El nuevo objetivo de los ejércitos ruso y ucraniano: destruir millones de libros

Rusia ha estado meses bombardeando almacenes de editoriales ucranianas y Ucrania ha respondido con la misma moneda

Arrancarle la cultura a una sociedad es arrancarle el futuro. Es ahí, entre los libros, en la educación, en la información, en el conocimiento, donde residen las esperanzas de un pueblo de prosperar. Y eso los poderosos lo saben muy bien: han estado siglos censurando libros con la intención de controlar el relato oficial y de impedir que los ciudadanos pudieran tener perspectivas diferentes de la realidad. Putin también lo sabe. De ahí que este mismo mes lanzara un ataque contra los almacenes de la editorial Ranok, en la ciudad de Járkov, con la clara determinación de destruir millones de libros. Y lo consiguió: dos granadas propulsadas por cohete hicieron desaparecer ocho millones de libros.

Lo peor de todo es que aquel almacén, cuenta el periodista Alberto Ortiz en la web de RTVE, albergaba más de 600.000 libros de texto para que los niños estudiaran. Y esto muy difícilmente sea casualidad. En realidad, como han expresado preocupados desde Kiev, parece ser una estrategia de erradicación de la cultura, la lengua, la identidad y el futuro de los ucranianos. Y es que aquel ataque sobre Ranok no es un hecho aislado. Rusia ya quemó el pasado mes de julio más de un millón de libros. Es la otra cara de la invasión: la invasión cultural, la que trata de suplantar la identidad local con una externa hasta extinguirla y desdibujar a sus ciudadanos. Es la mejor herramienta del colonialismo.

Pero Ucrania no parece dispuesta a doblegarse. Tampoco en esta otra batalla paralela. Como explica EFE, algo más de dos semanas atrás su ejército atacó con drones varios de los centros logísticos de la empresa de comercio electrónico Wildberries, algo así como el Amazon ruso, e hizo arder once millones de libros. De hecho, según las informaciones del periódico ruso Kommersant, “las principales editoriales rusas han detenido la venta de libros a través de Wildberries” a causa de esta nueva batalla militar-cultural. No quieren poner en riesgo sus remesas. En cualquier caso, como siempre, son los ciudadanos quienes pierden: todo esto dificulta el acceso a la información y a la formación.

Especialmente los niños. Al fin y al cabo, son ellos quienes se encuentran en plena edad de aprendizaje, con una enorme neuroplasticidad cerebral con la que adquirir conocimientos fácilmente. Es una época crítica de sus vidas que se está viendo boicoteada por la guerra. Como apuntan desde la citada agencia, “entre los títulos destruidos por las llamas figuran obras de ficción, literatura infantil y científico-técnica”, además de “una gran cantidad de manuales para prepararse los exámenes estatales para la graduación de las escuelas de enseñanza media en Rusia”. Arden las páginas. Arden los libros. Y con ellos arden muchas de las esperanzas de futuro.