Operación Triunfo está en la UCI

Una entrevista incómoda, un vídeo dando la bienvenida y una actuación 'meh'. Y así, a repetir por cada concursante. Una gala soporífera donde los espectadores estábamos igual de emocionados que las plantas que cubrían el escenario

Cuando decían que con el coronavirus “la naturaleza recupera lo que es suyo”, no me imaginaba que se refirieran a Operación Triunfo. Ayer volvió el programa y, para que el escenario no estuviera tan vacío, llenaron el foso del público de plantas como si fuera una selva tropical. Lo bueno es que gracias a ellas no echaron en falta el público: las plantas tenían la misma expresividad y emoción que tenían la mayoría de los espectadores desde nuestras casas.

El esfuerzo por intentar revivir el programa y darnos entretenimiento es loable, pero también bastante trágico. Para empezar por algún lado, fue difícil de asumir el forzado intento por demostrar cómo será el mundo en la nueva normalidad con la distancia social y las mascarillas, que llegó a su momento crítico cuando Roberto Leal, el presentador, entrevistó a los concursantes a un metro de distancia. Samantha, que tiene un poco de sordera, tuvo que decirle: “que no te oigo”.

Luego estaban los bailarines marcándose coreos dificilísimas con las mascarillas puestas: si ya me cuesta a mí salir por la mañana con la bici a velocidad paseo con la mascarilla, no me quiero imaginar lo de estos bailarines, jadeando con un trozo de tela cubriendo su cara. Eso sí, Roberto Leal se unió sin mascarilla al baile de Nia, otra concursante. Lo hizo durante unos segundos para hacer la gracia, pero estuvo bailando sin cubrirse la cara, demostrando que los bailarines podrían haber salido sin hacerlo y que esta medida de protección era más show y atrezzo que otra cosa porque todxs se han hecho el test y no deberían estar infectadxs.

Hubo más momentos que demuestran lo raro que se nos hará adaptarnos a “la nueva normalidad”: imágenes grabadas y audios de fans desde sus casas, una especie de extraño Gran Hermano fan que refuerza la idea del confinamiento de los concursantes como una cárcel. Se supone que tienen los contactos externos anulados, una de las bases del concurso para evitar que los participantes hablen con nadie (ni tan siquiera con los bailarines) para que no sepan qué piensa el mundo exterior de ellos. Pero ha perdido todo el sentido. Como hicieron un parón por el covid y tuvieron que volver a casa, ya saben qué piensa el público de ellos tras las pantallas. Y aunque Noemí Galera, directora de la academia, diga que ahora “ve a los mismos chicos que cuando dejaron la academia”, desde el público no lo vemos así.

Por ejemplo, volviendo a Samantha. Sabe que se ha convertido en un meme, y ahora lo exagera todavía más. Que si la cena con Flavio y su relación romántica (un tema que despertaba mucho cotilleo en Twitter), que si declara su amor a Fernando Simón (el meme de moda), etcétera. Está dando lo que el público quiere. El resto igual: son autoconscientes de qué pueden ofrecer y lo fuerzan. Si solamente supieran actuar un poco mejor y nos creyéramos que esa es su nueva personalidad y no un intento de ser relevantes para que twitteen sobre ellos…

Y, ojo, aunque parezca una crítica a Samantha, también toca darle las gracias por darnos el único momento potable de las galas. Es la más (o única) graciosa. Los chicos de esta edición son, en general, bastante sosos en las entrevistas (y van cosechando todo tipo de polémicas desde que empezó la edición). Suerte también de Roberto Leal, que es excelente en su tarea de dinamizador y que salva la mayoría de las conversaciones con los triunfitos.

Según Esther Mucientes, opinadora en El Mundo, la mayoría de vídeos que enseñaban sobre cómo ha ido la semana a los concursantes eran todos iguales, tratando solamente su rebienvenida a la academia. Eran “decenas de vídeos de lo mismo, que podían hacer pensar que en algún momento nos cansaríamos, pero el ritmo de la gala, el ritmo de Roberto Leal, consiguió que, aunque repetitivo, no fuera cansino ni se hiciera pesado”, asegura.

Yo, sin embargo, no voy a darle la razón. Sí que es cierto que Roberto Leal salvaba bien el ritmo, pero decenas de vídeos iguales eran un sopor. Hubo un momento que me fui a dar un paseo aprovechando que hasta las once se puede salir y, tras 15 minutos en la calle, le pregunté a mis compañeros de piso qué me había perdido y me dijeron: “literalmente nada”. Seguí viendo el programa y lo primero que pensé fue un: “¿pero todavía siguen así?”.

El resumen de la gala: los mismos quince minutos repetidos durante dos horas. Entrevista incómoda, vídeo de bienvenida y actuación meh. Repítelo por cada concursante. OT llevaba tiempo moribunda, solo hace falta ver la de críticas en Twitter cuando anunciaron que se renovaba la edición, diciendo que estaban intentando exprimir un formato que no daba más de sí, lo cual se tradujo en audiencias pésimas: el mejor dato de esta edición (13,0% de share), no llega ni al peor de la edición de Amaia y Aitana (15,5% de share, con una media del 19’7% para toda la edición). Ayer se quedó con un 11,1%, muy triste para una gala de comeback. Tal vez sea una señal de que por mucho que queramos, adaptarse a esa nueva normalidad no será fácil. Ni siquiera para OT.

CN