Y si te dijera que hay una ‘fórmula mágica’ para dejar de sufrir

El escritor y conferenciante Borja Vilaseca explica que la realidad es neutra y lo que nos hace sufrir es lo que pensamos sobre la realidad y las emociones que esos pensamientos nos provocan

Cierra los ojos e imagínate que alguien te agarra de un brazo, te lo arranca de cuajo y, mientras te lo devuelve, te dice: ‘toma, ahora intenta seguir viviendo’. Aquí tienes dos opciones, o te adaptas a tu nueva situación y aprendes a enrollar los espaguetis sin cuchara, o empiezas a lamentarte: ‘por qué a mí, esto no es justo, qué he hecho para merecer esto...’.

La primera opción se llama aceptación, la segunda, sufrimiento, y sí, la ‘fórmula mágica’ es que puedes elegir. Ahora podemos cambiar el macabro arrancamiento de brazo por una pareja que nos deja, un despido en el trabajo o un suspenso en una oposición. O incluso cosas mucho más pequeñas, como que el coche de delante nos pegue un frenazo, que la jefa nos dé una contestación que no nos gusta o que en el estanco no nos dejen pagar con tarjeta.

Nos creemos que somos lo que pensamos

Pequeños y grandes ‘contratiempos’ de la vida que en sí mismos son neutros, pero con los que nos perturbamos porque les empezamos a dar vueltas y vueltas en la cabeza. "Toda esa marea de pensamientos nos generan una emoción que se expande y se adueña de nosotros. Hasta que al final creemos que nosotros mismos somos esos pensamientos y emociones", explica el experto en autoconocimiento a través del Eneagrama, Borja Vilaseca.

 

Todo el sufrimiento está en la mente. Libéralo!

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Por ejemplo, Vilaseca cuenta que si mientras conduzco se me cruza el coche de delante, yo pienso que ‘maldito hijo de puta, mira lo que ha hecho para joderme’, me encabrono, le pito como si no hubiera mañana, llego al trabajo con ganas de matar a alguien, se lo cuento a todos mis compañeros y por la noche, cuando llego a casa, también se lo cuento a mi pareja. "Todo esto sin darme cuenta de que no estoy solucionando nada, que el otro coche hace tiempo que siguió su ruta y que lo único que consigo es envenenar mi estado de ánimo", explica Vilaseca, que también es el director del Máster en Desarrollo Personal y Liderazgo.

Pero esta actitud también la trasladamos a situaciones de más importantes. Mientras estás cabreado porque te han despedido del trabajo, echándole la culpa a ese jefe que crees que te tiene manía y diciéndole a todo el que te escuche lo injusto que ha sido el despido, estás perdiendo soberanamente el tiempo. Lo primero que tendrías que hacer es aceptarlo: ‘ok, me han despedido’, y entonces podrás actuar. Si consideras que no ha sido pertinente puedes reclamar, o puedes ponerte a buscar otra cosa, o incluso tomarlo como una oportunidad para reorientarte y cambiar a otro ámbito que te motive más.

Aceptar no es resignarse

"La llave para salir del sufrimiento es la aceptación, pero aceptar no significa resignarse ni poner la otra mejilla", cuenta el experto y añade que "es una cuestión de gestión emocional y para ello debes tomar conciencia de que por un lado estás tú, por otro tus pensamientos y por otro tus emociones". Y también que no estás obligado a saltar en todos los charcos emocionales que veas a tu paso. De esta manera te podrás mantener más sereno y gestionar la situación de la mejor manera para todo el mundo sin actuar desde el arrebato.

Esto tampoco significa que debamos reprimir nuestras emociones. Más bien todo lo contrario. Si me ha dejado mi pareja y estoy triste, debería sentarme y permitirme experimentar esa tristeza. Ser capaz de llorar y de patalear hasta que la emoción se agote dentro de mí. Entonces, desde la tranquilidad, podré comenzar a adaptarme a mi nueva situación y decidir con qué color quiero escribir esta nueva página de mi vida.

Nacemos siendo egoístas

El problema que tenemos las personas es que cuando nacemos somos muy egoístas. Es un mecanismo que nos da la naturaleza para que podamos sobrevivir. De manera que "los niños, cuando sucede algo a su alrededor que no les favorece, como que no se les da un juguete o no se les compra un helado, se enfadan y se frustran porque no son capaces de ver más allá. No tienen empatía y no pueden entender que ese juguete sea de otro niño o que el padre considera que ese helado le va a hacer daño", relata Vilaseca, autor del libro Encantado de conocerme.

Pero bueno, es comprensible, son niños. Lo que pasa es que muchos llegamos a la edad adulta y seguimos funcionando con la misma dinámica. Así que, siguiendo con el ejemplo de la ruptura, no nos importa que nuestra pareja haya considerado que lo mejor para su felicidad sea continuar su vida por otro lado. Nos importa nuestro propio bienestar, así que le escribimos borrachos a las 4 de la mañana rogándole que vuelva por puro egoísmo.

Una oportunidad para crecer

Tal vez la próxima vez que suceda algo que (crees que) no te beneficia, podrías pararte y pensar en las razones que puede tener la otra persona. También podrías observar cómo tu cabeza se sube a un tren de pensamientos, que desembocan en un tobogán de emociones del que te puedes bajar en cualquier momento y apagar el interruptor del sufrimiento.

Así, aunque sientas que la vida te ha arrancado (literal o figuradamente) un brazo y experimentes el dolor físico o emocional, al menos debes que no tienes por qué aderezarlo con sufrimiento. Cuando la vida te pone delante un escalón, puedes enfadarte y considerarlo injusto o subirte a él para crecer como persona y abrir los brazos esperando al siguiente.