque mis ojos no estaban acostumbrados a la oscuridad y no veía nada. Pensaba que venía a dejarme las rodillas, pero durante los diez primeros minutos me dejé la vista. Llegué a una zona con una sauna térmica, entré y lo primero que vi fue a un tío haciendo una doble mamada. Toda la timidez que tenía se fue.

Mi jockstrap de Andrew Christian

Me senté en un banco de la sauna y vi que la mayoría de personas que había rondaban la cincuentena. Rápidamente uno me agarró de la pierna y se lanzó hacia mi pene como si fuera una máscara de oxígeno en un accidente aéreo. Mi pene estaba flácido, a duras penas acababa de llegar, pero eso no le impidió hacerme una mamada. Cuando me cansé por el calor, me levanté y me fui.

Me resultaba algo incómodo ir desnudo por los espacios del local, porque me tocaban el culo, me agarraban el pene, y hasta uno me metió un dedo, sin preguntar ni nada. Entré en una sala con DJ donde servían las consumiciones gratuitas. Era una habitación decorada con motivos egipcios llena de personas mayores. Me sentí como Tom Cruise explorando pirámides y encontrándose con momias. La sala tenía un gran diván en el centro donde había algunos hombres tumbados. El DJ era el único que llevaba algo de ropa, un arnés de cuero.

Me tomé la cerveza y me crucé miradas con un madurito bastante sexy. Nos empezamos a besar y rápidamente se empezaron a acumular personas a nuestro alrededor, que se restregaban en nosotros. Más de uno me cogía de la cara para unirse a nuestro beso, mientras yo educadamente —espero— les decía que no, y seguía con mi ligue. Aunque era incómodo notar tantas manos y personas que querían entrar en el juego, entiendo que si quería un polvo con intimidad ese no era el lugar, y era lícito que ellos intentasen participar. Y aunque la mayoría dejaban de insistir cuando les pedíamos que parasen, no eran pocos los que seguían revoloteando alrededor, intentando introducirse sin aceptar un no por respuesta.

Mi bolsita de condones y lubricantes

Le pregunté al hombre, que todavía no me había dicho su nombre, si follábamos. Llevaba una racha haciendo de pasivo, y me apetecía hacer de activo así que se lo dije. “Qué lástima, yo soy activo”. Miré a ese hombre de cabellos y pecho canoso y me di cuenta que me gustaba bastante así que preferí hacer de pasivo a no follar con él. Cogimos condones y lubricante de una cesta que estaba ahí y me tiró a cuatro patas sobre el colchón del centro de la sala. Mucha gente se puso a nuestro alrededor, mientras le tocaban los pezones, me tocaban el pene y metían la mano hacia mi culo para ver si estábamos follando o todo era pura escenificación.

Mientras estaba a cuatro patas, un hombre me puso los dedos en la boca de forma agresiva, como si fuera una mamada. Los aparté y me acercó su polla a la cara, la aparté como pude pero siguió, insistentemente, sin respetar mi no. Tras apartar dos o tres veces la cara, se fue. A medida que acabábamos de follar, vi como un amigo del daddy con el que estaba le chocó los cinco y le dijo “bien, te has follado al joven”. Flipé, me veían como un agujero, un objeto sexual. No dejaban de repetir estereotipos machistas y tóxicos más propios de la Manada.

La música mientras follamos me hizo soltar una pequeña risa. Nunca me habría imaginado que entraría en una orgía a ritmo de Mecano. Pero bueno, la música en estos clubes es un reportaje aparte: recuerdo una vez que me hicieron una mamada a ritmo de un dueto de Barbra Streisand con Judy Garland.

La zona de duchas de la sauna

Después de follar con él, le volví a mirar y me gustó bastante, tanto él como el polvo. Era así rollo George Clooney, pero en osito. Pensé que hasta podría convertirse en mi sugar daddy recurrente. Me dijo su nombre: se llamaba como mi padre. Algo dentro de mí me dijo que quizá debía ir al psicólogo al día siguiente a poner en orden algunos pensamientos.

Después de descansar, miré un reloj que coronaba la sauna. Todavía era pronto, así que volví a buscar más aventuras. Me pasé un buen rato en el cuarto oscuro viendo hombres en contrapicado. Vamos, de rodillas. Después, me fui otra vez a la sala del sugar daddy y me lo encontré chupándosela a otro joven —a mi parecer, mucho más sexy que yo— que estaba tumbado en el colchón mientras dos hombres a sus lados le besaban, tocaban y chupaban el torso.

Me fui desencantado a buscar por otros lados, me encontré a dos follando y me masturbé viéndoles, así rollo voyeur. Gemían mucho y me excitaba. Mientras los miro, más de uno me ponía su pene entre nalga y nalga. “No, gracias”. Algunos eran más pesados que un teleoperador de Jazztel. Cuando acabó la pareja, el activo vino a mí y me dijo que quería follar conmigo. Empezamos con preliminares y me la intentó meter sin condón. Le dije que no hago bareback (sexo a pelo) y me dijo: “qué pena, no se me levanta con condón”. Me fui.

Una de las pulseras

Él no fue el único: más de uno me intentó follar sin condón. Casualmente, un par de ellos tenían anillos en el dedo anular. Probablemente estaban casados con alguna mujer y seguían en el armario. De hecho, según marcan algunos estudios, muchas personas que siguen en el armario o reprimen su sexualidad tienen más tendencia de establecer relaciones sexuales de riesgo. Además, vi algunos otros roles pasivofóbicos y machiluros que se perpetúan. Como, por ejemplo, le toqué el culo a un par de tíos en una mamada y rápidamente me apartaron la mano, diciendo que son solo ‘activos’ o ‘machos’. Me dejaron flipando.

Me volví a encontrar al George Clooney, nos liamos un poco más y nos despedimos. Ya era pasada la una de la noche, y el local olía a sexo: una mezcla entre sudor, lubricante y jugos de hombre. Ya era tarde, así que me fui. Cuando llegué al vestuario, me encontré un trozo de mierda en mi rodilla. Recé para que fuera mía y me volví a las duchas. Tras limpiarme hasta que no quedaba rastro, me vestí y me piré.

Tras salir me sentí algo mal. Me di cuenta de que la forma en que muchos me trataron me hizo sentirme como un trozo de carne. A eso, se suma lo demonizada que está la sexualidad gay, que a la mínima que entramos en actos sexuales ‘no ortodoxos’ ya estamos cumpliendo el estereotipo del gay pervertido. Aun así, lo disfruté. Y seguramente repetiré. Eso sí, me llevé deberes: explicar la experiencia para normalizarla. A todos nos gusta el sexo, ¿por qué no vamos a compartirlo? Una orgía es fácil, rápida, morbosa y, si quieres, con todas las facilidades para que sea segura.