Putochinomaricón, el "arroz tres delicias" de la música: gay, asiático y migrante

Hablamos con Chenta Tsai, más conocido como Putochinomaricón, sobre su música, la cultura del post-Internet y cómo su identidad sexual y racial le ha influido en su faceta artística y activista

Hemos quedado con Chenta Tsai (Taiwán, 1991), más conocido por su nombre artístico, Putochinomaricón, para conocerlo más a fondo. Nos reunimos con él con la excusa de su concierto en el Primavera Sound 2019, en el que presenta su segundo EP, Miseria humana. Mientras se pone una lentilla blanca —“mi marca personal”, explica—, sacamos las preguntas. Queremos hablar de muchas cosas. Para empezar, sobre su música, una mezcla de pop-electrónico que reivindica como "igual de compleja y necesaria que la alta cultura”. Y lo sabe bien ya que, además de cantante pop, es violinista profesional y conoce muy bien la música clásica. Y no cree que ninguna sea superior a la otra. “Hay mucho elitismo cultural respecto a este tema”, matiza.

También queremos profundizar en su estética, profundamente influenciada por el mundo del Internet, la cultura de los memes y las subculturas de los 2000, su recién publicado libro autobiográfico, Arroz tres delicias, y, finalmente, su ferviente activismo, tan marcado por su identidad y cuyo nombre ya lo dice todo —Putochinomaricón— esos insultos que le dedicaban, por asiático y por disidente sexual, y que ahora reivindica como su marca artística para que nadie pueda volver a usarlos como arma al servicio del odio.

Para empezar, hablemos de música. ¿Cómo ha influido la cultura de Internet, los memes y lo kitsch?

Sobre todo en la letra. Me declaro un artista post-Internet porque utilizo códigos muy característicos de nuestro tiempo, como el WhatsApp, la comunicación digital y la ansiedad que te puede crear no tener batería en el móvil. Siento que son realidades que se ven como algo muy irreverente, pero que son el reflejo más directo de nuestra realidad actual. Además, en Internet he tejido todas mis redes y comunidades de activismo. Por eso soy tan Internet, porque me ha forjado como artista y me ha permitido crear tejidos con otras personas.

Otros cantantes, como Charli XCX, ya han utilizado de la cultura de Internet y los memes. ¿Qué aporta tu música en el panorama pop-electrónico actual?

Una perspectiva nueva, porque siendo racializado y disidente sexual tu visión es distinta a la de otra persona que pueda ser un poco más cisheteronormativa. Estás creando nuevos discursos. Hay una activista, Yuderkys Espinosa, que dijo que “somos territorios políticos” y que por el mero hecho de ser un personaje público y racializado eres un sujeto político. Siento que me pasa algo parecido, aunque no hable sobre antiracismo, siendo una persona asiática, migrante y disidente sexual en los escenarios, ya hay un cambio de perspectiva política.

En ocasiones se reprocha a los colectivos minorizados precisamente esto, que su producción artística se base en su identidad, en el discurso de género y racial. Pero obvian que si “solo hablan de estas cosas” es porque son inherentes a ellos.

Exacto. El proyecto Putochinomaricón no es forzado, es un reflejo de mi día a día. Mi objetivo no era hacer canción protesta, yo hablaba de mi vida, y siendo persona racializada inevitablemente iba tocar el tema del racismo porque lo vivo diariamente, es algo inherente en mí.

Además de músico has trabajado con organizaciones antirracistas, queer y disidentes en género. La mayoría de estas son más cercanas al Orgullo crítico que al Orgullo “mainstream”. ¿Te sientes más cercano a este Orgullo?

Siento que el Orgullo crítico representa mejor la interseccionalidad: es decir, se consideran todas las opresiones que puede a través atravesar un cuerpo, más allá de lo disidente sexual, está lo racializado, neurodivergente, etcétera. Y, aparte de eso, siento que el Orgullo crítico es un espacio que no está ha mercantilizado, que es algo muy importante: nuestra lucha es una resistencia y tenemos que acordarnos de dónde vienen nuestros orígenes. Debemos tener cuidado con el capitalismo rosa.

