Lucha de gigantes, la desgarradora película que narra el hambre en primera persona

Doce historias contadas por sus protagonistas que ponen rostro a una de las mayores vergüenzas de la humanidad

Me gustaría darte un pequeño consejo: no vayas al cine a ver Lucha de Gigantes. En serio. Si solo pisas una sala de cine para sumergirte en mundos imaginarios que te permitan olvidar tus mierdas, quédate en casita viendo alguna simpática sitcom. Si buscas fuegos artificiales o palomitas calentitas, si deseas vivir una experiencia de entretenimiento fugaz, elige cualquier otra película de la cartelera. Hay muchas. De verdad que si sientes que eres más feliz ignorando la tragedia real tienes que evitar este documental. Lo sé porque yo soy como tú, y Lucha de Gigantes hizo que me rompiera por dentro muy poquito a poco.

Realidad sin filtros

Y no es para menos. Hasta 821 millones de personas se acostaron durante cada noche de 2017 sin haber ingerido las calorías mínimas necesarias para la actividad diaria. O en otras palabras, una persona de cada ocho o nueve que habitan nuestro exuberante planeta pasaron hambre. Pero seamos honestos con nosotros mismos: son solo cifras, no duelen, no impactan en nuestros corazones, no activan mecanismo alguno de empatía. Los números no cuentan nada de esos gigantes que batallan cada día contra ese demonio que nosotros jamás conocimos. Pero las imágenes sí. Las imágenes revientan todas las barreras.

Especialmente las imágenes de Lucha de Gigantes. Con toda seguridad habrás visto antes algún que otro documental sobre el hambre, pero ninguno como este. Puedo asegurártelo. La diferencia radica en que el relato de las doce historias que cuenta no está conducido por guionistas o entrevistadores, sino que son los protagonistas quienes lo narran en primera persona con absoluta naturalidad gracias a teléfonos móviles enviados por Acción Contra el Hambre, la oenegé responsable del documental. Esta tecnología, que algunos de ellos apenas sabía usar, genera un diálogo directo entre sus vidas y las nuestras.

Lo estás viendo. No hay planos preciosistas ni intencionadamente dramáticos. Son sus día a día desnudos, con toda su crudeza. En cada plano vive una intimidad que destroza por completo esa coraza emocional que hemos desarrollado contra todo ese sufrimiento ajeno tan lejano. No hay mecanismo interno que pueda protegerte de cuanto ves en pantalla. Son niños muriendo de hambre, mudos porque se han rendido ante la fatalidad. Son familias enteras viviendo de vertederos. Son refugiados llorando porque han perdido todo cuanto tenían, incluida la comida. Y ocurre ante ti como si de un Stories de Instagram se tratase.

El hambre como síntoma

Así que déjame que insista: ni se te ocurra comprar la entrada. Si lo haces tendrás que ver ante tus ojos cómo algunas madres africanas conviven con el hambre, que amenaza la vida de sus hijos, con tremenda sencillez. Porque siempre ha estado ahí. Y también tendrás que ver la desesperación de quienes tuvieron que escapar de sus países por estúpidas guerras o persecuciones genocidas y aún no han asimilado esa nueva vida de penuria. Si vas a ver Lucha de Gigantes te prometo que te harás esta pregunta: ¿qué es más doloroso: precipitarse repentinamente hacia el hambre o no haber conocido nunca otra cosa?

No hay respuesta. Ambos mundos son terribles. Pero todos ellos, como cuentan las imágenes, tienen algo en común: el hambre no es el problema, sino el síntoma de muchas otras enfermedades de la humanidad. Entre ellas el capitalismo más absurdo: "Hoy producimos un 60% más de lo que la humanidad necesita para alimentarse. Hoy se produce para vender. Y si se produce para vender no importa donde termina, si se va a tirar o no se va a tirar", cuenta ante la cámara de su móvil un indignado José Esquinas, catedrático y ex trabajador de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO). Y no querrías escuchar su discurso entero.

Hacerlo es verte invadido por la incomodidad, es tener que replantearte tu consumo, tu papel en esa gran maquinaria mundial que conecta nuestras acciones con la vida de una niña en Nigeria, Filipinas o Líbano. Es pensar. Y no te gusta meterte en una sala de cine para pensar. Ya tienes bastante con lo tuyo. No te juzgo porque yo pensaba exactamente igual. Hasta que entré a ver Lucha de Gigantes, rompí a llorar en silencio y comprendí la extrema necesidad de que tú también lo hagas. Tú y todos. Porque si no lo hacemos, sino tenemos al menos el valor de mirar, de escuchar, como dice el periodista Martín Caparrós en el documental, "no sé quiénes somos ni para qué estamos aquí".