Carta abierta a los amigos que te critican por no salir de fiesta

No me gusta salir de fiesta. Vale, ya lo he dicho. No digo que en el pasado no me gustara tomarme mis copas y partir la pista a golpe de reggaetón. De ese que ya no se lleva, del que hacía el recién retirado Don Omar. Me gustaba darle gasolina a algún papichulo mientras movía ‘mi celular de lao a lao’. Pero ya no. Y, ¿qué pasa? Que mis amigos no me entienden. Las discotecas me agobian, la música me espanta y el alcohol me sienta fatal. Y una ya no tiene ganas de pasarse dos días tiradísima en la cama porque una noche decidiera darlo todo en una discoteca de dudoso aforo limitado. Me agobia la gente, me horroriza no poder sentarme y hablar con mis amigos de cosas tan banales como la última aparición del famoso —o famosa— de turno que nos flipa a todos aunque no lo reconozcamos.

Mi plan ideal de fin de semana es sentarme en una terraza a media tarde, tomarme unas cervezas y unas tapas para hablar de todo y de nada con todo aquel conocido que se digne a ponerse a mi lado en un bar. Muchos pensaréis que es porque tengo una edad o porque ya estoy mayor para esos trotes y, lo peor de todo, es que me siento mal por ser así. Me paro a pensar que estoy desaprovechando mi vida, que no debería pasarme un viernes o un sábado en la cama viendo series o películas hasta dormirme y, sobre todo, me siento mal porque mis amigos critican mi forma de pensar y de vivir alejada de pubs con música que estalla en mis oídos. "Has cambiado, ya no eres la misma", me dicen. Pero yo creo que no: no he cambiado, he evolucionado. Cada día lo tengo más claro.

Las personas estamos acostumbradas a criticar a los demás por el concepto que teníamos de ellas. Si nos encontramos con el típico chulito de nuestro colegio, seguiremos pensando que es el inaguantable que era cuando coincidimos con él, durante un curso, hace 20 años. Pero, ¿y si nos paráramos a entablar conversación e intentar conocerle por lo que es en la actualidad? Tal vez, nos sorprendería. Y no, no es que haya cambiado, es que ha evolucionado. No podemos juzgar toda la vida a las personas por lo que pensaban o eran hace 20 años.

Hace un par de semanas yo misma me vi expuesta ante un grupo de amigos que tengo desde los 8 años: los del pueblo. Hablábamos de las fiestas patronales de hace años, de cómo han variado las actividades y de cómo ahora la diversión era otra muy distinta. En el punto álgido de la conversación, celebré que no hubiera corrida de toros ni ningún espectáculo con animales. Y sí, lo confieso, yo era la primera que durante las fiestas me plantaba en la plaza a tomarme un kalimotxo y ver cómo asesinaban a un animal. No disfrutaba del 'espectáculo', disfrutaba de lo que ese momento representaba en mi vida: estar con mis amigos —a los que veo una vez al año— tomando algo, bailando y procrastinando la vida. Y ahí llegó el comentario: "Ahora vas de animalista pero si hubiera corrida de toros irías la primera".

Fue como una daga directa al corazón. Me estaban juzgando por lo que fui e hice hace 15 años y no por lo que soy y pienso ahora. El tiempo y la experiencia hace que las personas evolucionen, que se informen, que aprendan y que decidan tomar otros rumbos o decisiones en su vida. Y, lo peor de todo, es que el resto (yo la primera) nos vemos en el derecho de juzgar y criticar a los demás por lo que hicieron en un momento de su existencia sin preocuparse en conocer quién es esa persona ahora mismo. Me sentí juzgada y un poco decepcionada al ver cómo no se han molestado en conocer lo que soy ahora mismo y en cómo he evolucionado a lo largo de estos años.

Una persona no es la misma cuando empieza, por ejemplo, su carrera universitaria que cuando la termina. Por eso, muchas veces nos encontramos en la situación de pensar que nos hemos equivocado al elegir qué camino tomar en la vida. Los cuatro años que dura la etapa en la universidad sirven para empaparnos de situaciones, de aprendizaje y de recuerdos que harán que no seamos los mismos al finalizarla. De la misma forma que una persona que odiaba hacer deporte puede disfrutar al máximo de él diez años después. Y no somos nadie para juzgar y criticar a aquellos que evolucionan a mejor.

Si alguna vez te has sentido atacado porque has progresado adecuadamente en tu vida, haz oídos sordos y siéntete bien contigo mismo. No dejes que te valoren y te definan por lo que eras y siéntete orgulloso de haber crecido. Quedarse estancado y parado de por vida en lo que fue, no puede ser sano. Seguramente de ahí vengan las crisis de los 40 y los 50. Y si, por otro lado, eres de los no dejan a los demás en paz y enjuician cada paso al frente que dan en su vida, te diré que eres un pesado (o pesada) y que a lo mejor el que debería evolucionar eres tú y cambiar esa forma de vida, aunque no seré yo la que te juzgue por tus decisiones. Así que, amigos, lo pongo por escrito y os lo digo desde ya: dejad de criticarme por que no pienso salir más de fiesta en la vida.