El Orgullo crítico pretende también reflejar el racismo en el colectivo LGTBI, del que muchas veces has hablado. ¿Cómo se manifiesta?

En el colectivo quienes tienen más visibilidad son los que cumplen la homonormatividad, es decir, hombres, gays, cis y blancos que intentan adaptarse al régimen heterosexual. No se presta atención a todas las luchas e interseccionalidades que existen dentro del colectivo. Hay un problema de racismo dentro de la comunidad LGTBI, sí. Pero también de plumofobia, capacitismo y misoginia.

¿Y cómo has vivido tú, en concreto, este racismo?

Los cuerpos están sujetos a una pirámide que se ha construido desde la mirada cishomonormativa. Yo estoy en el culo de la pirámide. El hombre gay asiático es el menos deseado, el 'menos masculino', el 'más afeminado'. Y hay un problema de plumofobia muy fuerte dentro de nuestra comunidad que nos aparta a aquellos que somos leídos de esta forma. Estas experiencias dificultaron que yo me acercarse a la comunidad gay española.

Los activistas antirracistas denunciáis la discriminación racial en el colectivo, sin embargo, muchos homosexuales denuncian que se les etiqueta por su aspecto, como los ‘osos’ (gordos y peludos) o los ‘twinks’ (jóvenes y delgados). ¿Qué diferencias hay?

Es muy importante destacar que estas dos cosas son completamente distintas. El racismo está atado a la historia occidental, y plantea el cuerpo racializado como inferior o exótico. Mientras que las categorías y categorizaciones de ‘oso’ o ‘twink’, aunque son discriminatorias, son mercantilización y categorización de los cuerpos. Pero esta discriminación no se puede equiparar con el racismo y la fetichización racial, vienen de lugares diferentes. Al final, la fetichización hace que personas racializadas sean discriminadas, incluso por nosotros mismos: seguimos en constante fase de deconstrucción porque todavía hoy preferimos a un hombre blanco que a otro racializado.

A pesar de las discriminaciones raciales que has vivido, crees que tienes ciertos privilegios.

Sí. Por ejemplo, yo tengo documentos. No soy una persona trans que tiene que luchar no solo por su identidad sino porque se reconozca su nombre. Soy racializado, disidente sexual, pero no tengo problemas institucionales. También está el tema del colorismo y el racismo positivo: los asiáticos somos la ‘minoría modélica’, esa estrategia nacida en EE.UU. que utiliza a la comunidad asiática para discriminar a otras, como la latina o la negra bajo el mito de “¿por qué los asiáticos se han adaptado también a pesar de la discriminación y los negros no?”. Son pequeños privilegios. Es una cuestión bastante compleja.

Tu nombre, Putochinomaricón, es una declaración de intenciones y una reivindicación de esta identidad. En tu libro hay una frase en concreto que explica lo que se esconde detrás: “siempre he rechazado mi identidad. Odiaba ser chino, disidente sexual.”. ¿Cómo pasas de odiar quién eres a reconciliarte contigo mismo?

Todavía estoy en constante aprendizaje, pero me ayudó aprender que el autorechazo era un problema no personal sino colectivo y político. Era racismo interiorizado, era plumofobia interiorizada. Formaba parte de algo más grande, el problema no era mío. Sino del sistema. Y aprendí que todo este rechazo que sentía hacia mí mismo venía de ahí. Así es como me empoderé.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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En tu libro hablas sobre el arroz tres delicias como una metáfora de la identidad, como un conjunto de “sobras” y “marginalidades”. En Madrid eras un “otro”, no eras blanco. Pero también explicas que en la comunidad china te sentías este “otro” al tener una identidad sexual no hegemónica. ¿Cómo lo viviste?

Con mi familia me costó salir del armario. Mis padres son muy tradicionales, y no estoy diciendo que todos los padres sean iguales, pero se criaron bajo unos valores filiales de raíz confuciana, de “tienes que crear tu familia, casarte y tener hijos”. Y claro, eso también me dificultó a la hora de salir del armario, no tanto por el miedo a que me rechazasen sino por el miedo a decepcionar, porque no iba a construir una familia. Hubo resistencia para aceptarme, pero no por la de mis padres, sino por mi parte.