La poesía me ayudó a expresar esa parte de mí que jamás le hubiera mostrado a nadie

En el Día Mundial de la Poesía es imprescindible remarcar su importancia dentro de la cultura literaria

Los libros han estado a mi alcance desde que tengo recuerdo. Cuando era pequeña, a la edad de tres o cuatro años, me regalaron un libro, la tóxica historia de Pocahontas. Mis padres me lo leían siempre porque así lo pedía y, con el paso de los días, fui aprendiéndolo de memoria. No sabía leer, simplemente repetía las palabras. Este es el primer recuerdo que tengo relacionado con un libro. Cuando cumplí los siete me invitaron a leer en una radio del pueblo en el que vivía y me llevé un libro de poesía de Antonio Machado que había en mi casa.

Estaba tan nerviosa que, cuando me preguntaron quién había escrito el poema que había leído, respondí que yo era la autora. Este es el primer recuerdo que tengo relacionado con la poesía. Esa historia divertida ha acompañado varias conversaciones familiares y, desde aquel momento, la poesía ocupó —casi de forma indirecta— un lugar privilegiado en mi vida y, por tanto, en mis lecturas principales.

La batalla del verso

No es fácil escribir poesía. No es fácil entenderla. No es sencillo si uno está acostumbrado a lo literal. Si le preguntas a quien escribe poesía por qué lo hace, probablemente encuentres muchos motivos diferentes. Cada autor tendrá los suyos. Desde mi humilde punto de vista quien ejerce de poeta se enfrenta a la ardua tarea de condensar dentro de una estrofa un relato o una emoción que podría describir de forma apaciguada en un párrafo extenso y, además, con lujo de detalles. No es fácil seleccionar las palabras precisas. La información dentro de un relato y de un poema puede ser la misma pero probablemente lo que genere en el lector no lo sea. El impacto nunca es igual. Pienso que eso hace de la poesía un género especial.

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Cuando empecé a empaparme de poesía recuerdo sentir una mezcla entre alivio —mucho de lo que leía me hacía sentir identificada— y confusión, ya que no conseguía entender del todo lo que el autor quería expresar. Era algo así como mirar un cuadro abstracto. Si miro el cuadro entiendo algo que para mí y, por tanto, para mis vivencias tiene sentido. Si lo mira otra persona podrá captar aquello que tenga significado para él o ella. Llegó un punto en el que me di cuenta que no tenía que entenderlo todo. Un punto en el que empecé a identificar qué me hacía sentir la poesía al leerla. Lo entendí gracias a un texto de Cortázar, el capítulo 68 de Rayuela:

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonio, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las anillas se espejunaban…”

Este capítulo me hizo ver que, a veces, no es necesario entender el significado de las palabras para que el texto tenga un sentido y una expresión. Lo mismo pasa con la poesía. Este hecho puede verse claramente en un recital de poesía: quien recita tiene la posibilidad de darle a los versos un significado que puede no estar incluido en las palabras. Hace ya muchísimos años la rima era casi obligatoria para escribir poesía. En el instituto enseñan la métrica, la rima y los versos de arte menor o arte mayor, entre otros conceptos. Recuerdo tener tan interiorizada la teoría que, a partir de los 12 o 13 años, cuando me dio por escribir, no conseguía expresar lo que quería por lo complicado que era que los versos sonaran como los de los libros.

Una forma de recordar

Una vez en una entrevista que le hacían a una joven que había publicado recientemente sus poemas, escuché a la autora explicar que el motivo por el cual escribía poesía era “porque no tenía tiempo para escribir relato”. Para ella la poesía era la manera rápida de expresar lo que sentía. Este ejemplo me hizo darme cuenta que, quizás en la actualidad, cualquier persona puede dedicarse a escribir poesía y, por tanto, muchos pueden publicar sus propios poemarios. El auge de las redes ha permitido que la poesía ocupe un lugar importante en la cultura mainstream. A pesar de que dentro de ella ha conseguido mantenerse medianamente al margen, hay una ola de autores jóvenes que se han convertido en —algo así como— los poetas influencers.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Las rimas ahora no son precisamente necesarias, ni tampoco lo son otras tantas ‘leyes’ que se adhieren a este género. Gracias a ello, desde que empecé a escribir, pude darle rienda suelta a lo que sentía y me atreví a expresar mis pensamientos y emociones a través de versos algo más caóticos. En la actualidad, cuando escribo poesía pienso en las personas más adultas e intento que los versos sean muy literales, sin metáforas ni juegos de palabras. Este ejercicio no existe en mí como la traza de un camino que me lleve hacia algo en concreto. Lo hago para recordar quién era o qué sentía en dicho contexto. Casi a modo de diario. Así fui haciéndolo desde aquellos 12 o 13 años: cuando leo esos textos en antiguas libretas veo dónde estaba la tristeza, cuáles eran mis miedos y qué me generaba alegría pero ya no considero que aquello fuera poesía. Escribir en verso no es hacer poesía.

Para quienes nunca han leído nada relacionado a este género creo que es esencial que se rescaten autorxs, como por ejemplo, de la Generación del 27 y otrxs como Miguel Hernández, Gloria Fuertes, Anne Sexton, Alejandra Pizarnik, Emily Dickinson, H.P. Lovecraft o Sylvia Plath, entre muchísimxs otrxs. Leer a estos autores puede otorgar una base que, más tarde, a la hora de escribir puede o no tenerse en cuenta. Aún así invito a todxs a escribir de la forma que sea aquello que vive en el interior, es una forma de conocerse, de recordarse, de observarse y de entender muchos de los sentimientos y las emociones que viven insertadas en nosotrxs y que pueden darnos las claves de nuestro caos interno.