Cuidar plantas en casa me ha salvado del estrés y de la contaminación

Tengo nuevos compromisos, responsabilidades y seres vivos que dependen de mí. Aprender a cuidar de un pequeño jardín me está ayudando a cuidar mi salud física y mental

Vivo en Barcelona, en la zona de Glòries: una plaza gigante que lleva años en obras para soterrar los carriles de una de las avenidas con más coches de la ciudad, que la conecta de lado a lado. Ahora, por fin, han estrenado una parcela de verde en medio de este desierto de cemento, pero está cerrada al público mientras la vegetación echa raíces, así que el único contacto que tengo con la naturaleza es a distancia. Los vecinos esperamos ansiosos que el proyecto, que tiene una pintaza, acabe convirtiendo nuestro barrio en el oasis que esperamos. Pero por ahora, nada.

Además, mi piso es un piso típico de interior de manzana del Eixample (para los de fuera de Barcelona, es un pasillo largo de donde salen unas habitaciones que dan a un patio de luces sin luz y un comedor que comunica con un patio interior, al cuadrado de dentro de las islas de casas que siempre salen en las fotos aéreas. Encima, es un entresuelo, por lo que todas las vistas desde mi casa se limitan a los muros de las terrazas de mis vecinos. Tampoco tenemos balcón y toda la luz me llega a través de ventanales. Vamos, que vivo en una zona sin verde en un piso con todavía menos verde.

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Por eso, tras dos meses viviendo ahí, aunque el piso me gustaba (está totalmente reformado y puedo ir andando a trabajar), lo sentía poco acogedor y me faltaba vida. Era todo gris. A eso le tenía que sumar que la contaminación de Barcelona (una de las diez ciudades españolas que superaron las emisiones recomendadas por la OMS) me agotaba. Yo, acostumbrado a vivir toda mi vida al lado de un parque natural en las afueras de la ciudad (que aunque está también contaminada permitía a mis pulmones respirar un poco), notaba mucho estrés por la asfixiante contaminación.

Para intentar combatirlo un poco, decidí a modo de parche adoptar unas cuantas plantas para romper un poco la estética del piso y ocultar la sensación de que estoy viviendo en un mundo urbano totalmente alejado de lo natural. Es una decisión lógica, según diversos estudios, vivir rodeados de verde es tremendamente positivo para los humanos. “En la última década ha habido 1.348 estudios que demuestran que hay vínculos entre tener plantas y beneficios emocionales y mentales. Algunas conclusiones: se reduce la ansiedad, el estrés, ayuda a combatir la depresión, mejora la memoria, mejora la creatividad, la atención y la productividad, alivia la demencia, sube la autoestima y, además, proporciona felicidad y satisfacción vital”, explica el periodista Rajul Punjabi, que también está descubriendo lo bonito de tener plantas en casa, en el portal Mic.

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Así pues, desde que las plantas están conmigo he notado una mejora. Quizá no en unos niveles tan altos como podía ser volver a casa de mis padres (a cinco minutos de las montañas de Barcelona), pero sí que me he sentido más acogido, más feliz y animado, me gusta pasar más tiempo en casa y me siento menos estresado.

Pero los beneficios no se limitan a un mejor estado mental y de salud. Yo, acostumbrado a tener mascotas y a encontrar la felicidad en ellas, desde que me independicé por primera vez en mi vida no tenía nadie a quien cuidar. Acoger a unas plantas me ayudó a volver a esa época de mi vida que compartía mi espacio con un perro y unos gatos que me exigían una responsabilidad y dedicación. De nuevo, una vida (aunque fuera una planta) volvía a depender de mí. Total, que me lo tomé tan en serio esto de cuidar de plantas que hasta le puse nombre a todas: desde Dorito hasta los potus gemelos Susan y Martín.

Cuidar plantas fue más difícil de lo que me imaginé, requerían mucho compromiso de riego, cuidado y atención. Pero me resultó muy útil para desconectar y ganar bienestar. Como lo describe Ark Redwood en su libro La meditación y el arte de la jardinería, tener plantas puede ser una forma de meditación, una de las actividades que más paz y relajación pueden dar a tu mente, ya que mientras te sumerges en el cuidado de las plantas, debes controlar la respiración y la atención, los pilares de la meditación. 

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Además, estás creando un nuevo ecosistema, por lo que tienes una responsabilidad que te ayuda a madurar. Si quieres que sobreviva, tienes que dedicarte. Aunque de una forma menos exigente que, por ejemplo, con un perro (lejos quedan ya esos días de “lo siento tengo que ir a casa que nadie más puede sacarlo a pasear”).

Entre quitar las hojas que se marchitan, limpiar la tierra, regarlas (y asegurarme que no las inundo por exceso de amor) e ir cambiando las macetas si crecen demasiado, he encontrado una forma de acercarme, de nuevo, a la naturaleza que me vio crecer en esta ciudad tan contaminada y en un piso con una disposición profundamente artificial (pero que con un sueldo millennial en una ciudad gentrificada es lo único que me puedo permitir). Quizá estoy entrando en el tópico (machista) del plant-lady, pero cuidar de mi pequeño jardín me ha ayudando, a su vez, a cuidar mi salud física y mental.