Soy feminista y he empezado a depilarme el co**, ¿qué pasa?

Crédito de la imagen: Trisch Shamona

Bienvenidos a mi nueva situación con mi vello púbico. O mejor dicho, con lo poco que queda de él. He empezado a depilarme el coño y algunas voces feministas no han dudado en señalarme como falsa feminista, condenarme a la hoguera o acusarme de venderme al ideal de belleza patriarcal. Ante este panorama, los centros de estética deberían plantearse avisar sobre el riesgo que suponen sus técnicas y tratamientos para la reputación de feminista.

Me siento abrumada: ¿cómo iba a saber yo entonces, entre tanto mobiliario rosa, anestesiada entre el embaucador perfume de la cera tibia, colmada de atenciones y con mis bragas más tímidas, que mi coño pelao acabaría por herir tantas sensibilidades? No comprendo las críticas, sobre todo si recordamos que el feminismo trata de dar opciones a las mujeres para decidir sobre sus vidas o que no existe ninguna regla que determine que para ser una feminista verdadera debamos sí o sí, lucir una mata de vello genital.

Es obvio que las mujeres tenemos pelos y (algunas) bigote y patillas (¿o te creías que esto era solo una característica propia de tíos?). Como también lo es el hecho de que en una sociedad machista, se presiona a las mujeres para que se depilen y se avergüencen si no lo hacen.  Podemos constatar el mandato “eres mujer, depílate” incluso en el requerimiento de feminidad que se le exige a muchas transexuales para ser consideradas socialmente mujeres. No niego la imposición social. Lo que hoy pongo sobre el papel es que usar el feminismo como arma arrojadiza contra las decisiones personales que sobre su cuerpo toma una mujer es verdaderamente misógino, machista y represivo. ¡E innecesario!

Llevamos cuatro olas de feminismo y parece que todavía en lugar de enseñarnos a nadar las unas a las otras, lo que proyectamos son unas continuas ganas de hundirnos entre nosotras. Ser feminista no consiste en apedrear a las mujeres por sus acciones personales sino en denunciar las normas sociales que socavan nuestra libertad, autonomía, derechos y oportunidades. Por muy guays que suenen consignas como “no depilarse es un acto revolucionario”, estas no nos protegen de la violencia sutil (desprecio o rechazo) que vivimos en nuestras experiencias cotidianas. Es importante que existan mensajes como el anterior y es positivo que cada vez más mujeres se atrevan a llevarlo a la práctica, pero no podemos elevar su máxima a deseo o preferencia universal.

Las mujeres tenemos infinidad de gustos, posibilidades, habilidades y competencias. Es absurdo catalogar a alguien de buena o mala feminista por la cantidad de pelos que exhiba o por la frecuencia con la que se depila el chocho. ¿Acaso esto lo defendía Simone de Beavouir, Clara Campoamor o las Pussy Riot? ¿Bajo qué criterio estético un hombre podría ser considerado un correcto feminista? ¿Lo admitimos en caso de generosa vellosidad? ¿Lo condenamos al ostracismo si se afeita los huevos? Pues eso, neni. Deja de ser la jodida policía del feminismo y comprende que el hecho de que yo me depile o no me depile el coño es una cuestión que solo debe importarme a mí, que para eso es el mío.

La libertad sobre nuestros cuerpos está en la posibilidad de elegir. Tratar de imponer un nuevo canon estético y juzgar a las mujeres por cuánto se asemejen a él, huele fuertemente a patriarcado. Reivindico mi derecho a gestionar libremente los pelos de mis genitales. Lo hago como mujer adulta y con conciencia feminista. Depilarse no es incompatible con ser feminista. Lo que es incompatible con ser feminista es creerse con la legitimidad de juzgar a las otras por aquello que hagan o no hagan con su coño. Piénsalo, porque esto último te sitúa como cómplice del machismo y no como compañera.