Hombres feministas recuerdan su pasado machista

¿Te crees más hombre por repasar con la mirada a los tíos que se acercan a tu novia en la discoteca? ¿Por no llorar desde que tu abuelo murió siete años atrás? O, ¿por asentir con media sonrisa ante palabras de tus amigos como: “esta tía solo tiene un par de tetas” o “es lo más feo que me he echado en cara”? La respuesta debería ser NO. Probablemente nunca hayas escuchado a alguien decir textualmente que el hombre es superior a la mujer, pero sí te habrán dicho que "eso no es de hombres", que "los hombres no lloran", que "tienes que comportarte como un hombre".

Sin embargo, cada vez más hombres se están dando cuenta de que no hay un único modelo de masculinidad. Porque a diferencia de lo que nos hemos cansado de escuchar en demasiadas ocasiones, no es el género lo que establece cómo debemos ser, sino nuestra personalidad. Ni una chica tiene que ser una 'flor' a la que todo le está bien, ni un chico debe ser un machote al estilo Rambo.

Ojos que no ven el machismo

Miguel González, de 39 años, también era de los que miraba a las tías por la calle como si fueran un pedazo de carne, o pensaba que, como le habían pasado por Whatsapp fotos de chicas que se quitaban la camiseta en Sanfermines, seguro que si iba allí ligaría. Pero entonces conoció a una chica diferente que, tras convertirse en su pareja, sacudió su mundo. Y, desde entonces, no ha vuelto a ser el mismo. “Ya no soy partícipe de situaciones como la de Sanfermines. Les digo a mis amigos que no está bien. Que una tía enseñe las tetas no significa que alguien se las pueda tocar ni que quiera sexo contigo, ni conmigo, ni con cualquiera”, reconoce Miguel.

Para crear este nuevo yo, Miguel ha tenido que pagar un precio injusto y, al mismo tiempo, muy recurrente. No callarse ante actitudes machistas ha provocado que apenas tenga trato con amigos de toda la vida y que otros se peleen con él por “pesado” o por “sacarles de quicio”. Algunos de ellos incluso han abandonado grupos de WhatsApp. Todo por hacer lo que siente, por no ser como la mayoría.

Miguel ha sido valiente. Porque como dice el psicólogo especialista en violencia machista Rubén Sánchez “los hombres tenemos miedo a señalar las actitudes y comportamientos machistas por si eso nos lleva a ser excluidos del club de los machotes. Ese miedo nos hace cómplices de todas las violencias machistas: las que ejercemos contra las mujeres, contra otros hombres y contra nosotros mismos”. Pero precisamente personas como Miguel deberían ser un ejemplo para todos aquellos que no se sienten cómodos con ciertos comentarios pero tampoco acaban de decir nada.

Sí que se puede llorar

“Los chicos no lloran”, lo dijo la banda The Cure con esa mítica canción de los ochenta y nuestras abuelas, madres y compañeros de clase durante toda nuestra infancia. Una premisa que quedó tan anclada en Arkaitz Sanz, de 30 años, que ni siquiera fue capaz de soltar una lágrima en público cuando él y su familia se vieron en un proceso de desahucio hace siete años. En lugar de permitirse expresar sus emociones y mostrar su vulnerabilidad, optó por evadirse saliendo de fiesta y viviendo cabreado. “Era una competición de soledad. Antes lejos de mi familia que débil”, reconoce Arkaitz, que ahora forma parte de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género (AHIGE).

Según el psicólogo, Rubén Sánchez, esta coraza infranqueable en la que se esconden gran parte de los hombres, se debe a que  “las únicas emociones permitidas y legitimadas por el club de los machotes y por la sociedad en general son la ira y la líbido sexual. La ira se interpreta como autoridad, como saberse imponer, como echarle ‘cojones al asunto’". Arkaitz se atrevió por fin a desafiar estas normas cuatro años atrás mostrando el cariño que nunca había expresado a sus amigos y abriéndose a llorar ante su novia o al mirar películas con las que se sentía identificado, como Del Revés (retrata la traumática manera en la que una niña de 11 años vive una mudanza). “Me gustaría llorar en público. Creo que algo que tengo pendiente”, asegura.

Carlos Guerreros, de 27 años está llevando una trayectoria similar. Mientras reconoce que antes cumplía a la perfección el rol de hombre piedra, ahora no hay nada que le impida dejar caer unas lágrimas cuando, por ejemplo, se entera de que algún amigo o amiga ha sido víctima de homofobia. Sintiéndose más liberado que nunca, ya no tiene duda de que no quiere que haya día en el que sus emociones no hablen por él. Porque ¿a quién se le ocurrió decir que expresarse es de chicas?

El feminismo: una lucha ajena

Muchos hombres creen que el feminismo no tiene nada que ver con ellos y hay otros que no entienden para qué sirve porque consideran que ya hay igualdad. Víctor Martín, de 28 años, pensaba que era una cuestión individual, que simplemente había malas personas que trataban mal a otras. Hasta el día que una amiga le prestó un libro de Margaret Atwood, Oryx y Crake, y se adentró en un nuevo universo de empatía que jamás había contemplado. Empezó por ser más atento con su novia para terminar viendo injusticias por todas partes. La que tiene más cerca en estos momentos es en el trabajo, donde dice que hay chicas que cobran menos que los hombres por hacer exactamente lo mismo. Una realidad que a algunos les parece del siglo pasado, pero lamentablemente sigue siendo demasiado habitual.

El experto en violencia machista indica que muchos no ven necesaria la existencia del feminismo porque quieren seguir en una sociedad en la que ellos son los privilegiados. Es más cómodo estar sentado en la mesa mientras las mujeres la recogen y, para buscar la igualdad, los hombres deberían renunciar ese privilegio. Víctor, por ejemplo se encaró con un compañero de trabajo después de que dijera a otra compañera que debía ir a fregar. “Se puso a la defensiva diciendo que era un chiste que aparecía en Los Simpson. Si no hubiese dicho nada, habría pasado. No se puede estar mandando a fregar a las chicas. Los chicos hacen estas cosas cuando se sienten respaldados, una vez dejan de estarlo todo cae por su propio peso”, recuerda.

Después de años sin tampoco percatarse de la desigualdad, en estos momentos Carlos cree en el movimiento feminista y ya no hay nada que le impida ser partícipe de ello. Cuestiona los derechos de más con los que cuenta y, desde la asociación AHIGE acompaña a otras mujeres en esta lucha y las escucha para entender todo lo que han tenido (y tienen) que aguantar. Porque cuando se detectan abusos, no hay forma de apartar la mirada.

Estos son solo cuatro de los hombres que vivieron el proceso desde vivir en la absoluta ignorancia y negación de las desigualdades, a empezar a darse cuenta de ellas y a atreverse a actuar, tanto llamando la atención a otros hombres como renunciando a privilegios injustos. En este camino también están consiguiendo, como apuntaba Miguel González, despojarse de un corsé de masculinidad que solo hacía que oprimirles. Ahora cuentan con más autonomía que nunca para ser las personas que quieran ser, para perseguir los sueños que creyeron que no podían alcanzar y para amar como nunca antes habían hecho.