Qué pasa cuando descubres las masturbación en medio de una familia hipercatólica

Yes, God, Yes es la nueva peli de Natalia Dyer, estrella de Stranger Things, que descubre la excitación viendo Titanic

El despertar sexual es algo difuso que sólo reconoces a posteriori cuando te recuerdas frente del televisor viendo Eurovisión 2009, observando a Alexander Rybak tocar el violín. Para muchos fue viendo a Spike en Buffy, y para otros muchos fue Shego (en Kim Possible) o Simba (no vamos a juzgar a nadie). En Yes, God, Yes, a Alice (Natalia Dyer) la gran ola del despertar le ha venido y hundido, irónicamente, con la escena de Titanic en la que Kate Winslet y Leonardo DiCaprio hacen el amor dentro de un coche.

Basado en el corto homónimo de la directora lanzado a través de Internet en 2017, Yes, God, Yes se ha propagado por internet como el fuego, en gran parte por tener a Natalia Dyer, estrella de Stranger Things, en el papel protagonista. Alice es una adolescente hija de familia católica a finales de los años 90, va a una escuela católica y tiene amigos católicos, y es por esto que está convencida de que rebobinar el VHS de Titanic una y otra vez a la escena del coche va a hacer que vaya al infierno.  Sin embargo, como yo en todas las repeticiones de los noticiarios donde salía que Alexander Rybak y su violín habían ganado Eurovisión, no puede parar de mirar.

Un rumor de que ha hecho cosas obscenas con un chico obstruye sus planes de llevar su despertar sexual en secreto, por lo que Alice es forzada a pasar el fin de semana en un Jesus Camp en el que empieza a descubrir que sus fantasías con el vello de los brazos de los chicos no son una maldición aislada, sino una fuerza mayor que se abre camino en la hipócrita sociedad cristiana.

La nueva ola de chicas adolescentes

Karen Maine se une a esta moda directoral hiper necesaria (necesito que dure eternamente) de autoras narrando los entresijos de su adolescencia. Lo hizo hace poco Greta Gerwig con Lady Bird, lo hizo hace aún menos poco Olivia Wilde con Booksmart: retratos de adolescencias femeninas que se alejan de las protagonistas de cartón-piedra obsesionadas con encontrar un príncipe azul en el instituto que Hollywood nos ha ofrecido durante años. Maine se obsesiona con la historia oculta de la sexualidad femenina, el tabú de la masturbación femenina, y a pesar de que la comedia es mucho más modosita que en su obra debut Obvious Child (con Jenny Slate), se llena de momentos identificables. Es una pena que en la segunda mitad la película se desinfle, culminando con un discurso final que intenta abordarlo todo y se queda en una tibia tierra de nadie.

El problema de Yes, God, Yes está en su concepción, tal y como pasa con todos (o casi todos) los largos que se hacen expandiendo cortos interesantes hasta la duración de largometraje. Todo lo que brilla en la película se encuentra en los 11 minutos originales del corto de 2017: Titanic, la percepción sexual del mundo del bote de hormonas que es una chica de 15 años… la hora y cuarto restante de la película es genérica y burda, con el mensaje de “nadie sabe lo que está haciendo en esta vida y nadie lo hace totalmente bien” que suena a pesca de arrastre para que la totalidad del público, incluso hombres que pasaron su adolescencia en Albacete en los años 60, se sientan identificados. El despertar sexual, así como la propia sexualidad de cada uno, es algo tan personal y se vive de mil maneras diferentes y específicas que es solo en esa especificidad donde se entiende: en Yes, God, Yes es en los momentos de honestidad súper personal, como en la obsesión por los pelos del brazo masculino, donde uno se sonroja, ríe y se remueve.

El cuento de las chicas adolescentes católicas

Tenía 15 años cuando me fui a Estados Unidos, a aprender inglés mientras atendía a un high school americano durante 10 meses. Me hospedé con una familia profundamente cristiana a la que hoy en día oculto todas mis stories de instagram, en las que mayormente comparto memes e historias de gatitos pero, temo que se me escape algún “fuck”, algún vestido demasiado corto o, después de la charla sobre abstinencia hasta el matrimonio que me dieron al empezar a ver a un chico, alguna foto con mi actual pareja. Es imposible vivir cumpliendo estándares arbitrarios impuestos por la libre interpretación de un libro. Yes, God, Yes no habla de mí (nunca creí en ello), pero sí de las amigas que hice en estas comunidades, amigas que nunca hablaban de sexo, que se casaron a los 18 para poder hacer el amor con sus novios del instituto, tuvieron dos hijos y se divorciaron a los 23 alejándose de una comunidad que no cree en el desamor y en las expectativas sexuales mal gestionadas.

La película podría dirigirse aún más directamente a ellas, y el resto de nosotras lo entenderíamos a la perfección: no hay que ser Miss Empatía 2020 para entender cómo el tabú de la masturbación femenina y de la falta de información sexual afecta a las chicas adolescentes.  Por esta blanda genericidad Yes, God, Yes falla en ser memorable, aunque con sólo 77 minutos de metraje, es simpática y se deja ver con facilidad.

CN