'Lady Bird' es la película que mejor retrata nuestra generación

El coming-of-age (ese género centrado en las tribulaciones de un protagonista en proceso de maduración) es una abierta invitación a la nostalgia, a la exploración del propio pasado en busca de unos pocos sucesos cruciales en la forja de nuestra identidad. Es una narrativa especialmente universal, con las fortalezas y los riesgos que eso conlleva: lo que tiene de evocadora, lo tiene también de manida y previsible.

El mayor acierto de Lady Bird es cómo abraza conscientemente y llena de seguridad estas virtudes y defectos para contarnos una historia sencilla, rotunda, cargada con la energía de nuestros tiempos. Greta Gerwig, que debuta tras las cámaras con esta película, no es ni por asomo una principiante: lleva más de una década escribiendo junto diferentes cineastas, y es una de las mejores actrices del indie estadounidense. Su experiencia y la mirada única que arroja sobre lo que se narra hacen de Lady Bird la primera teen movie de la generación milenial destinada a dejar huella.

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Lady Bird (Saoirse Ronan) es una adolescente de 17 años que estudia en una escuela católica en Sacramento, California. Nerviosa y artísticamente sensible, sueña con ir a una universidad de la Costa Este, todo un reto considerando que proviene de una familia de clase obrera y que su madre (Laurie Metcalf) se opone categóricamente a ello. Mientras tanto, tiene que lidiar con los típicos problemas de la edad: primeros amores y subsecuentes desengaños, meteduras de pata sociales, el desarrollo de su sexualidad o la difícil lección de que no puede cambiar cuáles son sus orígenes.

Como ya hemos dicho, Gerwig no pretende sorprendernos ni jugar con nuestras expectativas. La mayoría de gags y personajes de Lady Bird los hemos visto en muchas otras ocasiones. El interés del film no reside en el qué, sino en el cómo. La directora pone todas sus herramientas al servicio de una narración sin fisuras, que se desenvuelve con sutileza y naturalidad, dando como resultado una obra llena de matices, algo poco habitual en su ámbito.

¿Qué hace única a Lady Bird? La principal razón es, también, muy sencilla: Gerwig es mujer, una de las voces en Hollywood que más ha abogado porque las mujeres entren en la industria. Su mirada es femenina, con una sensibilidad diferente a la de sus semejantes masculinos, así como otro orden de prioridades. El film se centra especialmente en las relaciones que su protagonista mantiene con diferentes mujeres, con dinámicas distintas y todas ellas interesantes, sin caer nunca en el simplismo. El mejor ejemplo de ello es el vínculo de Lady Bird con su madre, piedra angular del film y una de las representaciones de la maternidad más conmovedoras que hemos visto en años.

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Otro elemento que permite a Gerwig utiliza un tratamiento realmente personal es el grado de especificidad de la película: la cinta se sitúa durante el 2002, momento en que su directora tenía 19 años, y es un retrato de un instante en que la confusión individual de su protagonista encuentra ecos inmediatos en el estado global de las cosas, con una sociedad inmersa en el clima post-11S, con la Guerra de Irak o la recesión económica como titulares recurrentes. Por si fuera poco, el entorno familiar y educativo de Lady Bird es casi idéntico al de Gerwig, lo que hace de ella un trasunto ficticio de esta, que permite a la autora reescribir su juventud a través del personaje. Esto no es nada nuevo para ella, que ya hizo ese ejercicio como protagonista y co-guionista de la excelente Frances Ha.

Es una obra de rabiosa actualidad, que aporta su granito de arena al inagotable debate de hacia dónde va el cine (y el arte en general). Sólo hace falta echar un vistazo a las películas nominadas a los Óscar de este año para ver cómo las propuestas se multiplican: desde la aparente transparencia de un cuento para adultos como es La forma del agua a la destructividad de la posmoderna Tres anuncios en las afueras, pasando por el hermetismo formal (y profundamente enigmático) de El hilo invisible, el ejercicio de género con fines sociales de Déjame salir, la épica lúdica de Dunquerque

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Lady Bird parece encontrar un punto medio entre esta diversidad con un planteamiento asequible, pero inteligente, que se refleja tanto en clásicos ochenteros de John Hughes como en el indie de Wes Anderson, Sofia Coppola o Noah Baumbach. Si bien su apuesta parece haber pasado por debajo de los académicos, es un debut excelente que atestigua dos cosas: que Greta Gerwig es tan única como autora que como actriz, y que el cine necesita integrar la voz y la mirada de mujeres si quiere desarrollarse a todo su potencial.