Si Eres Feminista Debería Molestarte Que Se Machaque Tanto A Cristina Pedroche

Este es el tercer año consecutivo en el que estoy obligada a defender las decisiones de Cristina Pedroche. En pleno siglo XXI, aún hay quien cuestiona las elecciones que una mujer hace sobre su cuerpo. Sobre todo, una mujer privilegiada como es esta presentadora. Y digo "privilegiada" porque Cristina Pedroche, a diferencia de otras mujeres del mundo, puede elegir libremente qué ponerse sin que las leyes la condenen por indecorosa, adúltera o peligrosa para la moral pública. Esto es un hecho.

También es un hecho que la decisión de vestirse así es suya; así lo afirma ella, ¿quiénes somos los demás para dudar de su testimonio? ¿Dudaríamos también de la palabra de una mujer que ha sido violada? He de aclarar que no tengo ningún interés en justificar a su personaje en televisión (además, no me despierta mucha simpatía) y tampoco ignoro que los medios de comunicación son sexistas. Me declaro abiertamente feminista y quizá por eso me molesta tanto que se juzgue a una mujer, sea quien sea, por cómo viste ya sea en un programa de televisión o en su cuarto de baño.

En la tarea de acusar a Pedroche por lo que se pone (o deja de ponerse) encontramos dos grupos predominantes. En primera línea están los machistas (¡y las machistas!). Siempre atentos a cuántos centímetros de piel dejamos a la vista o escondemos las mujeres. Centímetros que nos dividen en santas o putas, elegantes o indecorosas, listas o tontas, buenas o malas. Está tu cuñado, experto en amenizar todas las sobremesas con comentarios que cree dignos de un Nobel: “Yo le daba” y “¡Vaya puta!”.  También está el novio que te llama “princesa” y te hace sentir "digna" mientras se pajea pensando en esas insinuantes transparencias...

Y por último, los progres. Ya sabes, esos de la izquierda que parece que han encontrado en el feminismo una razón para continuar avergonzando a las mujeres por el uso libre de sus cuerpos. Para ellos, toda exhibición del cuerpo femenino es ya una cosificación del mismo. Así que… critican a Pedroche y se guardan la lengua cuando el año pasado Pelayo Díaz presentó las doce uvas en calzoncillos (¿doble vara de medir?). Ahí los tenemos. Un conjunto de hombres, en su mayoría heterosexuales y cisgénero, opinando de lo dignas o indignas que somos las mujeres por cómo nos vestimos.

Por otro lado, cargadas de deditos acusadores y cegadas por sus propios prejuicios con respecto al cuerpo, están las personas que se consideran feministas. Por si todavía alguien no se había enterado: definirte o proclamarte "feminista" no te da el cetro de la verdad absoluta. Como puedes imaginar, no me estoy refiriendo a todo el que comulga con este pensamiento (¿todavía queda alguien coherente que no lo haga?), sino al feminismo institucionalizado y con mayor impacto en los micrófonos. Ese que encarna actitudes patriarcales y las presenta públicamente como falsos valores feministas.

¿Qué quiero decir con esto? Fácil. Influenciados por la concepción occidental del cuerpo como algo sucio o material, cuestionan y desvalorizan a todas las mujeres que lo utilizan como un aliado y no como un enemigo. Especialmente, cuando el cuerpo implica desnudez, erotismo, obscenidad o es la herramienta primordial en determinados trabajos (prostitución, pornografía o ciertos espectáculos, como en el caso de Cristina). No creo que Pedroche sea la Juana de Arco del feminismo y su vestido el arco. Lo que creo es que su decisión de vestirse como quiera, donde quiera y bajo los motivos que considere sí es una reivindicación inserta en el marco de todo lo que esta lucha ha conseguido y por lo que sigue luchando. Baste recordar que uno de los grandes lemas del feminismo es “Mi cuerpo es mío, yo decido”.

Montaje: S ORUE / 16

Parece que en España lo que abunda, en cambio, es un feminismo que sentencia: “tu cuerpo es tuyo hasta que a mí me ofenda” o “tu cuerpo es tuyo en la medida que mi criterio moral te lo permita”. El feminismo hegemónico considera que las mujeres son dueñas y señoras de sus cuerpos si sus formas (libres) de vestir, follar o expresarse no cuestionan sus valores puritanos, sexofóbicos, represivos y patriarcales en cuanto al cuerpo, la sexualidad, el deseo y la feminidad. Porque este país clama a menudo libertad individual, pero nos gusta mucho más meter baza y juzgar la vida y elecciones de los demás. El hecho de que el look de la presentadora pueda resultar sexy y deseable no debería motivar una desvalorización de su inteligencia ni cuestionar su integridad moral.

Y para rematarlo, en nombre del feminismo, se han optado opciones igual o más rastreras que hacer paródias sexistas. "Vamos a poner a un hombre famoso en calzoncillos al lado de Cristina para denunciar que eso no pasa", debieron pensar. Pero no lo hicieron con cualquiera, sino que decidieron, ya que estaban puestos, ridiculizar físicamente a Alberto Chicote (co-presentador de Pedroche en la gala). Algo que, no solo no surte fecto, sino que enfatiza la guerra de sexos, y ese no es el propósito. El objetivo es combatir el sexismo, para lo que habría que poner el foco de atención en los directivos, no en un atrezzo.

Volviendo a Cristina; la pregunta, entonces, es obvia: ¿es totalmente libre, al 100% la decisión de Pedroche? No existe un medidor de esto. ¿Tú eres totalmente libre de opinar sobre lo que se pone o quita una mujer o estás influenciado por ideas patriarcales? Mientras a Pedroche se le tacha de “objeto”, "tonta", "fresca" y "anti-feminista" por la carga erótica que desprende, otras presentadoras reciben el aplauso de por ser "decorosas", "elegantes" y "profesionales" por los centímetros de piel que no dejan a la vista. Es decir, porque cumplen con un rol de buena chica, recatadita. El hecho de que el look de la presentadora pueda resultar sexy, atractivo y deseable no debería motivar una desvalorización de su inteligencia y cuestionar su integridad moral (dejando a parte lo hortera o precioso que le resulte el atuendo a cada cuál).

No obstante, creo que a las “pasiones” que levanta Pedroche por su estilismo, hay que añadirle otro matiz. Decía Anne Igartiburu que “el éxito no es cuestión de un vestido”. Y tiene razón: el éxito es cuestión de actitud. El buen humor, seguridad, frescura y tenacidad de Cristina ante las críticas (a las que está más que acostumbrada), la convierten en una presentadora exitosa. Hay un sector de la sociedad que está incómodo y cabreado porque cada vez somos más mujeres las que tenemos el control de nuestro cuerpo y trasgredimos el miedo perder nuestra rePUTAción.