Por qué eres incapaz de salir de casa de tus padres y cómo conseguirlo

La media de edad de emancipación en España es a los 29 años, una de las más altas de Europa

Huele a guiso recién servido. La nariz detecta perfectamente los olores que las madres aprendieron a crear por herencia de las abuelas. Una virtud que es posible que los hijos no sepan reproducir en los primeros años de independencia. La comodidad de vivir con los padres es embaucadora: hay buena comida que no hay que reponer, no hace falta limpiar la casa y no hay que pagar facturas ni alquileres, es decir, todas las obligaciones que se tienen al abandonar el hogar, no existen. Según el último análisis —realizado en mayo del 2018— de la Oficina Europea de Estadística (Eurostat) los jóvenes españoles se independizan cuando rondan los 30 años, concretamente con 29,3 años, tres más que la media europea que es a los 26. De 31 países analizados, España ocupa el puesto número 24.

Tengo alas y no puedo volar

Las razones de la tardanza en la emancipación son, principalmente, dos: la economía y la cultura. Luis García Tojar, profesor de Sociología y Comunicación política en la Universidad Complutense de Madrid, explica que “la tasa alta de desempleo entre los jóvenes y el precio de la vivienda, en compra o en alquiler, hace que para mucha gente la emancipación sea sencillamente imposible” y puntualiza: “Por otro lado, en España sobrevive un patrón cultural de permanencia en el hogar familiar mucho más laxo que en otros países”. Pero ¿y esta última razón a qué se debe?

Se trata de una herencia cultural que aún no ha desaparecido. “Ese patrón tiene una historia muy política, pues la apuesta por las hipotecas baratas en detrimento del alquiler fue una decisión tomada durante los años del desarrollismo franquista con la idea de que los trabajadores hipotecados serían más ‘dóciles’ que los alquilados. Y funcionó, creando una cultura de descrédito del alquiler que llega hasta nuestros días en forma de tópicos que seguimos repitiendo. Si alquilar es tirar el dinero, mejor que los hijos sigan en casa hasta que puedan comprar su vivienda”, explica el experto.

Vivir fuera del hogar de los padres es uno de los objetivos que integran el proceso de transición hacia la vida adulta. Y esto, como relata García Tojar, puede ser uno de los puntos más complicados a la hora de emanciparse. Prueba de ello es que el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España (CJE) apuntó que “en el segundo trimestre del 2017, tan solo el 19,4% de las personas de 16 a 29 años en España lo ha conseguido”. Quienes consiguen independizarse y mantenerse económicamente representan una minoría que está apoyada, en parte, por un modelo familiar que no está atado a pensamientos heredados y que fomenta la formación de un criterio propio y autosuficiente.

Además, gran parte de los contratos de trabajo que se hacen a jóvenes son a tiempo parcial, estos tienen como resultado bajos salarios, lo que hace que sea más complicado mantenerse de forma independiente y, por tanto, abandonar el nido. Es más, en el extraño caso de que algún joven se plantee costearse la compra de una vivienda (sin sumar los gastos aparte) necesitaría, según la CJE, “un 60,8% de su salario”. Las noticias no mejoran si hablamos de alquileres: “Para alquilar, este tanto por ciento subiría hasta el 85,4%”. Así que el panorama no es esperanzador: bajos salarios por contratos a tiempo parcial y con una temporalidad definida que no permiten el autoabastecimiento. Esta realidad es más que cierta pero no debería ser excusa y mucho menos motor del miedo a arriesgarse a salir del hogar familiar. Si esto sucede el riesgo real está en acomodarse, en acostumbrarse a esa zona de confort de la buena comida y la cama hecha. 

Tengo alas y no me dejan volar

Los lazos familiares y el lugar donde te has criado son fuertes. Son un montón de años rodeado de ‘los tuyos’, compartiendo momentos que no se podrían haber dado en otros contextos. El vínculo con las amistades de toda la vida y, sobre todo, la unión familiar parece que podría romperse en el caso de alejarse. Ese miedo no está mal fundado: “Los padres ya tienen una serie de expectativas de los hijos incluso antes de que nazcan. Esperan que sean un cierto tipo de persona, que se comporten de una cierta manera y que le gusten ciertas cosas”, explica Ángel Alegre, creador de la web Vivir al máximo, donde da algunas pautas para crear un camino propio aprendiendo a comunicar las decisiones.

La falta de comunicación establecida en las familias complica la situación de emanciparse y fomenta que los hijos alarguen el encuentro pues son ellos los que tendrían que dar pie a un diálogo que —dado que nunca lo han recibido— desconocen cómo enfrentarlo. Dilatar la emancipación puede tener como consecuencia una extensión de la adolescencia o la infancia y, por tanto, que el hecho de asumir responsabilidades sea complicado después de tanto tiempo en el que los padres se han hecho cargo de ellas.

Es en este punto donde podríamos nombrar el llamado Síndrome de Peter Pan que se caracteriza por la inmadurez en aspectos psicológicos y sociales y podría tener su origen no solo en esta sociedad posmoderna, sino también en una infancia o adolescencia excesivamente feliz. Dado que esa vivencia del pasado ha sido agradable —sin preocupaciones y plagada de momentos de ocio— el adulto no puede ni desea crecer. La desaparición de este síndrome puede no resultar si los padres continúan haciéndose cargo de las obligaciones y tratando al hijo como alguien a quien deben ayudar constantemente por su incapacidad de resolver y decidir sobre sus propios asuntos.

Todo esto se ve reforzado por la falta de política públicas. “Hay que implementar ayudas al alquiler para parejas jóvenes y más pisos de precio tasado para jóvenes. Pero, sobre todo, una banca pública que conceda hipotecas en condiciones dignas”, afirma García Tojar. Prueba de ello es que en los países donde hay una emancipación más temprana (Suecia, Finlandia o Dinamarca, entre otros) el Estado está ayudando con becas y prestaciones de todo tipo.

Si no tienes que gastar lo que ganas en alquileres, puedes invertirlo en otros tipos de consumo: salir de fiesta cada fin de semana, comprar caprichos (véase ropa, complementos, videojuegos u otros elementos electrónicos/tecnológicos) y, en definitiva, seguir alimentando el círculo infinito con el que llevamos conviviendo muchísimos años, el capitalismo. De manera que podemos deducir que hay una parte del sector económico al que ya le va bien que estés en casa de tus padres. Sin embargo, ¿estás dispuesto a renunciar a tu incorporación a la vida de adulto, a tu independencia y a tu libertad? Tal vez ese precio sea todavía más alto que el de los alquileres.