Mamá, papá, crecer sabiendo que soy el hermano menos favorito fue muy duro

Un 85% de personas con hermanos cree que los padres tienen uno preferido. Los padres coinciden: siempre hay uno que te gusta más que el resto, aunque eso demuestra problemas personales no resueltos

Ojalá solo hubiéramos tenido un hijo”, me dijo mi padre cuando era adolescente. Me puse a llorar, y él se sintió culpable, se disculpó, y podría haberlo achacado al calentón del momento, pero ambos sabíamos que, en el fondo, era cierto. Mi hermana siempre había sido la favorita, y yo no. A veces sentía que sobraba en la familia, aunque no fuera verdad.

Tengo una lista con experiencias similares. En mi familia éramos muy de mountain bike y habíamos tenido muchos accidentes, obviamente. Una vez mi hermana se cayó, se hizo daño en un dedo y volvimos a casa. Otra vez, yo me caí, me hice daño en la rodilla y seguimos la ruta. “Va, aguanta”, me decían. Mi bici se había roto y yo lo notaba, no funcionaba bien, tenía que hacer mucho esfuerzo para arrancar y no podía seguir su ritmo. “Venga, venga, ¡siempre te estás quejando!”, me gritaron. Cuando llegamos al destino, les obligué a probar mi bici y me dieron la razón: se habían roto las marchas y yo estaba yendo con la marcha de bajada durante una cuesta. No se disculparon, solo me dieron la razón.

Además, mientras que con mi hermana hacían muchas cosas, conmigo intentaban hacer lo mínimo. Recuerdo cuando la llevaron a Disney y a mí me dejaron con mis abuelos porque “salía muy caro llevarnos a todos”, pero luego cuando yo fui a Disney con ellos se la trajeron “porque ¿cómo vamos a dejarla en casa mientras nosotros vamos de viaje?”. Así, mil veces. A ella se la llevaban al skating, a los bolos, al cine… yo me quedaba con mis abuelos, con la excusa de que ella sacaba mejores notas. A mí me llevaban a sitios a cuentagotas y siempre tenía que estar ella presente.

Otro recuerdo clavado en mi mente como una espiga: el Carnaval. Mis padres solo me disfrazaban si yo se lo pedía y les decía de qué quería ir. En cambio, a mi hermana se pasaban un mes preparándoselo, enseñándole muchos posibles trajes. Una vez, fue el colmo, yo quería ir de superhéroe, pero mi hermana quería ir de princesa. Mis padres encontraron una solución. ¿Cuál? Disfrazar a mi hermana de Esmeralda y a mí de Quasimodo. "¡El héroe y la princesa Disney de El Jorobado de Notre Dame!", me dijeron. Hoy en día nos lo tomamos en coña, pero mis padres siguen defendiendo que fue una buena decisión. 

La explicación podría ser que mi hermana era la perfecta y yo el problemático. Habíamos ido al mismo colegio y siempre que me tocaban sus profesores decían “ay, a ver si eres como tu hermana”. Spoiler: no lo era. Al final acababan decepcionados y llamando a mis padres, tras mi enésima falta por comportamiento, que compartían su decepción. Ella, la de los excelentes. Yo, el de las infracciones.

Sé que siempre me quisieron (me dieron de todo, no me privaron los estudios y siempre pude escoger hacia dónde enfocar mi vida. Incluso cuando salí del armario fueron muy, muy comprensivos y cariñosos), pero también sabía que preferían a mi hermana. No soy el único que se siente así: un estudio reciente, citado por The Guardian, determinó que el 85% de las personas creen que hay un favorito entre los hermanos.

El mismo estudio entrevistó a padres, que reconocieron que sí, que uno de sus hijos era su favorito. “No es que no los quieran. El favoritismo tiene más que ver con gustar que con querer. Hay uno que gusta más que el otro, porque la personalidad de uno de los hijos siempre tiene más resonancia en la de los padres”, explica el artículo.

La psicóloga Helen Dent, entrevistada por The Guardian, ha trabajado con hijos “no favoritos”. Explica que es culpa de los padres, que tienen problemas emocionales no resueltos porque deberían ocultar sentimientos de preferencia. Más que nada que si sus hijos lo descubren se ven profundamente afectados en el futuro: “estos niños interiorizan que, aunque no sea cierto, son menos queridos. Al final se quedan sin autoestima y crecen en el resentimiento, creyendo que siempre preferirán a otros frente a ellos, en el terreno del amor, el trabajo y las amistades.

En mi caso, las cosas han cambiado con los años. Yo me reformé, lo hablamos bien y ahora siento que realmente no hay favoritismos. Me valoran como adulto responsable y trabajador, y se desviven por mí. Mucho más que antes. De hecho, a veces se me hace raro que me hagan tantos favores y me ayuden tanto, no me acabo de acostumbrar a tenerlos tan presentes en mi vida y verlos con tantas ganas de participar en mi día a día. Poco a poco estamos normalizando nuestra relación, y tengo muchas ganas de explorar este nuevo camino juntos. Pero la mayoría de historias no acaban así de bien.

The Guardian entrevista a Sarah, que tiene tres hermanos, y que ha puesto un ultimátum a su madre. “Se ha escaqueado de quedar con mis hijos, sus nietos, muchas veces. Ahora mi hermana está embarazada y siempre está a su lado. Si veo que trata a mis hijos con el mismo pasotismo y desprecio con los que me trató a mí, ignorándome constantemente, romperé nuestra relación. No quiero que mis hijos hereden el sentimiento de abandono que ella me ha generado”.