Soy una inmigrante de mierda

Tengo la curiosa suerte de ser y no ser a la vez. No se me nota el acento, mis rasgos físicos no me delatan y, si quiero, puedo pasar desapercibida, confundirme con la masa y no decir de dónde vengo. Por lo menos al principio, los primeros días, las primeras semanas, y así puedo vivir en paz, alejada de los prejuicios, de las preguntas, de los estereotipos. Pero llega el momento de confesarlo, no hay más remedio porque, si no, ya estaría mintiendo.

Lo suelto y entonces observo en los ojos de mi interlocutor el mismo proceso de siempre. Veo como su cerebro está buscando todos los referentes que tiene de mi país de origen: “a ver, qué hay por aquí… prostitución… ese caso tan sonado de trata de blancas de aquel tipo tan siniestro, ¿cómo le llamaban? ah, Cabeza de Cerdorobos en chalés… ay, la chica que viene a limpiar a casa también es rumana… mendicidadcarteristas… 'Numa numa iei'… y creo que ya está”.

Pero entonces me mira y no le acabo de encajar en ninguna parte. Parezco una persona normal (faltaría más, con el esfuerzo que hago por camuflarme), no tengo pinta de hacer la calle en ningún polígono industrial ni de dedicarme a birlar carteras en el metro. Entonces empiezan las preguntas y los comentarios típicos: “Vaya, pues no se te nota; ¿y tus padres son de allí?; ¿y hablas rumano?; ¿y con qué edad viniste? ah, pero entonces eres más española que rumana, ¿no?”.

¡Pues yo qué sé lo que soy! Es lo que tiene estar a caballo entre la primera y segunda generación inmigrante. Que tu socialización y tu educación se han dado en una lengua pero en tu casa se habla otra. Te has educado con una mentalidad, y unas tradiciones diferentes a las de tu entorno. En la calle eres una persona y en casa otra. En el lugar de acogida no acabas de encajar del todo, pero todavía menos en el de origen.

Además llevas intrínseco el complejo de inferioridad del emigrante económico o político e intentas integrarte a toda velocidad, aunque sea a costa de renunciar a tu propia lengua y cultura. Esa es la gran diferencia con los que vienen de grandes potencias internacionales, tipo Estados Unidos, Inglaterra, Francia o Alemania. Ellos pueden pasarse aquí 20 años sin aprender el idioma porque no les da la gana, y ni se les ocurre borrar su acento o dejar de hablarles a sus hijos en su lengua.

La sociedad nos deja bien claro que ellos son expatriados y nosotros inmigrantes, que no valemos lo mismo, a ellos se les venera y a nosotros se nos tolera. Como tolerados, agachamos la cabeza y miramos a otro lado cuando vemos como otros de otros países, que ahora están mucho peor que nosotros, intentan llegar. Porque a veces haber sido repudiado no te hace más tolerante, al contrario, después de lo que te ha costado encontrar tu sitio, le pones la zancadilla al que viene después para no tener que repartir el pastel entre más hambrientos.

Así que nos escondemos. Cuando nos hacen alguna broma estúpida tipo “voy a guardar la cartera, no vaya a ser que me la robes”, incluso nos reímos, porque nos hemos acomodado al traje de 'inmigrante de mierda', nos hemos acostumbrado a que nos estereotipen, y ya casi ni nos duele.

Pero si a mí que soy mujer, blanca, europea, con estudios, con oportunidades, me ha costado aprender a convivir con el sutil drama de no acabar de pertenecer a ninguna parte, me desgarra el mero hecho de pensar como sería llevar la diferencia en la cara, en la piel o en el habla. O cómo sería huir a nado con mis niños de una guerra y que me reciban con una tienda de campaña en el lodo al lado de una barrera. Me estremezco unos segundos y luego sigo con mi vida, como tú, como todos. Porque al fin y al cabo solo son inmigrantes de mierda.