Les robamos el mundo a los animales y ahora nos sorprende que ocupen las ciudades

Pompoko se puede resumir en: cuando te cruces animales por la calle, no te preguntes qué hacen estos animales en la ciudad, pregúntate qué hace tu ciudad en sus bosques

En plena cuarentena, hemos vaciado calles, cerrado negocios, aparcado vehículos y nos hemos recluido en nuestros hogares. La ciudad ya no es nuestra, pero tampoco es de nadie, la hemos dejado abandonada a su suerte. Por eso, encontrándose con las ruinas de nuestra civilización, muchísimos animales han bajado la guardia y, ante la falta de riesgos, se han aventurado más allá de sus terrenos habituales, atreviéndose a deambular por las ciudades.

Las noticias sobre estos hechos son constantes (ojo, muchas de ellas, falsas), desde los cisnes y peces (ocupando canales venecianos que antes rehuían) hasta los jabalíes por el centro de Barcelona (cuando normalmente están por la zona alta a pie de montaña). Las fotos de estos eventos suelen ir acompañadas de un: “¡mirad hasta dónde han llegado!” o un la naturaleza reclamando lo que es suyo”.

Cuando Netflix compró a principios de año 21 películas del Studio Ghibli, el Disney japonés, y programó el filme Pompoko para que se estrenase el 1 de abril, ni se imaginaba que estaba adelantándose a la actualidad, porque es la mejor película para ver en el contexto actual y la que mejor reflexiona sobre el papel de los animales en la ciudad. Pompoko, protagonizada por mapaches, son dos horas de sus aventuras explicando una historia que se podría resumir en: cuando te los cruces por la calle, no te preguntes qué hacen estos animales en la ciudad, pregúntate qué hace tu ciudad en sus bosques.

Sus bosques, nuestros hogares

La película empieza poniéndote en contexto. Año 1960, Japón firma un tratado de protección con Estados Unidos y empieza a crecer económicamente a pasos agigantados, convirtiéndose en el gran monstruo tecnológico que es hoy en día y dejando atrás la depresión y el trauma de la posguerra. Por supuesto, con la bonanza llega el baby boom y las migraciones internas, así que Tokio necesita ampliar la oferta de vivienda disponible. Para ello, construyen urbanizaciones, la más grande en las colinas de Tama, que quedan deforestadas, y que actualmente tiene unos 200.000 habitantes.

Es en estas montañas, perdiendo bosque a una velocidad alarmante, donde empieza la fantasía. Pompoko, dirigida y guionizada por Isao Takahata, creador de La tumba de las luciérnagas, un dramón también disponible en Netflix, está protagonizada por los mapaches tanuki (una subraza endémica de China, Corea y Japón), que deciden luchar contra los humanos que están arrebatándole las tierras. Para hacerlo, tomarán varias decisiones: no tener hijos ante la escasez de recursos, buscar la ayuda de todos los mapaches de las montañas cercanas y, finalmente, usar sus poderes de metamorfosis, una creencia extendida en el folklore japonés (según las leyendas, los zorros y los mapaches tienen la capacidad de transformarse en lo que quieran).

Magia y humor, pero también muertes animales

A lo largo de la película, y a medida que los bosques van convirtiéndose en edificios de cemento de construcción rápida, los mapaches irán usando sus poderes para atrasar la construcción, provocando accidentes o convirtiéndose en monstruos japoneses (sus desfiles tétricos son un estupendo glosario de la mitología del horror japonés, que los fans de la cultura nipona disfrutarán mucho) para asustar y echar a los trabajadores. Podríamos decir que montan una auténtica guerrilla ambientalista.

Al final, atención, leves spoilers, como es costumbre en las obras creadas por Takahata, el humor no es más que una forma para explicar una triste realidad, y son los miles de vidas animales que se pierden constantemente. No todos los mapaches tienen la capacidad de transformarse y poder combatir, luchar o, incluso, como optan algunos, mimetizarse en humanos y vivir infiltrados en la sociedad. Por lo cual, te esperan muchas (y duras) escenas.

'Pompoko' (1994)

Pompoko concluye reflexionando sobre el encaje que tiene la vida en nuestras ciudades. Cuando algunos mapaches deciden vivir entre humanos, se plantean constantemente si nosotros mismos somos seres vivos: ¿cómo podemos vivir en un lugar diseñado para alejar cualquier tipo de vida natural? En las ciudades todo es artificial, hasta la naturaleza está planificada en parques y jardines. También pide que tomemos consciencia de que “ni todos los mapaches ni las ardillas ni los conejos” pueden transformarse, así que están muriendo por nuestra culpa, incapaces de adaptarse.

Una preciosa película que, aunque no tiene un final feliz (porque está claro que la urbanización ha vencido la batalla a la naturaleza, y pretender lo contrario sería mentir), tiene un final alegre. Pompoko se ha convertido en un filme de culto ecologista que, sin duda, querrás poner a tus hijos (si quieres tenerlos en algún momento de tu vida) para que se den cuenta de que no son los animales los que invaden nuestras calles, somos nosotros los hemos olvidado nuestra naturaleza y conquistado sus bosques.