‘Mare of Easttown’: la historia de superación de una mujer emocionalmente agotada

Una serie para recordarnos que, por mucho que cueste, hay dolores que solo se pueden apaciguar con actitud

Easttown es un pueblo de Pensilvania pequeño, gris y en el que pasan pocas cosas. O al menos eso parece hasta que un cadáver aparece en un arroyo. Un asesinato que conmociona a sus habitantes y desencadena los acontecimientos que conforman esta serie producida por HBO, Mare of Easttown, en la que casi nada es lo que parece. Pero en realidad, la figura que marca de verdad porque más de unx puede sentirse profundamente identificado es la de su protagonista: Mare Sheehan (la queridísima Kate Winslet), y aún más si alguna vez se ha sentido el gran peso que conlleva estar emocionalmente agotado.

A Mare le sobran los motivos para moverse por la vida con una mirada cansada y manifestar ciertos aires de depresión: su exmarido vive a pocos metros de su casa, su hijo Kevin se suicidó dos años atrás, su padre lo hizo cuando ella tenía 13 años, es policía en un municipio en el que todo el mundo la conoce y, ahora, debe investigar el asesinato con el que arranca esta ficción (sí, el panorama es bastante duro, pero calma: hay esperanza).

Toda esta espiral de malos rollos no solo hace que Mare trate de evadirse involucrándose a fondo en el caso, también que se implique emocionalmente con sus vecinos de un modo que no hacen la mayoría de las personas. Sin dudarlo ni un segundo, acompaña a una mujer cuyo hermano es adicto a la heroína, un matrimonio de ancianos que le alertan de la presencia de un mirón sin aportar pruebas o una madre que llora la pérdida de su hija desaparecida. En el pueblo es una heroína, una especie de mujer de hierro incansable que, con sus defectos y virtudes, lo da todo para estar en todas partes. Pero en casa la cosa es diferente.

Suponemos que esto se debe a que, en los momentos en los que se toca fondo de verdad, es más fácil arreglar lo de fuera que lo propio, es más fácil ocuparse de lo que se considera urgente y huir de lo que requiere más implicación emocional. Y eso, junto con el hecho de llegar a casa cansadísima, hacen que no se ocupe de las necesidades de su madre Helen, su nieto Drew o su hija Siobhan, que carga con el suicidio de su hermano. Mare no puede más.

Sin embargo, hay dos hechos que dan un vuelco a su estado de ánimo o que, al menos, la empujan a tratar de hacer las cosas mejor. Primero, se abre (obligada) con una terapeuta que le alerta de que no se recuperará hasta que se enfrente al duelo de su hijo. Y segundo, su madre, que se siente responsable del suicidio del padre de la protagonista y le reconoce haber pagado sus frustraciones con ella cuando era pequeña, le pide que se perdone a sí misma por el suicidio de Kevin, como ella ya hizo años atrás con el de su marido.

Una especie de justicia poética, una palmadita en la espalda, que todxs hemos necesitado en algún momento para recordarnos que no hay final mientras haya seres queridos o causas por las que luchar. A Mare esto le sirve para abrir la puerta a un posible amor, acompañar a su hija con consejos valiosísimos que todxs hemos necesitado alrededor de los 18 años, dar a su nieto el amor que no pudo darle a su hijo o seguir adelante por muy sombría que siga siendo su vida. Por mucho que cueste, hay dolores que solo se pueden apaciguar con actitud, y Mare es un clarísimo ejemplo de ello. Gracias por recordarlo.