5 realidades sobre el comunismo contadas por alguien que lo vio caer en Rumanía

A estas alturas del año, en 1989 en Rumanía, estaba todo el pescado vendido. Los cadáveres del dictador Ceaușescu y su mujer ya se estaban enfriando. Habían sido fusilados el día de Navidad, después de un juicio sumarísimo con el que la segunda línea del comunismo había decidido cargarse a la primera, ponerse el traje de la democracia, y hacer como que aquí no ha pasado nada en los últimos 45 años. Pero sí había pasado, sí. La población había vivido tanto tiempo en el cautiverio del régimen, que no se creía que pudiera estar acabando. Era casi obsceno que tantos años de represión y de carencias pudieran desvanecerse en cuestión de semanas. Porque el comunismo, más allá de lo que dicen los libros, más allá de lo que piensan los soñadores, no ha sido más que la antítesis de la libertad y, a los que lo hemos padecido directamente, sus heridas nos duran hasta hoy.

No hace falta caer en lo burdo. No hablamos de sufrimiento físico, ni siquiera emocional. Vivir, como yo, en un régimen comunista tus años de socialización primaria te deja secuelas sutiles, como miedos irracionales o carencias injustificables. Son las secuelas de un día a día sin libertad de movimiento, ni de expresión, ni de reunión en el que sobrevivía el que mejor se las ingeniaba para engañar al sistema.

Las colas para comer

Recuerdo a mis padres despertándose a las 5 de la mañana para bajar a hacer cola para comprar leche. Yo no llegué a pasar hambre, pero sí escasez. Esa que se te mete en el subconsciente y que, años más tarde, puede hacer que sientas la necesidad de atiborrarte de comida cuando la tienes, no vaya a ser que te falte. Pero a mí no me faltó. Entre otras razones, porque dentro de aquella miseria, yo era una privilegiada. Tenía familia en algún cargo medio del régimen comunista y eso nos facilitaba mucho la vida. Significaba que, en vez de tener que estar en la cola de 5 a 8 de la mañana, que era cuando realmente llegaba la leche, mis padres bajaban y le daban un soborno a la vendedora para que les guardara un par de botellas hasta una hora un poco más decente.

La corrupción como educación

El concepto que se tiene de corrupción en España es muy diferente al que imperaba en el régimen comunista de Ceaușescu. De hecho, en aquella época ni tenía nombre, porque era lo normal. Se trataba de la pequeña corrupción. Del hecho de tener que pagar un soborno a cualquier persona con la que interactuaras para que te trataran de manera mínimamente decente. Daba igual si eran médicos, policías, trabajadores de la administración, vendedores, etc., - que, recordémoslo, todos eran empleados públicos, porque no existía la empresa privada -. Es decir, como ellos ya sabían que su miserable sueldo lo iban a cobrar de todas formas, hicieran o no su trabajo, se instauró la filosofía de no hacerlo, o hacerlo mal, a menos que recibieran algo más a cambio. Este tipo de corruptela entró en la sangre de cada uno de nosotros y se nos inculcaba como una cuestión de educación o buenos modales: "Cómo vas a ir al médico sin llevarle nada?", decía mi abuela escandalizada mirándote como si te hubieras presentado a un cumpleaños sin regalo.

Los privilegiados

Mi abuela era de las que podía permitirse llevarle 'algo' al médico y ese 'algo' solían ser productos difíciles de encontrar, como café, tabaco o jabón. Llegaba a la consulta y el facultativo lo recibía como si fuera un regalo y decía: "Ay, muchas gracias. No era necesario", o abría el paquete directamente, lo escrutaba, te volvía a mirar con cara de póquer y te hacía aquello que, un minuto antes, te había dicho que era absolutamente imposible que pudiera hacer.

En el comunismo que yo conocí se traficaba con influencias, con enchufes: "Mi tío tiene tal cargo en tal sitio, por si te hace falta cualquier cosa", te decía la gente para agradecerte un favor. Allí todo era posible si tenías contactos: librarte de hacer el servicio militar, conseguir un tratamiento médico para tu hijo, que te hicieran el DNI en un día... Y también se llevaba mucho el peloteo máximo. Si no tenías estos contactos, los 'construías'. Recuerdo que a casa de mi abuelo (ese cargo medio del régimen del que hablaba) llegaba gente con 'regalos' de todo tipo. Desde un maravilloso queso de cabra casero hasta un pintor que se ofrecía a hacerle un cuadro de su hijo, pasando por la esteticista que venía a hacerle cualquier tratamiento. Todo ello, para que cuando tuvieran algún problema, pudieran volver a llamar a su puerta y aprovechar esa influencia para solucionarlo. 

'El dinero es malo'

De manera que lo que te facilitaba la vida se abonaba en especie. La doctrina comunista te dejaba claro que el dinero era eso diabólico que hacía que Occidente fuera un nido de víboras que se devoraban entre ellas. Existía el mítico LEU -la moneda oficial de Rumanía hasta 2005- para cobrar el sueldo y comprar el pan pero, como la propiedad privada era limitada, vivías en un piso asignado por el Estado, tampoco tenías mucho que comprar. No había productos de belleza, ni ropa moderna, ni gadgets que te pudieran diferenciar socialmente de tus congéneres. Y como hacía todas esas cosas infernales que nos contaba, aprendimos a temer al dinero e, inconscientemente, a quererlo lejos.

Sueño con escapar del país

En todo este ambiente, lo más alto a lo que podía aspirar un rumano durante el comunismo era a escapar. Eso, por supuesto, tenía consecuencias nefastas para los allegados que se quedaban, a los que se hacía la vida imposible para castigar al huido. Pero estos apretaban los dientes y aguantaban lo que fuera necesario con tal de saber que su ser querido había pasado a una mejor vida lejos del control y la represión. Porque, aunque les enseñaran a odiarla, todos soñaban con la vida de Occidente, esa abundancia, esa libertad, esa capacidad de prosperar si querías, ese capitalismo 'que te valoraba por lo que valías' y que, tras la caída del comunismo, Rumanía abrazó tan fuerte que ahora se está ahogando en él.

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Todas esas ansias fueron las que provocaron una emigración masiva de rumanos después del 89 o, más bien, unos cuantos años más tarde, cuando se empezaron a dar cuenta de que en el poder seguían los de siempre, solo que se amparaban con otro sombrero para oprimirles. Por eso, hoy Rumanía es un país en el que viven unos 20 millones de personas y otros tresmillones de rumanos vivimos esparcidos por el extranjero. Casi un 14% de la población decidió echar raíces lejos de donde nacieron y se llevaron con ellos la huella de un sistema que, habiéndoles prometido igualdad para todos, les dio pobreza a la mayoría y privilegios para unos cuantos. Solo con el tiempo se darían cuenta de que el capitalismo tenía la misma dinámica y, aunque les permitía subir más alto, también podían caer más bajo.

Crédito de la imagen: Mihaela Noroc