El científico que descubrió el LSD por error y se fue a dar una vuelta con la bici

Un día de 1943 Albert Hoffmann empezó a andar y su ciudad no le parecía normal, sino mucho mejor: había tomado una dosis de ácido sin saberlo y, claro, quiso replicarlo

Cuando eres niño estás acostumbrado a que el mundo te sorprenda: las pelis de dibujos animados, el funcionamiento de una colmena de abejas, la temperatura del agua del mar. Pero la memoria nítida que tiene de esa época Albert Hoffmann no es tan habitual. "Estaba lleno de una indescriptible sensación de alegría, unidad y seguridad gozosa", escribió el padre del ácido lisérgico en sus memorias, traducidas al español como LSD. Cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo, disponible en PDF en abierto. Si te has tomado un tripi alguna vez, sabrás de qué está hablando y, de hecho, este sentimiento de recordar la infancia lo ayudó mucho a conectar con la droga que él mismo creó años después.

Hoffmann acabó convertido en químico y años más tarde trabajó en una farmacéutica. Allí, como explica un artículo de El Confidencial, su trabajo era "encontrar estimulantes circulatorios y respiratorios derivados de ciertas plantas". En realidad, lo que hacía él era aislar, purificar y sintetizar compuestos de la ergolina, el hongo mágico del que proviene el LSD. Pues un día, en el laboratorio, se le quedó algo en los dedos y sin querer, lo ingirió. Poco a poco empezó a notarlo: un mareo y, luego, una explosión.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Lo que empezó a ver no le parecía normal. "Experimenté varios de estos momentos profundamente eufóricos en mis paseos por el bosque. Fueron estas experiencias las que dieron forma a los contornos principales de mi visión del mundo y me convencieron de la existencia de una realidad milagrosa, poderosa e insondable que estaba oculta a la vista cotidiana", y ver el mundo así, le hizo entender que lo que estaba tomando era casi milagroso. "Me acosté y me hundí en un estado de intoxicación agradable del todo, caracterizado por una imaginación extremadamente desbordante", continúa el libro. "Era como un estado de ensueño en el que percibí un flujo ininterrumpido de imágenes fantásticas y una serie de formas extraordinarias superpuestas con un intenso juego de colores caleidoscópico".

A veces, los niños hacen ejercicios, por ejemplo, en los que tienen que decir a qué sabe el color rojo o a qué huele el rock. Son las famosas sinestesias, sensaciones que el LSD estimula, igual que la relatividad del tiempo y otras alteraciones de la conciencia que si no conoces puedes entender cómo funcionan en la serie Midnight Gospel de Netflix. "Paseaba por los bosques verdes iluminados por el sol de la mañana y acompañado del canto de los pájaros, cuando de repente emergió una luz extraordinariamente clara. Brillaba con el resplandor más hermoso que había conocido, hablaba al corazón, como si me incluyera en su majestuosidad", continúa el testimonio del hombre que se tomó un tripi por error.

A los tres días, Hoffmann decidió repetir, pero con más control sobre el resultado y más consciencia de lo que estaba tomando: 250 microgramos. Y ese fue el día del mítico paseo en bicicleta con su ayudante. Su ciudad, Basiela, desfilaba como un carrusel de colores y delirio y desde hace años, en honor a ese día, 19 de abril, se declaró el Día de la Bici, una celebración de todos los científicos para hablar de los avances psicodélicos. El viaje es, en un sentido literal, una forma de recordar el hallazgo del padre del LSD: un recordatorio de que si tienes la mente abierta, puedes llegar a lugares mágicos.

CN