El día que mandé a tomar por culo todos mis complejos

El día que hicieron el reparto de complejos, yo debí coger papeletas para todos. Recuerdo una tarde antes de salir de casa, en pleno julio valenciano de sol intenso que uno no puede ni abrir la boca porque si la abre se le incendian los órganos, mi madre, al verme vestida mientras me daba los últimos retoques, me dijo: "pero hija mía, ¿dónde vas así de disfrazada?"

Yo me miré en el espejo, arrastrando a las espaldas unos inocentes quince años y una dudosa capacidad para conjuntar la ropa sin parecer un payaso y, sinceramente, no me vi tan mal. El caso es que iba vestida con botas porque aseguraba que las sandalias al descubierto mostraban mis tobillos y me hacían parecer gorda, y para rematar la jugada, me había apoderado de una chaqueta de algodón de mi padre, y con mucho orgullo, me la colgué en la cintura con un nudo para que absolutamente nadie entreviera esa parte de mí a la que la gente normal llamaba culo. 

Y así salí a la calle. Con toda mi cara. Digna de detención por escándalo público. Totalmente descoordinada del mundo, pasando calor y sudando la gota gorda mientras fingía la más absoluta normalidad cuando alguien llegaba y me preguntaba: "¿no tienes calor?" Sí, señores. Joder, claro que tenía calor. Todo el calor mundial estaba recogido en mí, y aun así, yo prefería eso antes que mostrar con normalidad todos mis atributos, por distorsionados que estuvieran.

Y así fue pasando mi adolescencia. Que si abro la libreta para hacer recuento, en total, en mi vida he hecho alrededor de 13 dietas distintas, me he apuntado al gimnasio una media de 4 veces al año y he cambiado de peluquera más o menos 75 veces con la esperanza de que a la siguiente fuera la definitiva en la que saldría bella como doncella. Eso sin contar la temporada que dejé de ir a la playa por vergüenza, que no me puse faldas por si alguien me cantaba la canción de "Que la detengan", o las otras veces que acepté maquillaje como sustitutivo de cemento para ocultar yo que sé qué cojones.

Y todo para nada. Porque al final, si tuviera que escoger a alguien que ha estado ahí toda mi vida, no sería ni mi madre ni cualquier mejor amigo. Serían mis complejos. Esos capullos y despiadados pensamientos destructivos que a cada paso que di desde que nací han estado recordándome que, si alguna vez estuve a punto de molar, gracias a ellos, me quedé siempre en el camino. Que mira que han sido cabrones, y mira que son cansinos. Se instalan ahí, deformándolo todo a su paso, y te hacen pam en la cabeza cada vez que intentas despedirte de alguno de ellos para salir al mundo de la belleza real. 

Pero crecí y llegó un momento en el que por mi bien, y por el de la humanidad, dije: ahí os quedáis, hijos de fruta. Y los cogí a todos, uno a uno y sin previo aviso, los arrastré del brazo, y sin mediar palabra les hice un nocaut que los dejó fuera de combate. Y aunque muchas veces han intentado volver, no sé  si con más fuerza o simplemente para pedir perdón, yo siempre me como un helado doble de chocolate  en público mientras me mancho la cara a tope, y les digo: "¿veis eso que hay ahí a la derecha? Pues bien, es el camino para que os vayáis a tomar por culo".