Soy de izquierdas y me equivoqué pensando que no podría tener una pareja de derechas

Yo lloré con el 15M. Me emocioné viendo la Puerta del Sol llenarse de tantísimas personas que no se pensaban ir hasta que no hubiera una renovación en la política. Formo parte de esa izquierda fragmentada y crítica que muchas veces se enfada y ni siquiera va a votar como protesta porque las cosas no funcionan como deberían. Para mí la política es importante y los valores también. Por lo que, como mucha gente, he acabado rodeándome de personas con ideas afines a las mías y me he protegido de las que piensan de forma diferente con una buena barrera de prejuicios y estereotipos.

Les consideraba una masa de gente cohesionada y pragmática que seguía votando al Partido Popular a pesar de los flagrantes casos de corrupción porque les prometían cierta estabilidad en el sistema financiero. Una derecha económica que en mi cabeza coincidía con una ideología conservadora, católica, machista, homófoba, xenófoba y taurina. Todo aquello que, en otra época, me hubiese hecho meter la mano (y cualquier otra extremidad) en el fuego de que JAMÁS sería capaz de compartir mi vida con alguien de derechas. Pero menos mal no lo hice y que solo es una forma de hablar, porque si no, ahora mismo estaría intentando curarme en la unidad de quemados de cualquier hospital.

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El elemento perturbador entró en mi vida con sigilo, en un rol dentro del ámbito laboral en el que podía (o tenía que) tolerar la diferencia de ideología. Así fue cómo tomé el primer contacto con el 'enemigo', empecé a conocerle, a comprenderle y a darme cuenta de lo ridícula que había sido la homogeneidad que, hasta el momento, yo le pretendía a todas las personas que se autodenominaban de derechas. De manera que, cuando con el tiempo acabé tropezando y cayendo en sus brazos, ya tenía bastante claro que esa no iba a ser la razón por la que no pudiéramos estar juntos.

Él era la encarnación de que la derecha económica no tenía por qué llevar asociada esa forma de pensar, en mi opinión, retrógrada e insolidaria. Tampoco tenía por qué identificarse con el capitalismo más exacerbado, con la ausencia del Estado y la supresión de los derechos sociales. Descubrí que una persona puede ser votante de derechas sin aspirar a que el mundo se rija exclusivamente por la ley de la jungla, que es como me gusta denominar a la ley de mercado de la oferta y la demanda. Aquella que prioriza los beneficios económicos por encima de los derechos humanos, que comercia con armas, que explota a niños, etc.

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Antes de que nuestra relación avanzara hasta un punto de no retorno, le sometí a un interrogatorio para ver sobre qué principios y valores se construía su identificación con la derecha y, para mi sorpresa, encontré más similitudes que diferencias. Descubrí que el conservadurismo social era inexistente: su mejor amigo era gay, ni siquiera estaba bautizado y tenía impreso en el ADN el reparto de tareas en casa. El único susto que tuve fue cuando me dijo que le gustaba ir a los toros con su tío y que solían comprarse el abono anual cada temporada. Pero, cuando vio que me ponía blanca mientras intentaba asimilar la información, soltó una carcajada y me devolvió el aliento reconociendo que en su vida había pisado una plaza de toros.

Su postura política se parecía más con la derecha europea de países como Francia o Alemania, en la que la moral no tiene absolutamente nada que ver, en la que el Estado está muy presente para asegurar los derechos de los más desfavorecidos. La educación y la sanidad están por defecto en los programas electorales de todos los partidos y sus diferencias son mucho más sutiles de las que tradicionalmente ha habido entre la derecha y la izquierda en España. De hecho incluso la propia división queda difuminada y anticuada siendo prácticamente imprescindible añadir la palabra centro a cada una de ellas y, como mucho, hablar de centro-derecha o centro-izquierda.

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Así que, no solo me hizo darme cuenta de lo pueril e intransigente que había sido hasta entonces, sino también replantearme mi propia postura política teniendo en cuenta que coincidía con muchas reivindicaciones no tan propias de las izquierdas, como el incentivo de la emprendeduría y la facilitación de la creación de empresas, la competitividad (regulada) como forma de estímulo económico o la meritocracia como forma de promoción profesional.

Finalmente llegué a la conclusión de que tal vez sería más práctico devolver a las palabras derecha e izquierda su sentido original, que era indicarnos el camino, y encontrar otras que definan una realidad política cambiante y mucho más compleja que estas dos burdas etiquetas. Tal vez podríamos incluso dejar de etiquetarnos, y así tendríamos que conocernos los unos a los otros antes de convivir con los prejuicios, como hice yo, hasta que la vida me dio un bofetón con esa misma mano que yo habría metido en el fuego de que nunca estaría con quien estoy.

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