Las últimas décadas han sido las de la revisión de la monogamia. Las de preguntarnos si tiene sentido querer imponer ese modelo de relación a todo el mundo. La de analizar nuestros celos. La de cuestionarnos por ese sentimiento interno de propiedad sobre la otra persona. Y eso siempre está bien. Plantearse las cosas. El problema, como siempre, aparece en el momento en que todo esto se utiliza de una manera claramente sexista: YO decido que está bien que yo que soy un hombre tenga toda la libertad del mundo para tener relaciones con quien quiera, pero también que TÚ como mujer no. Es una monogamia unilateral que la manosfera lleva tiempo promoviendo.
Así lo muestra el nuevo documental de Louis Theroux para Netflix: Inside the Manosphere. Para que te hagas una idea de la situación, y como explica el periodista político James Greig en una reseña para Dazed, “de las cuatro figuras claves que aparecen en el documental, dos de ellas, Myron Gaines y Justin Waller, disfrutan de un acuerdo en el que se pueden acostar con quien quieran y su pareja no”. De alguna forma, y aprovechando ciertos privilegios masculinos, han podido obtener este tipo de relación desigual en el que sus mujeres aguardan fieles en el hogar mientras ellos tienen la libertad de disfrutar de su sexualidad sin dar ningún tipo de explicación.
Es el escenario perfecto para sus intereses. Ellas cumplen el rol tradicional que la machosfera desea. El de toda la vida. Y ellos, sin embargo, no tienen que cumplir necesariamente ese rol tradicional de proveedor, de marido respetuoso ni nada de nada. Una visión, escribe Greig, “libidinal, hedonista y ajena a la mayoría de los valores conservadores clásicos” y que, “para las mujeres, al parecer, es lo peor de ambos mundos: toda la dominación de las relaciones patriarcales” sin recibir “la responsabilidad ni el compromiso” por la otra parte. Servidumbre femenina al servicio de hombres sin honor ni deber ni deseo de ser buenos esposos y padres. Una locura absoluta.
Una nueva visión de la masculinidad que gana terreno a la de siempre. Ambas machistas. Una más perversa si cabe que la otra. En este sentido, escribe este periodista, “de estas dos visiones contrapuestas no sorprende que cada vez más jóvenes se sientan atraídos por la que les dice que pueden hacer lo que quieran y que sus únicas obligaciones en la vida son ir al gimnasio y ganar dinero”. Ya no reniegan necesariamente de la pornografía ni de la promiscuidad. La usan para su disfrute, pero, sorpresa, la critican en la mujer, a la que restan valor en base al número de personas con las que tienen sexo o la cantidad de piel que muestran. La máxima hipocresía.
