Obras de arte que te flipan en realidad son violaciones

Peio H. Riaño ha publicado Las invisibles. ¿Por qué el Museo del Prado ignora a las mujeres?, un ensayo en el que se lee cómo funciona el patriarcado dentro del arte y cómo nosotrxs acudimos en silencio a observarlo

"La historia del arte ha sido contada a medias. Y en la mitad que no se ha contado están las mujeres. Ellas son la parte que mantiene a la otra parte, la que se ocupa de la producción de subsistencia para sacar adelante a sus familias. El canon las borró del mapa porque no tenían una habitación propia, porque las actividades artísticas que realizaron no eran suficientes: sus carreras estuvieron condicionadas por las obligaciones familiares que les impusieron". Esta conclusión de la historiadora Carmen Gaitán Salinas aparece en el libro Las invisibles. ¿Por qué el Museo del Prado ignora a las mujeres? (Capitán Swing, 2020) un ensayo de Peio H. Riaño que aclara que la mujer no ha sido expulsada de la historia del arte, porque para que eso ocurriera debería haber sido incluida. Algo que nunca ha pasado.

¿Puede ser bella una violación?

La imagen que aparece en la portada de este artículo se titula Las hijas del Cid. Fue pintada en 1871 por Dióscoro Teófilo Puebla y Tolín y mide más de dos metros de alto por tres metros de ancho. Su inmensidad ocupa una de las paredes del Museo del Prado. Ante él pasaron, el pasado año, más de tres millones de personas. Admiraron la belleza de los trazos en silencio. Observaron, como explica el mismo museo, "la riqueza de su delicada gama cromática y el equilibrio de la composición, al igual que la blancura nacarada y sensual de las carnaciones femeninas, concebidas con un sentido pleno de las formas y un marcado idealismo en los modelos" (sí, pone "los", aunque son dos mujeres).

Pero, ¿qué no vimos? ¿Qué no admiramos? ¿Qué información nos faltaba? "El título Las hijas del Cid esconde otro terrible: Las hijas del Cid violadas por sus maridos. Han sido atadas a unos árboles para que se las coman las bestias del bosque. Una barbarie que es reducida a una escena pornográfica arropados por la frondosa naturaleza, listos para que vuelvan a ser consumados y consumidos", explica el libro. El cuadro presenta una escena de violación. Los sádicos maridos atan a las mujeres a los árboles para forzarlas y golpearlas con las espuelas de la montura de sus caballos y con cinchas. Es una salvajada. Y eso no está. No se ve. Y tampoco se lee en ningún cartel.

El pintor manipula la realidad. Borra la sangre, borra la bestialidad. Se preocupa por perfeccionar su trazo de la carne y la curva femenina. Desea que su habilidad sea superior a la de otros pintores. Es la guerra por el control del cuerpo de las mujeres. Una batalla que sucede en el museo, a la vista de todxs. No solo en el cuadro, sino en la exposición que el museo hace de la pieza: "El episodio del ultraje de las hijas del Cid sirvió de excusa a los pintores del siglo XIX para probar su habilidad en el dominio del desnudo femenino", añade el libro. Las mujeres del cuadro han sido violadas en la literatura, violadas en el arte y violadas por el silencio de la sala, ante nuestros ojos.

El silencio no pacífico

Quien acude al museo lo hace, en general, por ocio y de forma relajada, dando un paseo y admirando las geniales obras del pasado. El público disfruta sintiendo que está en un espacio ordenado y pacífico donde no es necesario plantearse ningún tipo de ideología. El libro de Riaño busca un replanteamiento, una revisión. Explica que es necesario cuestionarse lo establecido y construir un nuevo museo para un nuevo público porque está en manos de todxs hacia un recorrido más igualitario. Esto no es por capricho. En la Academia de Bellas Artes, de 52 miembros, solamente seis son mujeres.

"En la historia de la cultura, un relato de hombres hecho para hombres en el que ellas no han contado. No cuentan. No han sido olvidadas: las han hecho desaparecer". Es más, en el Prado no hay más mujeres expuestas porque hasta el momento no ha habido interés. Este museo expone un total de 11 pinturas realizadas por cinco mujeres. De las más de 1.000 obras, solo 11 son de artistas mujeres. Algo similar ocurre en el Louvre: "cuenta con una colección de 5.667 pinturas, de las que se exhiben 3.600. En el catálogo de la institución hay 1.400 artistas hombres y 21 mujeres".

