Mechones desteñidos, ganchitos y pantalones de campana: así viví ser chunga en los 90

Llevábamos en la cara dos mechones decolorados con agua oxigenada. El resto del pelo nos lo estirábamos en una coleta alta y lo sujetábamos con ganchos de colores. Algunas llevábamos incluso la nuca rapada, la chaqueta Bomber o la Alpha (que era como más de chunga), la sudadera corta hasta el ombligo, los pantalones de talle bajo acampanados y las zapatillas hinchadas con un calcetín bajo la lengüeta. Así era la moda de finales de los 90 y así vestíamos en Valencia aquellos a los que después se nos llamó chonis y canis pero que, por aquel entonces, era como tenías que vestir si querías ser alguien. Así íbamos al instituto, así pasábamos las tardes fumando en el parque o escuchando música 'maquineta' en las sesiones light de las discotecas. Esos templos del desfase que la Ruta del Bakalao y Chimo Bayo habían esculpido una década antes.

Mirando atrás, aquella época la vemos ahora como un agujero negro en nuestras vidas. ¿Qué coño hacíamos arrastrando los bajos de los pantalones por todos los charcos? ¿qué eran esos aires de matona de barrio de 'te voy a pegar con el casco de la moto'? y, peor aún, ¿cuántas neuronas perdimos para siempre por culpa de esa 'música' del infierno que escuchábamos?

Todavía recuerdo las colas delante del centro comercial Nuevo Centro esperando el autobús para ir a la discoteca Arabesco. Lo que hoy en día no son más que ruinas, esos años era nuestro lugar de flirteo de los sábados por la tarde, el Tinder de la época. Para ese día nos reservábamos los pantalones blancos y nuestro mejor tanga para que sobresaliera cuando nos agachábamos a atarnos los zancos. Esas plataformas Arts en las que nos asábamos los pies en todas las estaciones del año. También nos hacíamos la coleta todavía más alta de lo normal y nos llenábamos el lagrimal de raya negra y el párpado de raya blanca porque alguien nos mintió diciendo que nos favorecía.

Esta es de las pocas fotos en internet que reflejan con cierta fidelidad la moda de aquella época. Por lo demás, cuando pones 'choni Valencia' en el buscador, a Google le estalla la cabeza.

Una vez dentro, cuando ya habíamos pagado las 500 pesetas de la entrada, dejado nuestras micro mochilas Nike en el guardarropa y guardado el paquete de Fortuna en el calcetín, nos subíamos al podium a bailar haciendo aspavientos con los brazos y dando pequeños pasitos a ritmo de los hits del momento de grandes discotecas de Barcelona como Pont Aeri. También nos íbamos a hacer lo que hoy en día se llama la 'putivuelta' a ver si nos encontrábamos a alguien conocido del instituto de al lado o si teníamos suerte de que un tío se nos acercara y nos dijera: 'Mi amigo dice que si quieres rollo'.

Andy y Lucas también llevaban el pelo a lo cenicero como todos los chicos por aquel entonces.

Entonces, si al chico con pelo cenicero que nos señalaba no le faltaba ninguna extremidad ni tenía pinta de acabar de salir del centro de menores, decíamos que sí y procedíamos, sin mediar palabra (igualmente no habríamos escuchado nada con la música de fondo), a lengüetearnos con aquel desconocido en medio de la pista durante un rato. Luego, si la experiencia no había sido demasiado desagradable, podíamos preguntarle cómo se llamaba y de qué barrio era. Tal vez incluso teníamos algún conocido en común que se llamara 'el Chino', 'el Pitu' o 'el Rubio' (había uno en cada barrio, y también un 'Moreno'). Pero lo más seguro es que volviéramos al redil con nuestras amigas y decidiéramos cambiar de sala para evitar el incómodo momento de volver a cruzar las miradas.

Ahí es cuando nos desatábamos un poco más bailando éxitos de Los 40 como el Un dos tres, un pasito pa' lante María, de Ricky Martin, el I'm blue da ba dee da ba daa o Se la llevó el tiburón, el tiburón... Pero teníamos que tener cuidado con el espacio que ocupáramos al bailar porque, si tenías la mala suerte de pisar a alguna chunga o una gitana de un barrio con mala reputación como La Plata, Nazaret o Mislata, te llevabas la hostia asegurada, ya sea en la misma discoteca o en el párking, lo que le daba un rollito más chungo y poligonero todavía. Ahí lo único que te podía salvar es que se hubiera metido tantas pastillacas que no atinara demasiado a darte y que solo te arrancara algún mechón de tu coleta alta, pero lo mejor para salir entera era deshacerse en disculpas, bajar la cabeza y dejarla que se creyera la más malota del lugar.

La entrada de la discoteca Arabesco, que más tarde se llamó Queen y que ahora es un edificio abandonado al que se han comido las malas hierbas.

Otra cosa que era muy habitual en aquellas épocas era que, si te topabas con esa chunga y sus amigas en una calle poco transitada de tu barrio, tú y las tuyas os tuvierais que volver a casa en calcetines porque os habían robado las Nike Cortez, que estaban muy valoradas por aquel entonces. También os vaciaban las carteras de nylon y velcro en las que llevabais las otras 500 pesetas que os habían sobrado de la paga y con las que pretendíais ir al cine a ver algo como Matrix o American Pie.

Visto así, sí que parecía una época oscura pero, qué le vamos a hacer, es la moda que nos tocó vivir. En unos años llegaron los pantalones de pitillo, el talle subió, el tanga perdió su trono y pudimos volver a recuperar la braga del fondo del cajón. La coleta alta dejó sitio al flequillo de lado y, sin tanto ganchito, nuestras neuronas parece que empezaron a funcionar mejor y a algunos hasta nos permitieron ir a la universidad. Ahora, cuando volvemos a casa de los padres y abrimos el álbum del 99, de cuando todavía no sabíamos lo que significaba selfie y teníamos que revelar las fotos, nos entra un ataque de nostalgia viendo esa horrible nuca rapada. Ojalá nunca vuelva esa moda, pero qué felices éramos poniendo, sin saberlo, las primeras piedras del chonismo en la Valencia de finales de los 90.