Con la mascarilla han vuelto los piropos y los acosadores dan más asco

No, que lleves la cara tapada no significa que me gustes ni que puedas decirme lo que te da la gana

¿Estamos todos un poco raros o es cosa mía? Bueno, más que raros diría diferentes. El confinamiento nos ha cambiado a todos en mayor o menor grado. Seguro que tienes amigos que todavía siguen anclados en la fase 0, mientras que otros ya se han mudado a la fase del “desfase”. Cada uno lo hemos llevado, psicológicamente, esta situación como mejor hemos sabido, pero creo que hemos tenido algunos comportamientos que han sido comunes. A medida que íbamos avanzando de fase, percibía distintas sensaciones en los demás y en mí cada vez que salía a la calle. ¿No notas que todos nos miramos más? Puede que influya el hecho de que tenemos unas pintas rarísimas con la mascarilla o, simplemente, que llevamos tanto sin ver a otros humanos que nos resulta sorprendente retomarlo.

Sin embargo, yo creo que se debe a que hemos dejado en stand by esa vida estresada y llena de whatsapps de “llego en 5 minutos” cuando ni siquiera te habías limpiado los restos de pizza del pijama. Ahora, tenemos tiempo para fijarnos en lo que nos rodea porque, básicamente, ya no tenemos prisa ni llegamos tarde a ningún sitio. Algunos amigos me confesaron que notaban lo mismo, pero que les costó unos días acostumbrarse. Veían, pero no miraban porque percibían su entorno un poco borroso. Recuerdo los primeros días de paseo en los que veía a gente que caminaba sin un destino fijo y sin las manos llenas de bolsas por haber estado toda la tarde de tiendas. Tan solo era caminar por caminar y eso me relajaba

Otro de los cambios que he sentido ha sido el de los “piropos callejeros”. Últimamente, cada día que salgo, algún tío me suelta un comentario (sin que yo se lo hubiera pedido) sobre mi físico. Recientemente, La Prados subió una viñeta sobre el tema que me pareció brillante. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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La ilustradora añadió este comentario: “Literalmente llevo un 1% de cara al descubierto señor, por favor, ubíquese. Con toda la movida del Covid y la emoción de salir a la calle se me había olvidado que el acoso callejero seguía existiendo, qué cansancio, pa cuándo la vacuna?”. Me representa al 100%. Siempre salgo con mascarilla, gafas de sol y guantes, por lo que lo único visible de mi cuerpo es una pequeña porción de frente que mi flequillo deja visible porque se abre sin permiso. Siempre nos culpan por ir vestidas de cierta forma y que por eso no pueden aguantarse cualquier comentario sobre ti y tienen que gritártelo. ¿Cuál va a ser su excusa ahora? ¿Nos echarán la culpa por ir provocando demasiado con las mascarillas? El lavado de manos, los guantes y las mascarillas se han convertido en el fetichismo por excelencia de la “nueva normalidad”. Puede que tiren por ahí para echarnos la culpa de todo, como siempre.  

Otro detalle que me ha llamado la atención es toparme con mucha gente videollamando mientras paseaba. Me sorprendía bastante porque daba la sensación de que disponíamos de todo el tiempo del mundo para hablar con nuestros amigos y familiares y que el paseo era el momento de conexión con nosotros mismos y nuestra ciudad. Ya sé que puede que se tratase de personas que seguían currando y que, por eso, decidiesen dedicar ese tiempo para conectar con sus seres queridos. De todas formas, también puede ser que ya no se aguantasen más tiempo a ellos mismos o que, simplemente, no quisieran aceptar la nueva realidad en la que las calles han reducido su genuino ritmo.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Por último, ¿qué me decís de los encuentros casuales con conocidos? Son muy diferentes. Por una parte, creo que el confinamiento nos ha transformado en seres socialmente un poco más torpes. No sabemos si chocar los codos, restregarnos fuerte durante un abrazo, cruzar la acera para hablar o quedarnos en frente para mantener una distancia de seguridad. Por otra parte, tengo amigos para los que llevar media cara tapada es una ventaja para hacerse los locos y no tener que saludar. Otros, entre los que me incluyo, se paran a charlar y, de hecho, se quedan más tiempo del que estarían normalmente. El encierro ha avivado nuestras ganas de socializar para los que previamente no lo éramos mucho. 

Podría decirse que nuestra vida es diferente cada semana. Dicho así, puede parecer incluso emocionante. Ya se ha iniciado la cuenta atrás y va siendo hora de decir adiós a ese estilo de vida más relajado. Me agobia un poco retomar “el pasado”. Lo reconozco. Como decía el escritor Isaac Rosa: “No tienes el síndrome de la cabaña, es que no quieres volver a tu vida de mierda”. No podía estar más en lo cierto. Lo que antes era una mierda, sigue siéndolo y, claro, nadie quiere recuperar eso. Nos habíamos tragado el discurso de que todo esto marcaría un antes y un después y que nos haría mejores personas, cuando, en realidad, lo único que había ocurrido es que habíamos pulsado el botón de pausa de esa película titulada: “Mi vida de mierda”. 

CN