Las artistas mujeres se presentan en asignaturas como Fundamentos del Arte como intrusas en el repaso histórico que se les ofrece, que ellas son tratadas como invitadas al relato dominante. Como vemos la violencia del silencio no se rompe en el museo y no se rompe, tampoco, desde la educación, desde la enseñanza primaria. ¿Qué sabemos? Que las colecciones de arte son injustas y desiguales. ¿Qué hay que plantearse? Cómo hacer para que se construyan modelos más igualitarios. No hay referentes femeninos en el arte y la explicación solamente está en los cromosomas. Es difícil cambiar el pasado, pero es muy importante tomar consciencia.

El porno rococó

Estos días, miles de mujeres exigen a PornHub que retire vídeos grabados sin su consentimiento donde también hay contenido violento de abuso. En los cuadros se tiene la oportunidad de borrar lo terrible. Pero lo pintores no solo reproducen la violencia sexual: también la producen, la exhiben, la manipulan y advierten que la verdad —escondida tras unos trazos suaves con colores pastel— puede no conocerse jamás.

La visión misógina trata de reprimirnos y reforzar el desprecio contra nosotras. Parece que cuesta soportar la idea de nuestra independencia. "La mujer es el arquetipo de la maldad, poseedora de una belleza destructiva que daña la pretendida pureza masculina. Doble moral a pleno rendimiento", declara Riaño en su obra. A partir de este punto hablaremos de algunas de las obras que salen en el libro, donde el artista hombre traza con disimulo y sutilidad líneas y sombras machistas que apagan cualquier atisbo de libertad.

1. La XII marquesa de Villafranca pintando a su marido (Francisco Goya, 1804)

La XII marquesa de Villafranca pintando a su marido, Francisco de Goya, 1804

Cuando la historia del arte no encuentra pintoras decide llamarlas "aficionadas a la pintura". Cuando la mujer no es entendida así, como sucede en este cuadro de Goya, pasa de ser una creadora a ser la que inspira al creador. Francisco de Goya la pinta (a pesar de la petición de esta marquesa) como "pintora de poltrona y fin de semana, una intrusa con permiso gracias a sus privilegios de clase aristócrata". Poco importan su talento o su trabajo. 

2. Doña Juana la Loca (Francisco Pradilla y Ortiz, 1877)

Doña Juana la Loca, Francisco Pradilla y Ortiz, 1877

La lectura que hacen los historiadores del siglo XIX también en esta obra es esa despreciable complacencia. Aseguran que "la desdicha de su estado mental no influyó 'deliberadamente' en los acontencimientos. Es decir, no es su culpa, es que es mujer. 'No gozaba de su cabal juicio', dicen. 'Probablemente tendría gérmenes desde el principio de su existencia', dicen".

3. Inocencia (Pedro Sáenz Sáenz, 1899)

Inocencia, Pedro Sáenz Sáenz, 1899

"El descaro con el que el pintor ha retratado a la niña modelo cumple con la mitología erótica masculina más depravada. En 1899 el miedo del hombre a la nueva mujer no creó monstruos. Creó filas de niñas desnudas que reforzaban el ego masculino castigado por la reforma feminista". Pedofilia.

4. La vuelta de las hadas al lago (Dióscoro Teófilo Puebla y Tolín, 1864)

La vuelta de las hadas al lago, Dióscoro Teófilo Puebla y Tolín, 1864

Aquí lo vuelven a hacer. "Puebla crea una estampa lésbica repleta de desnudos femeninos clásicos, que se tocan y se rozan, se retuercen y se entregan al placer. Todas ellas arden en deseos de satisfacer la visión pornográfica de una orgía de tres metros de alto por tres metros de ancho". Vemos cómo son víctimas de la condición masculina que las mantiene como objetos y como musas.

5. Diana y Calisto (Jean-Baptiste-Marie Pierre, 1745-1749)

Diana y Calisto, Jean-Baptiste-Marie Pierre, 1745-1749

No parece que en esta obra haya ningún tipo de violación. Pero está ocurriendo. "El pintor prefirió una mujer entregada a las caricias y al magreo". Prefirió un deseo desatado y compartido. "Esa mujer, según el mito, debería resistirse, forcejear y tratas de escapar de su violador transformado en mujer. No es su amante. No lo desea. No ha consentido".

"Hay que dejar de ver el desnudo de mujer producido por hombres como una reacción inherente al arte, porque no es la consumación de la búsqueda de la belleza. No hay mayor tiranía que hacerse con sus cuerpos, usarlos, manipularlos y utilizarlos. Dejarlos a la vista y abusar de ellas es la confirmación de los grilletes domésticos".