Me colé en un hotel abandonado para hacer realidad mi fantasía sexual más íntima

A veces es necesario buscar lugares imposibles para tener espacio para la intimidad 

Me sangra a chorros el dedo meñique del pie. Acabamos de saltar un muro de piedra y, como llevo chanclas, me he hecho una herida. Dejo un camino se gotas de sangre por todo el recorrido que hacemos hasta que conseguimos pasar unas rejas y adentrarnos en lo que hace unos años era el hall del Hotel Iders del Puerto de la Cruz en Tenerife. Es muy tarde. Llevo una mochila con vino y velas y él una bolsa con sábanas y toallas. Vamos a pasar una noche de sexo en este hotel abandonado porque no podemos permitirnos pagar uno, porque no queremos dormir en casa de nuestros padres y porque nos divierte transformar ese sitio tenebroso en un nido de amor. Al menos así lo pienso yo.

La suite número 29 en el tercer piso

El Hotel Iders fue desalojado por estar fuera de ordenación. Este incumplimiento se debió a que el edificio sufría de aluminosis: la alteración de algunos hormigones que conlleva su degradación y su pérdida de resistencia. Vamos, que el hotel se podría haber derrumbado en cualquier momento pero allí sigue, aún en pie. Y así estaba cuando nos colamos. Nosotros desconocíamos completamente esta información pero tampoco nos hubiera afectado, estábamos en una edad donde vivir experiencias arriesgadas y excitantes era nuestra principal atracción. Queríamos exprimir el tiempo juntos, pensábamos que eso era estar enamorados. Así seguimos caminando por los rincones oscuros del hotel buscando la manera de llegar a las habitaciones.

Archivo personal

Él fumaba y, aunque no acostumbraba a cogerme de la mano nunca, en la búsqueda de habitación sí lo hizo. Encontramos unas escaleras que estaban bloqueadas por unas rejas por las cuales era muy fácil acceder. Las escaleras estaban cubiertas de alfombra y de toneladas de polvo. Cada vez que llegábamos a un piso recorríamos las habitaciones buscando cuál era la ideal. Cada una de ellas estaba llena de muebles tirados y de suciedad, como si alguien hubiera entrado en ocasiones pasadas, lo cual, por cierto, así era. El hotel había tenido que cubrir varias de sus entradas por toda la gente que se colaba. Es más, ahora ya no se puede acceder, lo han tapiado y han colocado alambre y picos sobre los muros para que sea imposible pasar. Una pena.

Archivo personal

A medida que subimos las habitaciones están en mejores condiciones. Cuando llegamos al tercer piso elegimos la habitación número 29, una suite enorme con una cama matrimonial más grande de lo que hubiéramos imaginado, un pequeño saloncito y un balcón bastante amplio. Está tan oscuro que me pongo a encender las velas. Estoy súper animada. Él saca de su mochila un plástico y lo coloca sobre la cama, luego pone unas sábanas y  también unas toallas. Me enciendo un cigarro y lo miro. Está tan macarra que me pongo cachonda pero solo sonrío. El mundo me parece un sitio increíble así que abro el vino, quiero celebrar. Salgo al balcón, “quiero follar aquí”, le digo. “Vamos a hacerlo en todos los rincones de la suite”, me confirma mientras coloca el cigarro en un exprimidor que ha encontrado en un cajón.

Los sitios prohibidos o públicos

Follar en sitios públicos es una fantasía sexual recurrente. Practicarlo en lugares prohibidos también. Nosotros, grandes aficionados a probar cosas nuevas, lo habíamos hecho en autobuses, en autopistas, en discotecas y hasta en medio de conciertos. Toda esta explosión de hormonas casi incontrolable tenía una clara base en nuestra edad y en una conexión que se había formulado a través de la confianza y la falta de tabúes. Muchas de las prácticas que compartimos cumplieron el término de ‘primera vez’ y eso nos colocaba al uno y al otro en un lugar privilegiado dentro de las experiencias de cada uno. Y, aunque hoy en día nuestros caminos estén separados y cada uno haya seguido construyendo su vida sexual aparte, esa base seguirá existiendo.

Archivo personal

El silencio del vacío del hotel deja paso a nuestros suspiros, solo escucho sus pequeñísimos gemidos muy cerca de mi cuello, su rápida respiración como si acabara de llegar de correr una maratón. Está sudando y aún no estamos desnudos. Esa es la magia de los lugares prohibidos: alguien puede descubrirte, algo inesperado puede ocurrir porque, en un sitio desconocido, se pierde el control de lo que pueda pasar. Crece el morbo y, por tanto, la diversión y la complicidad entre las personas que lo practican. A veces frena y me mira, me muerdo el labio. Nos incorporamos sonriendo y nos encendemos un cigarro, bebemos vino, nos sentimos adultos. La vida es ese instante y ningún otro. Después de beber empieza la aceleración, nos desvestimos: me quita las bragas y se hunde en mi entrepierna, sube mientras me quito la camiseta, puedo sentir en mi muslo que está empalmado y me aumenta la excitación. 

Son muchas horas seguidas de sexo con pequeños intervalos en los que bebemos, fumamos o hablamos. El hotel es casi como nuestra casa. Cuando ya hemos tenido sexo en todos los rincones incluyendo el balcón nos dormimos, estamos exhaustos. A la mañana siguiente todo tiene otro aspecto, estamos casi asimilando toda la noche que hemos compartido, salimos a esa pequeña terraza para ver cómo se ve la ciudad. Desde uno de los edificios de enfrente observamos a alguien mirándonos, nos grita que va a llamar a la policía, nos han pillado. Empezamos a movernos muy rápido y entonces mi cuerpo me manda una señal: no me había curado la herida del pie, me arde y me duele aunque la sangre ya está seca. Esa infección es uno de los mayores recuerdos de aquella noche, en la que, por suerte, pudimos escapar de que nos cayera una multa.