Los esclavos domésticos que te limpian la casa por el placer de servirte

Se ofrecen a través de páginas como Pasión y te limpiarán la casa si les prometes humillarlos y someterlos

“Esclavo casado maduro doméstico con experiencia, muy obediente y servicial. Busco amo exigente hasta 45 años, con piso para limpiárselo desnudo, y hacer las tareas domésticas, mientras él descansa o le sirvo a él y a sus amigos”. Así se ofrece Andrés, un hombre de Madrid de 59 años que se identifica como esclavo doméstico. Es solo uno de la veintena de perfiles que se publicitan en Internet y que he encontrado en menos de cinco minutos de búsqueda. Le envío un mensaje, haciéndome pasar por amo, para establecer un contacto y poderle hacer preguntas. Me describo y le digo que me contacte si le interesa. Una hora más tarde, recibo un mensaje suyo hablándome de usted, llamándome amo, y describiéndose a él y a sus gustos.

“Busco un amo con imaginación, el sexo es lo de menos, solo si el amo quiere. Puede entregarme a otros, que me humillen él y sus amigos. No tengo cuerpo de gym, no soy cachas, tengo pollita pequeña, pero eso sí, adoro la imaginación y los juguetes, las máscaras de gas, los collares de lycra. Soy, además, culto, bien socialmente, profesional liberal, y lo único es que estoy casado, pero con bastante libertad. Espero su respuesta, a sus pies, amo”, es el primer mensaje que recibo de Andrés.

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Observando el resto de esclavos que se anuncian, todos tienen algo en común con Andrés: el sexo no es lo importante. Lo hacen por el morbo del juego de rol y no creen que el contacto físico y sexual sea prioritario. “Para los esclavos, lo que es erótico es interpretar el papel, salirse de la propia identidad y centrarse en ser otra persona durante un rato. El placer no está en la eyaculación”, explica Ignasi Puig Rodas, psicólogo clínico y sexólogo.

Humillar es más placentero que follar

“Necesito servir como esclavo doméstico sin derechos. Ser humillado y explotado a cambio de nada. Limpiar, fregar, cocinar, planchar... ser un objeto al servicio de un Amo. No espero nada del Amo, solo agradecer que me permita servirle”, es el mensaje con el que se oferta Luis, un esclavo de 47 años de Madrid. Contacto con él para entrevistarlo y que me cuente su experiencia como esclavo doméstico. “Me pone la idea de servir a mi amo al llegar del trabajo; que se relaje mientras yo me ocupo de todo, recogerle la ropa, bañarle, servirle una copa, limpiar su casa mientras ve la tele o descansa... Si me humillan y me permiten servir estaré más excitado que teniendo sexo. Prefiero limpiarte los platos antes que mamarte”.

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Luis añade que todo lo hace por morbo, y que la idea de ser esclavo le excita y no va reñida a buscar sexo. "La propia excitación me vale, y además tras eyacular normalmente me deja de apetecer ser esclavo". Para los esclavos domésticos, por lo tanto, imitar el rol de un empleado interno abusado sexualmente que obedezca a rajatabla es potencialmente erógeno. Es un juego incluido dentro de las prácticas sexuales de la dominación y la sumisión, concretamente en la de la relación amo-esclavo. Como explica Ignasi, “el sumiso es un esclavo, es decir, pasa a ser propiedad de la persona que hace de amo”. El sumiso, por lo tanto, cede su voluntad a otro, que puede usarlo a su antojo.

Así pues, intento encontrar los límites de Andrés. "¿Qué te parece si vienes a mi casa y me cortas las uñas del pie?”, “sí, mi amo”, responde sin rechistar. “Luego me pongo a ver la tele mientras tú limpias desnudo y te ignoro”, añado. A los pocos segundos, me llega un mensaje suyo visiblemente excitado diciéndome que le ponen mucho los "chulazos jóvenes en zapas y vaqueros" que le humillan mientras descansan o le exhiben entre sus amigos.

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Pese a lo extremo de estas prácticas sexuales, saben que es juego y que no es real. Como me cuenta Luis, se tiene que tener muy claro dónde acaban los roles eróticos y empieza la realidad. "Sexualmente hablando creo que hay seres superiores que han de ser servidos y seres inferiores que deben servir. Pero en la vida real, no creo esto en absoluto y cualquier profesión es digna y respetable. No es lo mismo un sirviente profesional con sus derechos y dignidad que un esclavo vocacional. Yo elijo ser esclavo y elijo cómo me gusta vivir mi sexualidad. Fuera de este ámbito consensuado entre dos personas no soy menos que nadie (ni más que nadie)". aclara.

No hay un perfil concreto de esclavo

Aunque con todos los que he tenido contacto son esclavos homosexuales, los hay de todo tipo. De hecho, según los estudios de Hébert y Weaver, que recoge el portal psy.co, no hay un perfil concreto de las personas que se ofrecen como esclavo, ni sexual ni psicológico. Así, en páginas como Pasión.com se pueden encontrar hombres buscando tanto amas como amos. Lo que es más difícil, eso sí, es encontrar una mujer que se ofrezca como sumisa. La descripción entre un esclavo heterosexual y homosexual no se diferencia demasiado.

Un sumiso treintañero de Valladolid que busca ama se define así: “chico sumiso con experiencia limpiando casas, se ofrece a piso relax para realizar las tareas domésticas. Servicio gratuito, y puedo gratificar económicamente a la ama con 250 euros. Se me puede humillar y dominar durante la limpieza de la casa”. Eso sí, en este caso no solo limpia gratis sino que lo hace pagando, todo por el placer erótico de la servidumbre.

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Ignasi, el sexólogo, afirma que el placer que pueden encontrar en el fetiche del esclavo doméstico es muy variado ya que “cada persona encuentra un placer distinto”. Por ejemplo, algunos amos son personas con una personalidad muy vibrante y que atraen a otros que quieren servirle durante un rato como juego de rol. Otro ejemplo es el de aquellos que lo hacen para quitarse de encima las responsabilidades convirtiéndose en otra persona. “Todas las decisiones las toma la persona dominante […]. Tener un momento que te puedes olvidar de todo y obedecer puede ser muy liberador”, concluye el experto. Luis cumple este rol. "En mi vida diaria, fuera del morbo no soy en absoluto sumiso, más bien al contrario". Haciendo de esclavo siente que da las riendas de su vida durante un tiempo a otra persona. Reduce la tensión constante de tener responsabilidades.

Así pues, interpretando el rol de esclavo te alejas de quien eres en tu día a día. Te dejas mandar por una persona que te aísla de todo lo que te envuelve y te mantiene mentalmente en el aquí y el ahora, te desplaza los problemas y preocupaciones a otro plano. “Ser el esclavo doméstico de alguien es una forma de ser otra persona. Ya sea comprándole el pan o sirviéndole la mesa, te conviertes en otro”, concluye el psicólogo. En definitiva, meterse en la piel de un esclavo sin responsabilidades es un antídoto —algo extremo— para sacarte a latigazos la toxicidad de la vida cotidiana.