Tu opinión sobre mi tatuaje me importa una mierda

Me tatué 20 centímetros de una cruz sangrienta de la cual todo el mundo tenía mucho que opinar, pero a mí ya me da igual

Me acabo de tatuar una cruz sangrienta. Sí, tal cual. Veinte centímetros de chorretones de sangre enmarcados en el símbolo religioso más importante de occidente: la cruz donde murió Cristo. Y, además, en el brazo. Para que se vea bien.

Obviamente, esto ha despertado muchísimas opiniones en mi entorno. Parece que todos tienen algo que decir: “qué horror”, “qué blasfemo”, “estás mal de la cabeza”, “qué quinqui”. Lo más suave que he oído es “a mí no me gustan los tattoos, en general” o “joder, qué grande”, acompañado de una cara que, debo suponer, es la misma que pondrían si vieran un cadáver.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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La pregunta que todos se hacen tras el shock inicial es: por qué. Y, por supuesto, mi tatuaje tiene un significado muy profundo, de esos que sirven para definir aspectos cruciales de mi persona. Pero ni tengo ganas contarlo cada vez que me arremango ni tengo por qué hacerlo. No le debo explicaciones a nadie sobre qué hago con mi cuerpo. ¿Por qué ves con mejores ojos que me haga algo por su profundidad y no por el simple hecho de que me gusta? Repito: es mi cuerpo, y si quiero “mutilarlo” con una cruz roja porque estéticamente me parece bonita, ya está.

Tu opinión no es necesario verbalizarla

Parece que hoy en día todo el mundo tiene opiniones sobre los tatuajes de los demás. “No me gusta el estilo”, “está pasado de moda”, “es de básica”. Pues quizá la persona es ‘una básica’ y está súper contenta con lo que se acaba de hacer, ¿algo que objetar? A mí, lo que más me han dicho es “¿sabes que es para toda la vida?”. Una pregunta que me molesta, no solo por el desdén y el asco que muestra hacia algo que a mí me gusta, sino porque me están tratando de idiota. “¿En serio un tatuaje es para toda la vida? ¿Y nadie me ha avisado?”, es la respuesta default que he terminado por adoptar.

Lo peor, sin duda, es que estos juicios se emiten sin ningún tipo de consideración. Me recuerdas que es para toda la vida, dándome a entender que me arrepentiré, como si no me lo hubiera pensado demasiado. ¿De verdad crees que me tatuaría una cruz sangrando sin reflexionarlo bien? Tuve la idea en 2009, y esperé diez años en hacérmelo, para asegurarme de que no me arrepentiría cuando fuera más maduro.

Pero es que, además, me estás haciendo saber que algo que tendré en mi cuerpo para el resto de mi vida no te gusta. Porque tú sabes que no me lo podré borrar, y aun así decides hacer constar que te desagrada, que prefieres demostrar tu desprecio a apoyarme en mi felicidad. Y, en este caso, eres una persona que resta: porque mi cuerpo ya no podré cambiarlo y no hacía falta verbalizar tu desdén cuando alguien te enseña algo con ilusión. Mi cuerpo es mío, y no tuyo, no hace falta que te tomes como un deber demostrar lo mucho que te repugna mi tatuaje.

Tatuajes, ¿freno social?

No es mi primer tatuaje, pero sí de estas dimensiones. Cuando me hice el primero era un detallito de unos 5 centímetros en la parte interior del brazo. Mi madre me dijo que era asqueroso y que había mutilado mi cuerpo. Obviamente, he decidido no enseñarle el nuevo y, aprovechando que se viene el invierno, no tienen por qué vérmelo. Mi padre, aunque no me despreció activamente, me dijo que “era una mala decisión” porque “los tatuajes cierran puertas laborales”. Le solté que esa era una visión arcaica y reducida de los tatuajes: según un reportaje en la cadena pública británica BBC, la época del estigma laboral en que los tatuajes eran un impedimento, estaba desapareciendo por completo: “hasta los cuerpos policiales de Londres, que solían rechazar (a los candidatos) por tener tatuajes, han aflojado su normativa”, asegura.

“De 1999 a 2014, el número de personas que tenían tatuajes se duplicó, llegando hasta casi el 40% de tatuados entre los millennials. Y la cifra está en alza”, explica el diario americano Wall Street Journal. Según un estudio de la revista académica de sociología Human relations, “los tatuajes visibles ya no están relacionados con la posibilidad de encontrar empleo, el salario al cual puedes aspirar o la discriminación y exclusión de oportunidades”. Las evidencias indican que la percepción del tatuaje se ha normalizado.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Según añade en el artículo Andrew Timmings, un sociólogo australiano especializado en tatuajes, “en las últimas décadas las actitudes han cambiado, y ahora un tatuaje puede verse ser hasta un beneficio si trabajas con un público joven. Por supuesto, todavía no está del todo aceptado y para según qué puestos de responsabilidad, alimentación o cara al público se debe ir con cuidado con qué tatuarse y cuál es su visibilidad y tamaño”.

Por suerte, mi tatuaje está en el tríceps, así que con bajar una manga podré evitar estas discriminaciones que todavía perduran. Aun así, y pese a la normalización laboral, todavía toca comerse muchos comentarios totalmente innecesarios que demuestran que, por regla general, nos creemos que tenemos la potestad para dar opiniones agresivas y que pueden violentar a los demás. Creemos que nuestra opinión va por encima del derecho de los demás a sentirse bien. Porque empezamos por los tatuajes y la ropa, pero acabamos metiéndonos con el peso o el género de los demás. Si no te gusta mi aspecto, me parece perfecto. Pero cállate.