Nadie debería obligarte a querer a tu familia aunque sea Navidad

En Navidades llega la época de recogimiento familiar, una de las más felices del año. Pero no para todos. El amor familiar no es incondicional y estas fechas lo sacan al descubierto

“No voy a pasar las Navidades con mi familia. He tenido una discusión horrible con mi madre y no quiere pedirme perdón. Siempre tengo que fingir que no ha pasado nada porque se niega a disculparse. He perdonado que me pegue, que me amenace con un cuchillo, que me tire la ropa por la ventana, que me eche de casa en medio de la noche. Pero esta vez casi hace que me echen del trabajo tras insultar a mis compañeras de forma racista, y ahora quiere hacer que la perdone sin ni tan siquiera disculparse”, explica Daniel, el nombre falso que este joven de 25 años de Barcelona ha dado para preservar su intimidad. Siente que, tras años de discusiones, peleas y conductas hostiles de sus progenitores, toca distanciarse del núcleo familiar. No es el único.

“Llevo años yendo a terapia para estar más a gusto conmigo misma y, tras mucho tiempo, he entendido que estoy mal porque mi madre no me quiere”, explica Sandra, otra catalana de 30 años que vive en el extranjero y que este año no volverá por Navidades, se quedará cenando con la familia de su marido. “Mi madre nunca me pagó los estudios… a mi hermana sí. Una vez me dieron un premio de 500 euros por un relato, y cuando hablé de ello en una comida familiar dijo: ‘pero basta de hablar de cosas sin importancia, felicitemos todos a Carla (mi hermana) porque consiguió pasar la primera ronda de entrevistas en el McDonald’s, aunque no la cogieron luego’. Constantemente ha hecho que me sienta invisible y que me desprecie a mí misma. Vivo con el síndrome del impostor por su culpa”. Abrimos la caja de Pandora.

“Hay una idea muy extendida que el amor de los padres a sus hijos es incondicional. Y no es así. De hecho, lo que es incondicional, y por puro instinto de supervivencia biológico, es el amor de los hijos a sus padres”, explica Verónica Portillo, psicóloga y psicoterapeuta. Al fin y al cabo, lo vemos cuando hay padres que repudian a sus hijos por su orientación sexual, decisiones laborales u otras opciones vitales. Y, sin embargo, este mito se resiste a morir.

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Navidades sin familia

“Es muy duro llegar a las primeras navidades que celebras sin tu familia, porque es justo entonces cuando te das cuenta de que el vínculo ya se ha roto”, confiesa Daniel. Natalia Piñas, psicóloga clínica en Instituto Madrid de Psicología, coincide. Asegura que la Navidad es una época de extremos, muy feliz para unos, muy triste para otros. “Celebrar las fiestas, organizar comidas en familia, comprar regalos, etc. suelen ser las acciones que más nos llenan de felicidad durante la Navidad. ¿Pero qué pasa si no se alcanza ese ideal de compartir en familia?... Pueden surgir síntomas depresivos o sentimientos de tristeza, sensación de vacío, desesperanza, pérdida de interés o placer por actividades que antes nos gustaban, alteraciones del sueño o del apetito, cansancio o falta de energía, entre otros”.

Es por eso que es bastante común que muchas personas opten por perdonar incondicionalmente. De hecho, es lo que se promueve socialmente: “es difícil decir a los demás que no quieres estar con tus padres y que, además, sientes que no los quieres. En general la idea que se da por sentado es que debes estar bien con tu familia y quererlos siempre”, añade Sandra. Pero ambas psicólogas coinciden en lo contrario: “las relaciones familiares no son de obligatoriedad, se pueden cuestionar. Se deben establecer ciertos límites sabiendo lo que se está dispuesto a aceptar y lo que no. No todo vale y hay ciertos límites que no se puede cruzar. Hay que desmitificar la idea sobre la incondicionalidad de la familia”, dice Natalia.

El amor hacia la familia no es incondicional

La línea que no se está dispuesto a aceptar es diferente en cada caso. “Hay una cita de Leon Tolstoi que me gustaría compartir que dice que todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, añade la psicóloga. Para Daniel, fue por el último berrinche de su madre en su empleo. Para Sandra, cuando su madre decidió que no quería gastarse “tanto dinero” en ir a Liverpool a ver a su nieta recién nacida, pero sin embargo no dudó en gastarse la misma cantidad de dinero en pagarle un vuelo a su hermana y a su novio para su cumpleaños para irse a Nueva York. “Ahí entendí que no es que mi hermana sea favorita, es que no quiere mantener una relación madre e hija, y yo no voy a insistir más. Ha costado, pero es lo mejor”, afirma.

Estas relaciones rotas no solo se dan entre padres e hijos. Existen entre cualquier vínculo de parentesco. Es el caso de Alba, barcelonesa de 30 años, hacia su abuelo: “yo no puedo querer a mi abuelo. Ahora tiene Alzhéimer y parece que estoy obligada a sentir ternura por él, pero no. Era un machista que impidió a mi madre estudiar, la obligó a trabajar en casa y ahora ella está muy frustrada porque no ha conseguido ningún objetivo vital. No puedo evitar sentir odio hacia esa persona”.

Reconciliar un vínculo roto

A pesar de que está bien no querer a tu familia y nadie te debería obligar a hacerlo, en el fondo siempre es mejor tener una buena relación, por pura salud mental, porque mantener rencores y resquemores nunca es lo más deseable. No siempre se puede, por supuesto, y más aun si hay casos de maltrato, de desidia o abandono. Pero si la ruptura es por una pelea, hay formas de arreglarlo.

La psicóloga da cuatro consejos frente a un enfado familiar: “Primero, asumir lo que sientes, hay que tratar de aceptar la realidad para identificar qué es lo que te ha llevado a no querer a tu familia. Segundo, establecer expectativas realistas, tus familiares no son perfectos y pueden cometer errores, son humanos. Hay que intentar ponerse en el lugar del otro, empatizar. Tercero, lo que haya ocurrido en el pasado no es determinante del presente, las causas de tu rencor y resentimiento quedaron atrás. La historia forma parte del pasado. Y cuarto, identificar la causa del distanciamiento familiar (intentar comprender qué ha ocurrido para llegar a esta situación)”.

Al final, “el conflicto forma parte inevitable de la convivencia, e imaginar una familia en la que no existan conflictos no es posible ni deseable, puesto que bien gestionado, el conflicto nos permite crecer y desarrollar nuevas y mejores maneras de relacionarnos”, añade Natalia. Ante cualquier pelea, si quieres solucionar los problemas, es importante decir lo antes posible un “lo siento”, o “discúlpame” a pesar de que pensemos que también el familiar tiene muchos motivos para decirme lo mismo a mí. Según la psicóloga, el amor incondicional del que tanto hablamos cuando pensamos en familia implica preocuparse por la felicidad de otra persona, independientemente de preocuparte por cómo te beneficia o de los orgullos y rencores que hay de por medio.