La ciudad en la que los indios americanos se montaban fiestas con 10.000 personas

Fue en el año 1050 pero las descripciones parecen de Coachella

Ahora que se acaba el toque de queda, probablemente tendrás algo de nostalgia de esas medio fiestas medio clandestinas que te has montado durante el confinamiento. Desde una birra en una calle que acaba convertida en un botellón improvisado, hasta la cena que se alarga y acaba en fiesta del pijama. Pues no eres el único… la fiesta, desde la prehistoria, tiene dos características: es necesaria y está estigmatizada.

Hace mil años, el asentamiento de Cahokia, cerca de la actual San Luis, una ciudad en el estado de Misuri, era famoso por sus festivales indígenas, que duraban días. Igual que el Fórum de Barcelona durante el Primavera Sound, las calles y plazas de Cahokia se llenaban de gente que danzaba y gritaba y los atletas se lanzaban lanzas y piedras mientras la gente se embriagaba con bebidas llenas de cafeína (para conseguirla tenías que estar bien conectado) que pasaban de mano en mano, según cuenta un artículo de la BBC.

Has leído bien. Cahokia, actualmente patrimonio de la Unesco, era una ciudad perdida a la que se iba de fiesta. Esto lo sabemos porque los arqueólogos han encontrado 2.000 cadáveres que asistieron a un solo festival. Un gentío para la época. Como explica el artículo, la logística y el desenfreno (sexual incluido) debió ser brutal.

Cahokia molaba toda: cruce de culturas, construida a medias entre el agua y la tierra, sin mercado propio porque todo venía de fuera, “cosmopolita de lenguaje, arte y espiritualidad”, tenía una población que en su momento álgido podía haber llegado a las 30.000 personas por allá en el año 1050. En esa época (unos 450 años antes de la conquista), Cahokia era más grande que París, según cuenta el libro Four Lost Cities: A Secret History of the Urban Age ("Cuatro ciudades perdidas: una historia secreta de la era urbana") y durante las fiestas, la gente se adornaba con caracoles, cueros y pulseras, se maquillaban con rojos, blancos y negros y se peinaban el pelo en forma de moños tocados con plumas.

"Cahokia era realmente un centro cultural más que un centro comercial. Todavía me deja atónita. Me sigo preguntando: ¿dónde comerciaban?, ¿quién estaba ganando dinero?", señala Newitz, autora del libro. Lo que pasa es que los arqueólogos de Occidente están acostumbrados a que las antiguas ciudades se estructuraban alrededor de un mercado. En el caso de Cahokia, no. Se trata de una urbe hecha y pensada para la fiesta.

La verdad es que no cuesta nada imaginarse una peli ambientada en Cahokia, con un musicón electrónico, luces de colores entre las ruinas y hordas de gente concentrada únicamente para pasarlo bien. Podría ser Coachela, pero es Cahokia. Podría ser 2050, pero era solo 1050. Qué listos fueron.