Adiós al macho alfa, ahora los hombres de éxito quieren ser el líder sigma

La mejor forma de entenderlo es con la pirámide estamental, él es un líder, pero fuera de la pirámide, vive como un lobo solitario a quien no le importa nada más allá de su interés personal, ni tan siquiera ser el mayor líder

El macho alfa. Esa figura de la masculinidad depredadora, ese hombre capaz de todo, ese lobo de Wall Street, el líder nato, el que está en la cúspide de la pirámide, el exitoso que triunfa en Wall Street, esa imagen que siempre han dicho a los hombres que deben aspirar, admirar e intentar llegar. Pero, con la llegada del feminismo al mainstream y los discursos de hombres feministas, la figura del macho alfa como el ideal se ha diluido, y cada vez es más cuestionada. Incluso ahora cuando hablas de ella entre hombres no feministas, el concepto en sí da cierta grima. Y por eso ha nacido un tipo nuevo de hombre ideal: el sigma, un líder que se ha alejado de la pirámide del poder al que, en teoría, deberíamos aspirar a partir de ahora.

Primero, entender qué es la pirámide de interacción masculina, inventada por el bloguero Vox Day en 2010. En teoría, los hombres se relacionan a través de jerarquías. Guiando a los demás, el macho alfa, tras él, el beta, delta, gamma y omega, en función de su capacidad para liderar, imponerse, intimidar, ligar y lograr lo que se propone. Esta jerarquía algunas personas se la toman al pie de la letra, y luchan con fervor para llegar a lo más alto de la pirámide. Y en ese contexto aparece el sigma, un macho líder, pero fuera de esos estamentos masculinistas.

A veces se define como “un lobo solitario”. Es igual de líder que el alfa, pero ha salido de la jerarquía masculina por su propia decisión: tiene autoconfianza (así que no necesita la reafirmación de seguidores), es brillante (por lo que se las apaña solo), y solo se mueve por sus deseos personales (es decir, hay egoísmo en su forma de ser, pero también independencia: no vive por los convencionalismos, solo actúa para ser feliz).

Si se usa la metáfora de la corte real, mientras que el alfa es el rey y el resto los nobles, burgueses y siervos (en orden jerárquico), él es el bardo itinerante que llega, interactúa con quien le apetece, muestra respeto al rey (por puro convencionalismo, no porque se sienta inferior), se acuesta con las mujeres más atractivas que quiere y se va por donde ha venido. La da igual caer bien o mal, no quiere ser siervo del rey ni formar parte de la corte: solamente quiere ir por su camino y pasárselo bien. Sin que le importen los demás.

Y, aunque esta figura surja como respuesta a la crisis de la masculinidad clásica, es una figura todavía más reaccionaria: se basa en el egoísmo, celebra una individualidad donde el dolor a los demás está justificado si te reporta beneficio y, encima, ni tan siquiera teje redes con sus semejantes. Algo que sí que hacía el alfa, aunque fuera de forma desigual. Es un icono de la masculinidad totalmente liberal: destruye la sociedad, el estado y la familia. Aquí solo importa el individuo, que le den a los demás.